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Pablo Hidalgo Cobo

Opinión

Lecciones políticas de ‘Juego de tronos’

'Juego de tronos’ no es solo sexo y sangre; también nos da pistas para entender el cambio climático, Cataluña, las estrategias electorales o las luchas fratricidas en el PP, PSOE o Podemos

La serie de moda nos deja muchas enseñanzas políticas.
La serie de moda nos deja muchas enseñanzas políticas.

Hay dos temas de conversación que han monopolizado durante el último mes los bares, las sobremesas y las oficinas: los recientes acontecimientos políticos y la serie Juego de tronos. Parecen asuntos separados: una seria e importante; la otra perteneciente al mundo de la ficción y del entretenimiento. O tal vez al revés. En cualquier caso, estos dos temas comparten no solo la tendencia al espectáculo, la sobreactuación y las expectativas no cumplidas, también los fundamentos propios de la política moderna, tan presentes en ésta, tan aplicables a aquellos.

Los comportamientos de los personajes de este universo son un manual de instrucciones de cómo leer la política a nivel mundial o nacional. Juego de tronos nos habla de las distintas opciones políticas, de los grandes retos que afectan a toda la humanidad, de conflictos identitarios y nacionalistas, de luchas internas de poder, de la historia escrita por los vencedores o del papel secundario del pueblo. No es solo 'sexo y sangre', también nos da pistas para entender el cambio climático, Cataluña, las estrategias electorales o las luchas fratricidas en el PP, PSOE o Podemos.

Absolutistas, socialistas, revolucionarios, demócratas, neoliberales...

La serie presenta todo un abanico de ideologías políticas, aunque la mayoría están al servicio de intereses personales. El marxismo y el socialismo brillan por su ausencia en un universo de monarcas absolutos y una sociedad estamental. Lo más parecido al socialismo es el movimiento populista liderado por el Gorrión Supremo, que parece inspirado en Laclau: nosotros, la mayoría, el pueblo, sufriendo la tiranía de ellos, la minoría, la élite. Los de abajo contra los de arriba. Un diagnóstico tan cierto y real como simplista y eficaz. ¿Alguien recuerda 'la casta' y 'la gente' del primer Podemos? Al margen de esta estrategia existen políticos llamados populistas que se mezclan interesadamente con el pueblo para ganarse su apoyo. Es el caso de Margery Tyrell, que -afortunadamente solo en esto- se parece a Miguel Ángel Revilla.

En el plano de los absolutismos tenemos a Varys, para quien el pueblo es lo más importante, pero no debe participar ni opinar, solo beneficiarse de un buen monarca. Puro despotismo ilustrado: todo para el pueblo, nada hecho por el pueblo. En una línea similar, para Ned Stark ser rey significa ser padre de todos los súbditos, una idea que defiende Hobbes en su libro Leviathan: el monarca debe tener todo el poder pero cuidar del pueblo como si fueran sus hijos. En las antípodas, Meñique no tiene ideología, solo importa el poder y el dinero sin valores ni moral. Bien podría ser un empresario neoliberal cuya fortuna precede su poder, un auténtico maestro de la táctica y el beneficio propio a corto plazo

La gran lección de 'Juego de tronos' es sobre la historia y cómo se escribe. La historia es un relato, un cuento narrado por alguien. Y casi siempre ese alguien son los vencedores

Luego está Daenerys, personaje complejo, lleno de claroscuros y contradicciones. No sería extraño que su retórica libertaria cayera en la paradoja de las revoluciones: una vez consumadas alguien ocupa el poder, la rueda sigue girando y nada ha cambiado demasiado. Daenerys se asemeja a los revolucionarios idealistas, con principios arraigados, que arriesgan su vida por crear un mundo mejor pero, en algún momento, confunden el imperativo moral del cambio con sus propias ambiciones y su personalismo. El siglo XX está lleno de revolucionarios -como Fidel Castro- reconvertidos en dictadores. Son personajes en el filo de la navaja, tan cerca del heroísmo como de la tiranía. Pero más allá de este speech revolucionario, Daenerys es un ejemplo de colonizadora: ansias de poder, fuerza militar y complejo de superioridad moral frente a los colonizados. Los conflictos en Bahía de los Esclavos son los típicos a los que se enfrenta un colonizador: resistencia armada de la antigua élite, aversión al cambio social y cultural de las clases populares...

La democracia parece olvidada entre populismos, absolutismos y realismos maquiavélicos. Pero sí existe una democracia. Aquella que practican los más barbaros, incivilizados y temidos: los salvajes. Con razón se hacen llamar el Pueblo Libre: es un guiño a la democracia liberal. Los salvajes eligen a sus líderes por votación popular y parece que incluso tienen representantes para cada tribu, lo que podría ser algún tipo de democracia representativa.

¿Idealismo o realismo?

El eterno debate, idealismo o realismo: el enfrentamiento entre los medios y los fines, entre el ser y el deber ser. 'Jugar al juego de tronos' es una expresión que se repite y que nunca es neutra, es una forma de entender la política: Realpolitik, realismo, pragmatismo, lucha por el poder. Es la muerte de la ideología, la ética, el idealismo, el buenismo. Los maestros en “jugar el juego” son todos los que se han curtido en Desembarco del Rey: Meñique, Varys, Cersei, Tyrion o Tywin Lannister, incluso Sansa. El poder solo busca auto-conservarse, y en la capital todos lo saben. Todos son realistas y maquiavélicos, aunque algunos solo crean en el hard power (Tywin y Cersei), otros consideren también la opinión pública y la comunicación política (como Tyrion) o alguno tenga una visión constructivista -el poder reside donde la gente cree que reside (Varys). Muchos llegan a acuerdos pragmáticos con sus enemigos y casi todos anteponen el fin a los medios.

