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Fernando Díaz Villanueva

Opinión

Inmigración por puntos

Con un país que funciona, una economía saneada, sin apenas desempleo y abierta al mundo es complicado ver las ventajas del cerrojazo del Brexit

Boris Johnson.
Boris Johnson. EFE

Uno de las factores que condujeron al referéndum del Brexit en 2016 fue el tema migratorio. Habían pasado sólo unos meses desde la crisis de los refugiados sirios y los estrategas de la campaña del "leave" lo tuvieron muy sencillo, así que lo convirtieron en tema central y le dieron forma de mantra fácilmente reproducible. Tenían al país lleno de inmigrantes y la culpa era de la Unión Europea por abrir sus fronteras y, obvio, una vez estaban dentro de un país de la Unión ya se podían desplazar libremente a cualquiera. Había, por lo tanto, que recuperar el control de la inmigración. Todo encajaba. Sin Unión Europea no habría inmigrantes, luego había que cortar con la primera para acabar con los segundos.

Lo cierto es que el Reino Unido siempre se negó a integrarse en la zona Schengen, por lo que para entrar en el país había que pasar un control. Los ciudadanos europeos podían hacerlo sin problemas y quedarse allí a vivir si así lo deseaban, pero el control tenían que pasarlo igualmente. Por lo demás, entrar en la UE no es fácil si se pretende hacer legalmente, de modo que un clandestino que entre por Italia no puede llegar hasta el Reino Unido sin que nadie le importune. En los puertos y aeropuertos británicos encontrará controles de acceso imposibles de atravesar sin la documentación en regla.

Se daba, además, la circunstancia de que los inmigrantes extracomunitarios en el Reino Unido en su mayor parte no entraron a través de territorio europeo, fueron directamente allí desde la India, Pakistán o Nigeria, que es de donde proceden las tres principales comunidades de inmigrantes extracomunitarios afincados en el Reino Unido. Pero esos no parecían molestar a los partidarios del Brexit. Proceden de las antiguas colonias del imperio, venían a decir muchos, lo que les convertía en semibritánicos. Lo que les irritaba eran los polacos, a quienes acusaban de estar poco cualificados, bajar los salarios y saturar los servicios de sanidad y los programas de asistencia social.

Un tercio de los médicos, farmacéuticos y dentistas y aproximadamente un cuarto de las enfermeras son extranjeros, básicamente comunitarios

La comunidad polaca en el Reino Unido es muy grande, casi un millón de personas a día de hoy, por lo que hay un poco de todo. Unos carecen de cualificación mientras que otros trabajan en sectores como las finanzas o la industria tecnológica. Es una comunidad bien integrada y no presentan problemas de convivencia. Algo similar sucede con los inmigrantes del resto de países de la Unión Europea ya sean alemanes (320.000), italianos (150.000) o franceses (150.000). Todos aprenden inglés y suelen echar raíces en el país.

El Reino Unido les necesita. Un tercio de los médicos, farmacéuticos y dentistas y aproximadamente un cuarto de las enfermeras son extranjeros, básicamente comunitarios. En algunas industrias como la del procesamiento de carne es incluso mayor el porcentaje. Ahí el 70% de los trabajadores proviene de la UE. Los comunitarios son omnipresentes en universidades (Oxford y Cambridge están llenos de franceses, holandeses, suecos o españoles trabajando como investigadores), en el sector hostelero y en el turístico.

Tsunami burocrático

La creciente contribución de los inmigrantes a la economía británica se ha producido a pesar de las políticas de los sucesivos Gobiernos, no gracias a ellas. Cualquier extranjero sabe lo enrevesado y difícil que es formalizar su situación en el país. Tienen uno de los sistemas migratorios más disfuncionales, lentos, costosos y rígidos de Europa. Hasta ahora esa rigidez y ese tsunami burocrático que padecían los que se aventuraban a pedir un visado de residencia, estaba ligeramente aliviada por la flexibilidad que se daba a los comunitarios.

