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Miquel Giménez

Opinión

O Jekyll o Hyde

Tras años de probaturas y experimentos, el separatismo se enfrenta a un pavoroso dilema: volver a ser el pacífico doctor Jekyll o seguir con la personalidad del monstruoso Míster Hyde

Puigdemont y Torra.
Puigdemont y Torra. GTRES

Andan los doctores locos del separatismo con sus batas blancas y sus guantes de goma mezclando líquidos extraños en las probetas de sus laboratorios siniestros. Tienen un gravísimo problema. Si bien dieron en su día con la fórmula para convertir a un catalanet de misa diaria, tortell de domingo, culé a muerte, devoto de los libros de contabilidad y admirador de Pujol, en un energúmeno insultador, amenazante, hiperventilado y vocinglero, ahora no saben cómo retornarlo a su estado primigenio.

Los que osaron jugar a dioses creyeron que la fórmula podía revertirse, pero no contaron con un elemento primordial: ¿y si al monstruo le gustaba serlo? ¿y si encontraba en esa brutal condición una salida a todas sus inhibiciones, sus complejos, sus miserias? Y pasó lo que tenía que pasar. Al catalanet incapaz de toserle, no ya al estado, sino a su suegra, le pareció fantástico convertirse en un ser que intimidaba, a inspirar pánico, a dar un miedo que le pareció la más embriagadora de las pociones. Apuró el bebedizo que le dieron aquellos creadores de monstruos y experimentó una terrible metamorfosis de la que ya no quiso salir.

Convertido en Míster Hyde, envuelto en una estelada, podía pasear a sus anchas sin que nadie se atreviera a detenerlo. La gente que antes le acobardaba ahora le cedía el paso, entre admirada y temblorosa. Reinaba por el miedo y la intimidación que causaban su aspecto temible y se permitió todo tipo de fechorías comprobando, satisfecho, que sus maldades no tenían consecuencias. Por lo tanto, redobló las mismas y se atrevió a golpear a periodistas delante de las cámaras, a intimidar a niños en las escuelas, a destrozar comercios de los que no le caían bien, a detener trenes, automóviles, a enseñorearse de las calles y las plazas por las que antes se limitaba a pasar discretamente, casi de lado, en fin, a dejar que el monstruo que siempre había estado agazapado en su alma de falso manso campase a sus anchas sin freno ni moral.

Los que osaron jugar a dioses creyeron que la fórmula podía revertirse, pero no contaron con un elemento primordial: ¿y si al monstruo le gustaba serlo?

Hyde rugió mientras sonreía interiormente. Era invulnerable, era intocable, era todo lo que siempre le habían prometido que sería. ¿Cómo podían pretender que volviera a ser aquel Jekyll gris y mediocre si ahora podía ser un coloso? Los creadores de la bestia se espantaron al comprobar que era inútil intentar reconvertir a su terrible creación. Se reunieron en cónclave, formularon hipótesis, consultaron a expertos de todo el mundo, pero el resultado siempre era el mismo: una vez consciente la bestia de su poder es inútil cualquier esfuerzo. La embriaguez del miedo es un estimulante del que nunca se sale.

Hyde arrasaba con todo y ya no discernía si eran suyos o no aquellos a quien embestía con su brutalidad insana. Las voces que clamaban por su eliminación eran unánimes. “¡Matad al monstruo, matad al monstruo!”, gritaban incluso aquellos que, en un principio, lo habían defendido. Cada vez el monstruo tenía menos afectos, dado que practicaba el mal por el mal, el daño por el daño, el dolor por el dolor. ¿Y no habrá solución a ese mal?

Bien, un rumor circula por círculos selectos: el antídoto para ese error de la ciencia política existe. No parece, sin embargo, que nadie esté dispuesto a emplearlo. Los que podrían suministrárselo, no se atreven; los que se atreverían, carecen del medicamento.

En el momento de terminar este artículo me llega un cablegrama cifrado de la Real Sociedad Científica de Bratislava en el que se me comunica de manera privada la fórmula salvífica. Es un compositum de dos elementos, el 155 y el 116 con una mezcla añadida de Staatsinn y CívicoPretii a partes iguales. Sin colorantes ni aditivos, por descontado.

Les iré informando.

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