El realismo de estos personajes contrasta con Ned Stark, Jon Snow o incluso Daenerys, que se mueven entre el idealismo y el imperativo ético. ¿Qué ocurre cuando se enfrentan un realista y un idealista? No es extraño que el idealista tenga la superioridad moral, no es extraño que éste acabe sin cabeza. La actitud de Ned Stark y Jon Snow es un suicidio en la política real: no sin razón ambos mueren, traicionados, acusados de traición. Por esto mismo escasean los políticos idealistas o no-realistas: porque no sobreviven. Algunos, como José Luis Rodriguez Zapatero o Alberto Garzón, parecen ejemplos de políticos que no han sabido o no han querido 'jugar al juego'; las consecuencias son evidentes.

La serie realiza un magistral retrato de cómo distintos grupos se odian, rivalizan y construyen relatos parciales que apuntalan la incomprensión y el odio recíproco

Caso aparte es Joffrey Baratheon: demasiado estúpido para ser realista, demasiado cruel y sin principios para ser idealista. Es más bien la expresión consumada de las ideas de la filósofa Hannah Arendt: un líder cuya falta de apoyo popular y de poder debe contrarrestar con el uso de la fuerza y la violencia. Esto se ve perfectamente en la evolución de Daenerys: en Essos, cuando tiene apoyo popular, tiene verdadero poder; cuando pierde el amor y el apoyo del pueblo, se queda sola, solo le queda la violencia y el terror. Aplicado a hoy: cada carga policial, cada persecución a la oposición, cada represión, cada vez que se usa la fuerza... solo se demuestra una cosa: la falta de apoyo popular, la soledad, la falta de legitimidad.

Cambio climático y conflictos identitarios

Juego de tronos también explica retos políticos a las que tenemos que enfrentarnos como sociedad. Los Caminantes Blancos son una amenaza real, percibida a menudo como una leyenda, que amenaza la supervivencia de los hombres y que combatirlo requiere la unión y el compromiso de todos por encima de las diferencias nacionales o ideológicas. La larga noche se acerca, el cambio climático también. Ironía poética que el calentamiento global sea representado con el frio y el hielo. Trump y Xi Jinping se comportan como Cersei: ignoran los riesgos para el futuro de la humanidad con tal de no ceder en sus propios intereses.

La serie realiza, además, un magistral retrato de cómo distintos grupos se odian, rivalizan y construyen relatos parciales que apuntalan la incomprensión y el odio recíproco. La relación entre los salvajes y el Norte es un ejemplo sobre cómo se construye la diferencia y la identidad frente a 'el Otro'. Nacer a un lado u otro del muro determina a quién odiarás, quién será tu enemigo. El propio pueblo se encarga de transmitir un relato en el que cada una de las dos partes se reafirma como víctima y con la superioridad moral, histórica y cultural. Hablamos de los salvajes, pero es aplicable a cualquier rivalidad nacionalista. Estos relatos se refuerzan con la reinterpretación de la historia (de ahí la batalla por las escuelas catalanas) y con el uso de términos concretos: no es lo mismo 'Salvajes' que 'Pueblo Libre'. Tampoco es lo mismo soberanista, independentista o golpista. El niño Olly insistía en que los salvajes habían matado a sus padres. En estas historias de nosotros y ellos siempre se apela al daño recibido, a los muertos, a las víctimas (de ahí que siempre se recuerden las cargas policiales, de ahí que siempre se recuerden las agresiones de los CDR). Solo hay blanco o negro. Buenos y malos. Con nosotros o contra nosotros. A Jon Snow le apuñalaron por traidor, por querer reconciliar. Que le pregunten a Podemos qué tal le ha ido su posición intermedia. Que le pregunten al PP de Rajoy qué sucede si se es demasiado 'tibio'. Esa 'tibieza' ha supuesto la aparición de Vox y el auge de Ciudadanos.

La gran lección de Juego de tronos es sobre la historia y cómo se escribe. ¿Lyanna Stark fue violada o se escapó por amor? ¿Robert Baratheon era un usurpador o el legítimo rey? ¿Ned Stark era un traidor o un héroe? Depende quien cuente la historia, y casi siempre son los vencedores. La historia no es objetiva. La historia quizá ni exista. Es un relato, un cuento narrado por alguien. Esto es una constante en Juego de tronos y uno de sus grandes logros. Además de disfrutar con las batallas épicas de alto presupuesto y con la belleza de muchos de sus protagonistas, la serie es un envite a la reflexión sobre cómo funciona la política y sobre la complejidad y multidimensionalidad de los conflictos ideológicos, políticos e identitarios. Es una reflexión sobre el maniqueísmo con el que se tiende a interpretar el mundo; eso sí, sin caer en el relativismo: siempre hay unos mejores que otros, siempre hay criterios éticos, siempre hay causas justas por las que luchar y siempre hay una mayoría social ignorada, instrumentalizada, oprimida o masacrada.

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