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Miquel Giménez

Opinión

Un Muy Histérico President

Quim Torra, en el Parlament.
Quim Torra, en el Parlament. EFE

La sesión de ayer en el Parlament de Cataluña puso de manifiesto algo que se comenta hacía días: Quim Torra está de los nervios. Forzado por Esquerra y Artur Mas a reunirse con Pedro Sánchez, no da pie con bola.

Tartamudeando, bebiendo sin cesar agua de una botella de plástico, repitiéndose una y otra vez. No es el Torra habitual que, si hay que ser sinceros, se caracteriza por una buena capacidad oratoria, una cierta retranca y un buen nivel de argumentación. Lo que le pasa al President es que está atacado. Así de simple. Sus intervenciones de ayer rozaron el ataque de histeria, la rabieta infantil y un pataleo impropio de su cargo y condición. Preguntado con insistencia tanto por Inés Arrimadas como por el popular Alejandro Fernández, un pedazo de parlamentario, acerca de si garantizaba los derechos de todos lo catalanes no separatistas de cara a este viernes, Torra acabó hecho cisco.

Se negó a entrar en el debate, se escudó en acusar a quienes les preguntaban -Fernández tuvo que recordarle que aquello era una sesión de control y que quien tenía que contestar era el President y no la oposición-, tiró de tópicos, de consignas y, en fin, acabó visiblemente histérico. Lo repetimos, histérico. Cara desencajada, palabra vacilante, mirada perdida que huía de sus interlocutores, incluso un tono elevado, casi vocinglero. El vicepresidente Pere Aragonés quedó mejor que él, con eso está todo dicho.

Las intervenciones de Torra rozaron el ataque de histeria, la rabieta infantil y un pataleo impropio de su cargo y condición

Mal andan los ánimos para Torra, que no sabe salirse de su papel de agitador, de cara a su reunión de hoy con Sánchez. La suerte que tiene, y así se lo dijo Arrimadas en sede parlamentaria, es que el PSOE anda en plan vasallaje suplicante y ha accedido a casi todo lo que los neo convergentes exigían para concederle audiencia. Reunión vis a vis entre ambos presidentes más otra entre tres ministros y tres Consellers. No es el aquelarre bilateral que pedían los separatistas ni una reunión de igual a igual, pero es un facsímil bastante razonable. Suficiente como para poder sacar pecho ante los más cafeteros de la estelada.

Con otro personaje en Moncloa, y ya no digamos otro partido, Torra no podría andar por ahí haciendo lo que hace ni diciendo lo que dice. Porque para el presidente en Cataluña todo es normal, todo es bonito, el separatismo es pacífico, cívico, sonriente y la culpa de todo lo que está pasando – y mucho nos tememos de lo que pasará- la tiene quienes no comparten esa feliz visión religiosa de una Cataluña limpia de bestias con el ADN pervertido, léanse españoles.

El separatismo puigdemontiano está muy nervioso

Que en la universidad haya energúmenos que amenazan a jóvenes constitucionalistas con frases terribles más propias de etarras que de otra cosa como “Vamos a buscar las pistolas a casa y os vamos a meter cuatro tiros, hijos de puta” para Torra es normal, como lo es la vía eslovena o que los CDR impidan la convivencia democrática en calles, centros oficiales, lugares de trabajo, escuelas, estaciones de tren o carreteras. Todo eso forma parte de su delirio, de ahí que se niegue a pedirles calma como le exigían Ciudadanos y PP. La calma de él es la pesadilla del resto de sus conciudadanos, pero sabido es que para los separatistas no hay más pueblo de Cataluña que los que comparten esa nefasta religión de la estelada, Montserrat, el pujolismo y TV3.

Torra se hartó de espetarles a los partidos constitucionalistas a lo largo de la sesión argumentos lacrimógenos en favor de los presos, les acusó de mentir acerca de la violencia, les negó calidad democrática, incluso llegó al extremo de asegurar que no eran nadie para emplear palabras como dignidad o decencia. Perdió los papeles, uno detrás de otro, como jamás se había visto en el parlamento de Cataluña y mucho menos en boca de todo un President.

El separatismo puigdemontiano está muy nervioso. Entre el protagonismo que ha cobrado Esquerra y Artur Mas que vuelve a asomar la patita, van todos con unas caras largas que para qué les cuento. Aquello parece un funeral de tercera sin deudos ni finado, que diría el clásico. Si añadimos a eso que en las reuniones del Govern ya han empezado a manifestarse de manera abierta las profundas discrepancias existentes entre los partidarios del garrotazo y tentetieso y los que optan por una vía moderada y dialogante, el aumento de la tensión está más que servido.

Torra ni sabe ni quiere dar explicaciones ante la oposición y lo más grave es que, aunque quisiera, no podría porque no tiene nada que decir

No es que los neoconvergentes hayan sido nunca demasiado amantes del parlamentarismo, prefiriendo mayorías abrumadoras de las que aplauden a la búlgara al omnipotente líder o de, simple y llanamente, dejar al parlamento en un estado de animación suspendida, pero lo de ahora les ha superado. Torra ni sabe ni quiere dar explicaciones ante la oposición y lo más grave es que, aunque quisiera, no podría porque no tiene nada que decir. No gobierna, no presenta presupuestos, no consigue cohesionar siquiera a Junts per Catalunya y ya no hablemos de Esquerra o las CUP. Es una triste figura que pone cara de sueño cuando escucha, verbigracia, a la señora Jésica Albiach, podemita ella, hablar descaradamente de las nuevas alianzas que han de tejerse en el Parlament. Torra está roto, está deshecho, está hundido.

Peor aún, está histérico. Él, tan devoto de Chesterton, de Jerome K. Jerome, de Dickens, de Woodehouse, gente calma, aguda, británica, de fair play. Que pésimo final para la novela de su vida. Y que autora más cabrona es la vida.

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