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Miquel Giménez

Opinión

A Jordi Cañas no le tose ni Dios

Jordi Cañas
Jordi Cañas Europa Press

Los separatistas entienden TV3 como un altar en el que sacrificar corderos propiciatorios constitucionalistas. En todos sus programas se veja, se hace mofa o, directamente, se insulta a lo que no comulgan con el lacito amarillo. Habitualmente acostumbra a salirles bien. Menos cuando el cordero no es tal, sino un político con la altura y coraje de Jordi Cañas.

¿Te puedo decir lo que me acaban de llamar desde el público?

Uno de los programas más vergonzosamente sectarios, y eso es mucho decir, de la televisión separatista catalana pagada entre todos es el que se emite las noches del sábado, Preguntes Freqüents. En él hemos visto a Pilar Rahola más desmelenada que nunca, a la presentadora lucir camisetas en favor de Puigdemont, a supuestos analistas todos de la misma cuerda, a la gente que asiste de público adornados con el lacito amarillo. En su última emisión, sin embargo, la cosa les salió mal. Llevaron a Jordi Cañas. No es persona que se achique ante los insultos, las amenazas o las bravuconadas de estas gentes. No es exagerado decir que debe estar entre los cinco primeros puestos del ranking de odio de los separatistas, cosa que le honra tanto a él como los denigra a ellos.

En un momento dado, en medio del debate que mantenía Jordi con Ramón Cotarelo – nada excita más al mundo separatista que ver cómo un español reniega de lo suyo y defiende al golpismo de Puigdemont -, el exdiputado de Ciudadanos interrumpió el coloquio. Interpeló directamente a la presentadora, con esa cortesía acerada tan suya, diciéndole “Perdona, ¿te puedo decir lo que me acaban de llamar desde el público?”. La señora, haciéndose la sorprendida, replicó “¿Pero, cómo, le han dicho algo desde el público?”, como si le pillase de nuevas que allí solo se va si eres miembro de la ANC. Ómnium, cualquier partido separatista y mucho mejor aún si eres de la CUP.

Cañas, educada, pero firmemente, dijo que sí y encarándose con la persona que le había insultado le pidió que repitiese el insulto, cosa que ella – era una fémina – hizo sin despeinarse. El epíteto no pudo escucharse en audio, pero podemos imaginárnoslo. Botifler, fascista, vete de Cataluña, malparit, en fin, nada que Jordi no haya tenido que escuchar cuando salía del Parlament en boca de los hiperventilados fascistas, estos sí, del proceso, que carecen de la menor ética y educación. Él mismo lo dijo, ya estaba acostumbrado.

La presentadora se excusó alegando que Cañas era un invitado del programa, que le agradecía su presencia, en fin, hizo lo mínimamente esperable en alguien que trabaja en un medio público. No expulsó a la insultadora, sin embargo. ¿Ustedes se imaginan un debate en TVE con público en el que participase el señor Rufián, por citar un nombre de la constelación estelada, en el que alguien de los asistentes le llamase terrorista asesino por hacerse fotos con Otegui? Es un decir, pero vamos, que se ha hecho tales fotos. ¿Se siguen imaginando que el presentador se excusase, pero no se expulsase ipso facto al insultador? ¿Qué dirían CCOO o la UGT? ¿Y el comité de ética? ¿Y el Colegio de Periodistas? Se organizaría la mundial, evidentemente, con toda la razón. Pues bien, en esta Cataluña del 155, que tiene tan abatidos a los separatistas, no ha pasado nada de nada. Ese es el drama que vivimos los catalanes. Se agradece que los sectarios nos ofrezcan la posibilidad de ver cómo alguien que no es de su colla se defienda gallardamente, sin miedos, con un temple que para sí quisieran los histéricos que solo saben chillar, apabullar y achantar a los que discrepan de sus señoritos. Gracias, Jordi, por dar un ejemplo de hombría de bien, de civismo, de contundencia y de elegancia política e intelectual. Dicho lo cual, debemos reclamar que esa casa de barrets que es TV3 se cierre, porque así solo vamos al abismo.

