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Jorge Vilches

Opinión

Juego de patriotas; y de traidores

La rendición de Sánchez y los suyos al discurso y a los objetivos de los que quieren romper lo existente supone aceptar una legitimidad, no verificada en las urnas, por encima de la legalidad

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. Efe/Zipi

La podemización del PSOE de Pedro Sánchez es cada día más evidente. No se trata de un viraje ideológico -no llega a tanto el Doctor-, sino de la aceptación del lenguaje, las formas y los propósitos de Podemos. En realidad es el sueño de Lenin: la bolchevización de organizaciones de izquierdas rivales, más numerosas, para ponerlas a su servicio. El proceso se inició aprovechando la debilidad provocada por la lucha interna en el socialismo desde octubre de 2016, y que concluyó con la elección de Pedro Sánchez, el populista, frente a Susana Díaz, la apparatchik.

Rendido a la supuesta superioridad moral y política de Podemos, Sánchez comenzó un acercamiento retórico y táctico a la formación de Pablo Iglesias. No pretendía solo captar los votos de la izquierda, esos millones de electores conquistados por los chavistas, sino de abrir el abanico posible de aliados políticos y parlamentarios. De hecho, Podemos fue el apoyo espiritual del golpe de Estado en Cataluña: defendieron la autodeterminación como “derecho de los pueblos”, con el objetivo de propiciar la destrucción del orden constitucional.

Sánchez asumió el apoyo de Podemos y de los independentistas en la moción de censura, haciendo así suyo, quiera o no, la supuesta precariedad de la Constitución, su inadecuación a los tiempos, y la necesidad de revisar los fundamentos de la convivencia. Es como si nos encontráramos, gracias a la estrategia populista, en una situación prepolítica en la que se desechan las bases del sistema por nocivas para la comunidad, y se abre la veda para un nuevo régimen.

Han empezado por restar legitimidad al Senado porque allí carecen de mayoría. Y siguen con el desprecio a la Mesa del Congreso por la misma razón

La rendición de Sánchez y los suyos al discurso y a los objetivos de los que quieren romper lo existente supone aceptar que hay una legitimidad no verificada en las urnas, que está por encima de la legalidad. Esto ha puesto en marcha el concepto de “patria”. Los podemitas, bien conocedores, como señaló el marxista Zizek, que la política empieza con la batalla del lenguaje, se empeñaron en dotar de un contenido propio a dicho concepto. Debían arrebatárselo a la derecha, decían, porque envolviéndose en la patria podían justificar el derribo del régimen y la construcción de uno nuevo. Sí; chavismo puro.

El concepto de “patria” lo llenaron de un populismo que finalmente ha hecho suyo Sánchez y su gobierno bonito. La patria es la gente, los de abajo, los desheredados, las personas en el umbral de la pobreza -otro término relativo que habría que revisar-, que sufren por el espíritu y la letra de un régimen pensado solo para los de arriba. A partir de ahí, los populistas, y ahora también los del PSOE, identifican su política como “patriótica”. Por eso, el Doctor habla de “justicia social” con unos PGE que devuelvan “la ilusión a la gente”, que revierten los recortes, para repartir la riqueza y combatir la desigualdad.

La apropiación de la patria y de lo patriótico permite a socialistas y populistas la exclusión del adversario y del opositor, como hemos visto en Cataluña y el País Vasco. El disidente se convierte en un “traidor a la patria”, en un apóstata que vive a espaldas del pueblo para beneficio de oscuros intereses. Es el típico giro autoritario de todos los populistas, ya sean socialistas o nacionalistas. Se convierten en los únicos y verdaderos intérpretes y portavoces de la patria y, por contra, el resto son enemigos de la gente.

Iglesias está aplicando el sueño de Lenin: la bolchevización de organizaciones de izquierdas rivales, más numerosas, para ponerlas a su servicio

No basta que esta estrategia autoritaria tenga las instituciones, sino que debe utilizar a los medios de comunicación afines para que denosten personal y profesionalmente a los adversarios. De esta manera, crean el conflicto, el juego amigo-enemigo que expuso Carl Schmitt, que permite la modificación de lo prepolítico.

Empezaron por restar legitimidad al Senado porque allí carecen de mayoría. Siguieron con el desprecio a la Mesa del Congreso por la misma razón. A esto sumaron acercamientos a los golpistas con propuestas de tratamiento a los políticos presos que se saltan el más mínimo sentido de la separación de poderes, o con un referéndum de “autogobierno”. Continuaron con el falseamiento de leyes, como la de Ley de Violencia de Género, para saltarse el veto presupuestario. Para colmo, el “vicepresidente” Iglesias va a la cárcel a negociar los PGE con Junqueras, y permiten insultos al Rey.

Los comunistas han tenido siempre una estrategia para tener el poder, no solo para estar en él, como Sánchez. Para eso despliegan una táctica lenta y contundente, jugando con las ambiciones y las debilidades de todos, capaz de transformar la mentalidad social y el régimen. Y están triunfando.

Los populistas de Podemos han conseguido con Pedro Sánchez gobernar sin ganar una convocatoria electoral, retrasar elecciones para debilitar más el sistema, saltarse el control institucional para contraponer la legalidad a una supuesta legitimidad de la gente que temen someter a las urnas. El frentepopulismo está constituido en España, y aventura tiempos difíciles para la economía y la convivencia. Atentos, que como escribió el liberal venezolano Carlos Rangel, “una manera de equivocarse en política es tener razón antes de tiempo”.



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