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Miguel Ángel González

Opinión

Maldita Babel

Cuando la lengua supera el rol de instrumento de comunicación y se dota de la esencia metafísica de un pueblo, pasa a convertirse en seña de identidad social y, por tanto, en herramienta xenófoba

Imagen de archivo de una estelada.
Imagen de archivo de una estelada. JDIGES

Es importante empezar por el principio. Una lengua sirve para comunicarse. A lo largo de la historia se han forjado muchas, que han durado el tiempo que han servido para comunicarse. Cuando una lengua perdía esa utilidad ―su utilidad―, los hablantes dejaban de usarla poco a poco hasta que, al cabo de unas generaciones, desaparecía para siempre. Seguro que algunos se lamentaban cuando llegaba la melancolía, cuando se acordaban de que de niños la hablaban los abuelos. O ni siquiera: la añoranza llegaba mucho después, al hacer repaso de antepasados y comuniones sanguíneas. Pero entonces no había afán conservacionista: se aprovechaba lo útil y se desechaba lo que no valía. Basta mirar el latín, la lengua de las lenguas: fue deshacerse la cohesión imperial y empezar a fragmentarse y dividirse y diluirse en otras hablas que, con el tiempo, dieron lugar a su vez a algunas lenguas hechas y derechas. Esta misma que aquí se ve. El latín se mantuvo en la escuela como una suerte casi de código estandarizado, aunque en cierta forma útil todavía para establecer una comunicación real, de ahí que durara tanto y que incluso hoy todavía se use en ciertos márgenes sociales. Pero la gente común dejó de hablarlo y los padres de enseñárselo a sus hijos. Solo quedaba la cultura.

Como el latín produjo una cultura larga, los intelectuales del Renacimiento quisieron revivirla. Lorenzo Valla decía que Roma había perdido su dominio efectivo, pero que todavía dominaba a todos los demás pueblos gracias al latín. Una forma como otra cualquiera de disfrazar la impotencia itálica. Aun así, ya hubo quien detestaba la proliferación de lenguas como condena divina: Juan Luis Vives, por ejemplo, abogaba por la recuperación del latín como lengua koiné, en detrimento de las numerosas lenguas vulgares que no hacían sino impedir la comunicación fluida entre todos los hablantes de la Cristiandad. Pero las razones nacionales eran ya muy poderosas y pronto se vio, como aquí Nebrija, que la lengua era compañera del imperio. Empezaron los elogios al vulgar y los intentos de dotarlo de categoría literaria. Lo hizo Pietro Bembo con sus Prose della volgar lingua y poco después Du Bellay con su Défense e illustration de la langue française.

La coincidencia de lengua y nación no se ha perdido nunca, pese a tantos ejemplos, como el nuestro, en que la nación abarca varias lenguas

El español recibió también, cómo no, su buena porción de encomios, sobre todo porque era entonces instrumento real de civilización en tierras americanas y, claro, debía estar a la altura. Hay un médico español llamado Andrés Laguna que se lamenta de que sus compatriotas no cultivasen la lengua como se merecía ―y como él mismo estaba haciendo al poner en ella la Materia médica del griego Dioscórides. Así le dice a Felipe II en su dedicatoria: “Pordonde yo, viendo que a todas las otras lenguas se havia communicado este tan señalado author, salvo a la nuestra española, que o por nuestro descuydo, o por alguna siniestra constellation, ha sido siempre la menos cultivada de todas, con ser ella la mas capaz, civil y fecunda de las vulgares, [...] resolvime de hazerle de griego español [...], en beneficio immortal de toda la patria”. No digan que no suena bonito.

Sonaba bonito y sonaba nacional. La coincidencia de lengua y nación no se ha perdido nunca, pese a tantos ejemplos en que la nación abarca varias lenguas. El imperio español de entonces creó su propia koiné, una lengua española (nada de castellana, simplemente española) con la que todos los súbditos pudieran entenderse. Y dentro del Imperio había muchas más, incluidas las americanas, algunas europeas y las propiamente peninsulares. Eran lenguas a veces con su cultura y su literatura, pero eran lenguas de ámbito muy reducido y no podían sino seguir siendo lenguas familiares, lenguas de aldea.

Pero la unión de lengua y pueblo suele traer problemas graves, como ha pasado sobre todo desde el Romanticismo. La lengua ha dejado así de ser instrumento de comunicación para dotarse de la esencia metafísica de un pueblo. Y ahí ya no hay quien lo pare. La lengua pasa a convertirse en seña de identidad social, lo que quiere decir instrumento de distinción social y, por tanto, herramienta xenófoba. El pueblo tira de la lengua para realizarse, siente orgullo de la lengua (que es como sentir orgullo de ser zurdo) y usa la lengua para fijar bien sus fronteras. La condición arqueológica del hombre moderno favorece la conservación de todas las lenguas y permite que se reinventen y se reinstalen en sociedades que no quieren perder la sustancia de su ser (o lo que sea). Y se llega justamente al uso pervertido de la lengua: un instrumento real de incomunicación. Es la condena babélica. Como Vives proponía en el siglo XVI, y ya que ahora tenemos el inglés de koiné, habría que ir poco a poco dejando morir todas las otras lenguas hasta que por fin el hombre pudiera entenderse en una sola. Idílico.



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