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Natalia Bravo

Opinión

Manual para degradar una de las profesiones más bonitas del mundo

Turistas frente a la Sagrada Familia
Turistas frente a la Sagrada Familia EUROPA PRESS

Uno de las profesiones que más curiosidad me suscita es la de los arquitectos. Entre otras, deben dibujar e imaginar cómo serán las ciudades. Me parecen los mejores futurólogos. Su mirada es capaz de proyectar construcciones que sobrevivan al paso del tiempo y se adapten a las transformaciones de las urbes. Algunas obras se clasifican por estilos temporales. Ésta es gótica, ésta otra racionalista o aquella otra mudéjar. Algunas otras, no te seducen por su estética pero por su estrecha relación con el entorno lanzan mensajes que dotan de sentido la vida cotidiana. Aunque no siempre, algunas sí son pequeñas obras de arte inclasificables en el tiempo.

Me apasiona escuchar a amigos arquitectos, que me cuenten el porqué de la distribución de las casas en una época u otra, la razón de que las puertas de los portales se abran hacia dentro o los metros cuadrados que debe tener un rellano, para garantizar seguridad a los vecinos. Luego, hay obras arquitectónicas que traspasan las barreras funcionales y son un legado histórico con la que interpretar la realidad de una ciudad, un pueblo o un país.

Barcelona tiene una de las obras más visitadas del mundo, la Sagrada Familia. Al año llegan a pasar por el recinto hasta 5 millones de personas para verla. Uau. Dudo que cuando el filántropo Josep Maria Bocabella encargó el templo, como unos ciento treinta años atrás, imaginó que iba a convertirse en una especie de souvenir impersonal para masas. No logro descifrar en qué momento pasó de ser una basílica, aunque con pretensiones, a un macroedificio, aunque icónico, sin alma. Y no por estar inacabado, sino porque sólo con mirar la obra de cerca se te pone cara de turista. Creo que sucede lo mismo con todas esas obras que ponen en antena con todo el mundo las ciudades donde se construyen. Es extraño, porque cualquiera de esos iconos no se idearon pensando en la globalización. En concebir el descubrir las ciudades con el turismo fast food. Eso les vino después. Son El Zócalo de México DF, el Coliseo de Roma, La Muralla china, Las Vegas o Times Square.

No logro descifrar en qué momento pasó de ser una basílica, aunque con pretensiones, a un macroedificio, aunque icónico, sin alma

Cuando se dio permiso para construir la Sagrada Familia, se hizo pensando en un sencillo proyecto neogótico a las afueras de Barcelona, en el municipio de Sant Martí de Provençals, aunque sólo unos años después lo absorbió la ciudad. Al igual que la obra absorbió la identidad de Sant Martí de Provençals y ahora es conocido como barrio de Sagrada Familia.

Uno aprovecha un día soleado en Barcelona para turistear por sus calles y disfrutarla como el día a día no le deja. Vas caminando por calle Mallorca, a la altura de calle Sicília, y ahí vas viendo la evolución de los transeúntes a tu paso. Su indumentaria, su barbilla elevada, su sonrisa imborrable. Son personas aparentemente felices, disfrutando de esta minúscula ciudad. A lo lejos ya se aprecian los picos ya construidos del templo. El jaleo, los vendedores ambulantes, las cámaras, las bicicletas turísticas, los souvenirs desangelados. Y allí está ella, exhibiéndose sin pudor a su público que viaja kilómetros para verla.

Ni siquiera Eusebi Güell, el rico industrial que viajó por medio mundo y vio en Antoni Gaudí una estrella, hubiera imaginado que el ir de un país a otro pasaría por convertir las ciudades en parques de atracciones a partir de la arquitectura.

Uno sale de allí, tras el paseo, algo abrumado. Pensando que una de las profesiones más bonitas del mundo también puede ser adulterada y, en vez de contribuir a engrandecerla, otros sin visión de futuro acaben degradando su espíritu y comercializando sin límites lo que debería concentrar, en esencia, el pasado y el futuro.



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