Una parrilla estelada

Si este fuese un episodio aislado sería algo a corregir, pero sin mayor gravedad. Pero los contribuyentes estamos hartos de ver com día a día se machaca con la consigna separatista, se margina toda opinión que no sea la suya, se tergiversa la actualidad, se manipula la información, se retuercen las mentes de los espectadores. Y no sirve decir que tú no ves TV3, señores, o no escuchas Catalunya Ràdio, porque la pagas igualmente y el daño social que están haciendo es tremendo.

Empieza a ser un clásico que Mónica Terribas tome a Inés Arrimadas como un saco de boxeo y le propine uno detrás de otro sendos directos al hígado cada vez que toca entrevistarla, porque es la líder del partido más votado las pasadas elecciones. O que todos los periodistas editorialicen en favor del proceso, que las escaletas de los informativos ordenen los titulares siempre en favor de Puigdemont, al que siguen llamándole President.

Es un escándalo que existan programas como el que presenta Xavier Grasset cada noche en el 324, en el que uno no sabe que es peor, si el terrible sesgo en favor del separatismo de tertulianos e invitados o la pésima calidad profesional de su presentador. Todo ello se hace, ya saben, bajo la terrible égida del 155, ese artículo creado para subyugar a los héroes separatistas, pobrecitos, que están que no pueden decir ni mú, aunque luego se paseen en lujosos deportivos, cuelguen las fotos en las redes sociales y encima se mosqueen cuando se les afea la conducta.

Es tan lamentable que por culpa de los lilas del PSC no se haya intervenido TV3 y la Corporación que uno ya no encuentra palabras para describir la indignación que produce ver el panfleto barato que suministran estas gentes. Los mismos que se quejan detener pocos recursos, que se jactan de ser los más plurales, los más imparciales, los más chupi guais. Hace falta tener cara dura, hace falta haber abandonado el más mínimo sentido de la ética periodística en general y de ética personal en lo concreto. En TV3 trabaja más gente que la suma de las plantillas de todas las cadenas privadas españolas. Tienen sueldos blindados, viven como marajás en un país que apenas está sacudiéndose de encima una crisis que ha dejado a una clase trabajadora y media totalmente destrozada, pero ellos están la mar de felices porque saben que para los Puigdemont y demás son una pieza imprescindible. Sin ellos, estoy convencido de que el proceso ya se habría acabado.

Si cuando gobernaron los tripartitos, socialistas y comunistas hubiesen tenido lo que hay que tener, habrían arrancado la crosta que denunció en su día mi amigo Joan Ferrán. Se arrugaron y dejaron el control de los medios a Esquerra, que siempre ha sabido nadar y guardar la ropa. La misma Esquerra que colocó al actual director de Catalunya Ràdio y que permite que en ella se emita un rap que dice que va a poner a los Borbones en fila para poderlos tener más a tiro.

Esto no puede seguir así. Todo tiene un límite y los jueces harían bien en mirarse un ratito esta corporación que es juez y parte de unos, despreciando a la mayoría de catalanes. Eso es prevaricación, eso es apoyo a la sedición, eso es, señorías una vergüenza democrática inconcebible en Francia, en Alemania, en el Reino Unido. Es algo que ningún gobierno elegido democráticamente admitiría y mucho menos un estado de derecho.

Insisto, debemos agradecerle a Jordi el valor y coraje demostrado la otra noche, pero sería muy bueno par la convivencia en Cataluña poder disponer de unos medios imparciales que, dando voz a todos, no se decantasen por ninguna de las partes. Cuando yo era un joven zangolotino y aprendía esta cosa de escribir para la radio, en Radio Nacional, por cierto, siempre me decían lo mismo “Hay que traer a uno que piense A y a otro a que piense B para que debatan con argumentos, civilizadamente y con el mismo espacio de tiempo. Y luego el oyente ya se hará su propia idea acerca del asunto”.

No teníamos a la audiencia por tonta, claro. A diferencia de TV3, que alimenta los sueños húmedos de los separatistas. En ese sentido es lógico que apersonas como Cañas las consideren poco menos que como a un coitus interruptus.

Miquel Giménez



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