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Miquel Giménez

Opinión

Ilegalizar la maldad

García Page ha abierto el melón. El presidente de Castilla La Mancha ha hablado públicamente acerca de ilegalizar partidos independentistas.

Emiliano García-Page
Emiliano García-Page Héctor Martín

Y lo ha hecho en medio de la tormenta perfecta que se dibuja de cara al Consejo de Ministros que ha de celebrarse en Barcelona el próximo veintiuno. Con una claridad meridiana que no veíamos entre los líderes autonómicos del PSOE desde José Bono o Rodríguez Ibarra, García Page se muestra partidario de ilegalizar a quienes “socavan abiertamente el sistema constitucional”. Normal. Pero los turiferarios de lo políticamente correcto en el PSOE, a saber, lo que le conviene al partido para mantenerse en el machito, ya han puesto el grito en el cielo. Excuso decirles los podemitas, separatistas y otras hierbas.

Pasa con esto como con las autonomías. Nadie se atreve a decir que hay que repensar las reglas de juego para que los tahúres no se aprovechen de ellas. Eso queda feo y, además, pondría de manifiesto cuanto incompetente, cuanto aprovechado y, por qué no decirlo, cuanto delincuente vive óptimamente a costa del mismo sistema que dice pretende derribar. Decir que la mayoría de casos de corrupción se han originado en el marco autonómico, y hablamos de toda España, es poco menos que mentar la bicha. Que dichos organismos no hayan servido nada más que para consolidar auténticos caciquismos locales, redes de clientelismo arraigadas sólidamente en la sociedad y, en los casos de Cataluña y el País Vasco, aupar a las instituciones a gentes que lo único que pretenden es dinamitarlas desde dentro es poco menos que herejía. Ya conocen la letanía: fachas.

Por la misma regla de tres, opinar que sería menester dejar fuera del tablero de juego a los que hacen trampas y quieren siempre ganar es también delito de lesa democracia

Por la misma regla de tres, opinar que sería menester dejar fuera del tablero de juego a los que hacen trampas y quieren siempre ganar es también delito de lesa democracia. El día a día, sin embargo, nos indica que eso es así a día de hoy. Que al Govern de Cataluña se le toleren todos sus desplantes, sus abusos, sus arbitrariedades, sus mofas a la ley y a la convivencia mientras que a un pobre autónomo se le caiga todo el artesonado si debe dos cuotas es algo que es más que cuestionable, es indignante. Más aún, es miserable.

Los políticos tienen patente de corso para decidir lo que está bien y lo que está mal, pero, más allá de sus reglamentos polvorientos y sus cambalaches de compadres de mercado negro, existe la realidad. Y en ella radica la verdad de las cosas, esa realidad empírica, constatable, trágicamente viva que tan poco atiende el legislador. Cuando los CDR publicitan de manera abundante que el veintiuno colapsarán Barcelona, asediarán la Llotja de Mar donde se encontrará reunido el gobierno de la nación, pondrán el país patas arriba, paralizarán – ya sabemos cuan pacífica y civilizadamente se comportan sus piquetes “informativos” – comercios, lugares de trabajo, transportes, administración, en fin, todo lo que puedan, se debería actuar y no esperar a hacerlo cuando tengamos al herido en la mesa de urgencias. Existe la medicina preventiva, señores, así pues, debería existir también la política que supiera prevenir.

No se trata de ilegalizar ideas ni criminalizar maneras de pensar, se trata de ejercer una profilaxis democrática destinada a preservar justamente eso, la democracia, el respeto y la convivencia. Todo eso es lo que convierte a un Estado en sólido, porque garantiza lo mismo para todas las personas que viven en él. No sirve que Torra diga pomposamente que su gobierno garantizará la libertad de expresión, aludiendo a que los CDR tienen todo el derecho del mundo a violar la libertad de quienes no quieran secundar esa supuesta huelga de país. Y no sirve porque esa es la gran trampa del separatismo, de los populismos, del fascismo. Llenar de mentiras el espacio común para, aprovechándose de la libertad que ellos niegan a los demás, llegar hasta la toma absoluta del poder.

Ilegalizar la maldad no tan solo es loable, sino urgente. Los eufemismos buenistas nos llevan lenta pero inexorablemente a la perdición

Ilegalizar la maldad no tan solo es loable, sino urgente. Los eufemismos buenistas nos llevan lenta pero inexorablemente a la perdición. Ya está bien de pretender dialogar con quien solo sabe decir que tiene un mandato popular para proclamar la independencia. Cuidado, ni siquiera desean votar nada, lo único que pretenden es – así de gandules y zotes son – que la independencia la proclame Sánchez por ellos. Menos trabajo. De ahí que nada les acomode, ni cambios, ni mejoras, ni acuerdos. Su fin es uno y solo uno. De esta tribu hay numerosos especímenes en nuestro país. Los revolucionarios que, como en la República de la que tanto se llenan la boca cuando fueron los primeros en sabotearla, aceptarán solamente un sistema totalitario marxista al estilo venezolano; los separatistas que únicamente se darán por satisfechos cuando sean dueños al cien por cien de Cataluña y no tengan que rendir cuentas a la justicia; los violentos, que jamás saciarán sus ansias de sangre, de venganza, de causar dolor y miseria.

Todo eso es, bien podemos decirlo así, pura maldad, maldad en tanto en cuanto es egoísta y no repara en nada más que en su propio beneficio, sin importarle el precio que tenga que pagarse para lograrlo. Ilegalizarla es tan preciso, tan de sentido común, que no sucederá, claro. La clase política actual está compuesta de chivatos de clase, pelotas del jefe, matones de futbolín, chismosos de rellano, tenderos estafadores. De esta gente no podemos esperar que tengan esos mínimos que les hagan prever que lo que se avecina es tan enorme y tan grave que cualquier medida que conduzca a evitarlo sería agua de mayo.

Quizás sea porque, a su manera, ellos también forman parte de esa maldad.

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