El Gobierno británico, le gustase o no, tenía que respetar la libre circulación de personas y no podía poner muchos impedimentos. Un alemán llegaba, buscaba un trabajo o se ponía por su cuenta y se empadronaba en su ciudad de residencia. Esa era toda la complicación. Esto posibilitó que, a lo largo de las dos últimas décadas, millones de comunitarios saltasen el Canal para buscarse la vida. En Gran Bretaña abunda el empleo y está muy bien remunerado. Para la Hacienda británica estos inmigrantes del continente eran como el premio gordo. Gente cualificada, que no presentaba problemas de integración y con un colchón financiero porque venían de países ricos. Llegaban y se ponían a trabajar y a pagar impuestos sin que el Estado hubiera tenido que invertir un sólo penique en ellos. Es decir, aportaban mucho más de lo que se llevaban.

El resultado es que hay medio millón de ciudadanos de neozelandeses viviendo en Australia. Es una cantidad respetable, el 12% de la población de Nueva Zelanda, que suma apenas 4,5 millones 

El nuevo sistema de puntos auspiciado por Boris Johnson acaba con esto de cuajo. Desde Whitehall arguyen que es como el australiano, que lleva años aplicándose con gran éxito. No es un mal sistema cuando los inmigrantes que llaman a tu puerta vienen de lejos, su cultura es muy diferente y su cualificación baja. No es el caso del Reino Unido, que tiene ya a tres millones de comunitarios viviendo dentro de sus fronteras y a un millón de nacionales residiendo en la UE. En Australia, por ejemplo, el sistema de puntos no se aplica a los neozelandeses, que disfrutan de un visado especial. El resultado es que hay medio millón de ciudadanos de neozelandeses viviendo en Australia. Es una cantidad respetable, el 12% de la población de Nueva Zelanda, que suma poco más de 4,5 millones de habitantes.

El plan de Johnson y su ministra de Interior, Priti Patel, no contempla un visado especial para europeos. Curiosamente Patel es hija de inmigrantes indios que, antes de llegar al Reino Unido en los años sesenta, pasaron por Uganda. La familia Patel, como vemos, sabe mucho de emigrar. Con el plan que ha puesto en marcha, sus padres no hubieran podido entrar en el Reino Unido porque eran simples tenderos. Carecían de formación universitaria, al llegar a Inglaterra pusieron un quiosco de prensa y, como era gente trabajadora y responsable, les fue bien por lo que pudieron enviar a su hija a estudiar Económicas a una buena universidad.

Autónomos y emprendedores

La economía británica, como la de cualquier otro país, demanda mano de obra cualificada que trabaje por cuenta ajena, pero también mano de obra de baja cualificación, esta última especialmente porque el desempleo en el Reino Unido es muy bajo y los británicos no parecen por la labor de dedicarse a ciertos empleos como los agrícolas o los de cuidados personales. Pero también necesita autónomos y emprendedores que cuando llegan no tienen contrato alguno, tan sólo unos pequeños ahorros, una idea y muchas ganas de trabajar.

Londres se ha beneficiado mucho de este tipo de inmigrante emprendedor dispuesto a empezar de cero. Hay miles de alemanes, italianos o franceses que llegaron con un buen proyecto empresarial atraídos por una economía muy dinámica y un gran mercado y les va francamente bien. Han creado riqueza para ellos mismos y para su país de acogida. Todo eso se acaba el año próximo. Bajo la apariencia de crear un sistema de inmigración que atraiga a los extranjeros más brillantes y talentosos, lo que sucede en realidad es que está alejando a los trabajadores foráneos más laboriosos y emprendedores.

De llevarse a cabo también tendrá consecuencias directas para los británicos que se establecen en la UE, a quienes podrían empezar a exigirles que tengan un alto nivel de francés, de alemán, de español... o de esloveno. Con un país que funciona, una economía saneada, sin apenas desempleo y abierta al mundo es complicado ver las ventajas de este súbito cerrojazo. El Reino Unido tiene problemas, sin duda, pero entre ellos no figura la inmigración de europeos.

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