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Igor Marín Ochoa

Opinión

Gobiernos ilegítimos y de perdedores

La derecha rancia española se ha lanzado hace mucho a una batalla que ellos denominan política y que no es más que una simple y peligrosa manipulación

La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena.
La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena. EFE

Hay un libro de Manuel Montero que diría que es imprescindible. Se titula ‘Voces vascas’ y en él desgrana todos aquellos vocablos que la normalidad en Euskadi perdió en favor del radicalismo abertzale. Por poner un par de sencillos ejemplos, dejar de decir España para referirse al país como Estado o llamar ‘impuesto revolucionario’ al mero chantaje terrorista. Con aquella batalla, que parecía inocua en un principio, se comenzó a perder la verdaderamente importante: la del relato. Contar ahora lo que pasó y lo que pasa allá donde el nacionalismo radical se impone, sea la Cataluña de la CUP, la Euskadi de EH Bildu o la España de Vox, es una tarea mucho más complicada. Los términos manoseados maniqueamente calan en lo más profundo del subconsciente y enfrentan al ciudadano común a elegir entre un supuesto bien y el más terrorífico mal.

Así, la derecha rancia española se ha lanzado hace mucho a esta batalla que ellos denominan política y que no es más que una simple y peligrosa manipulación. Además, por si teníamos poco con los nacionalistas exacerbados, ahora el sanchismo se ha unido a esta inaceptable práctica. Asistimos a un combate por implantar un lenguaje dotado de una semántica acomodada a una visión política que anula la del contrario y, de paso, la capacidad de pensar del receptor del mensaje. El resultado de esa pugna supera al de los seguidores de quienes ‘inventan’ estos términos y penetran en el habla generalizada y extensa. Y es peligroso. Porque cuando dejamos de llamar a las cosas por su nombre, empezamos la carrera de la manipulación.

Esto es lo que se pretende con la denominación de ‘Gobierno ilegítimo’ al Ejecutivo de Pedro Sánchez por parte de Vox. El partido ultra de Santiago Abascal, “la peor derecha de la democracia y la más peligrosa” según ‘The New York Times’, copia a la perfección la estrategia de Bildu, entre otros, e inventa un lenguaje que, a falta de denuncia social, cala entre la ciudadanía. Pero nos son los únicos.

Esta semana hemos tenido otro ejemplo de ello en un ‘tuit’ de Rafael Hernando, exportavoz del PP en tiempos de Mariano Rajoy y ahora escondido por el ‘Partido Poxpular’ de Pablo Casado:

‘Moción de censura fraude’ ¿Fue acaso aquella moción de censura ilegal? ¿No cumplió los preceptos del Reglamento del Congreso? Es más, en un partido que envuelve todo su discurso en la Constitución, ¿hay alguna norma en la Carta Magna que diga que las mociones de censura sólo serán fetén si las gana la derecha más conservadora de Europa y el resto son todas fraudulentas?

El PP de Madrid se tiró los cuatro años de legislatura de Manuela Carmena en el Ayuntamiento de la capital denominando a ese Ejecutivo como ‘Gobierno de perdedores’ 

Claro que la manipulación del lenguaje es como la de la dinamita. Si no se utiliza bien, te explota en la cara. Tanto el PP nacional como, especialmente, el de Madrid se tiró los cuatro años de legislatura de Manuela Carmena en el Ayuntamiento de la capital denominando a ese Ejecutivo como ‘Gobierno de perdedores’ por ser la segunda fuerza la que se hizo con el bastón de la Alcaldía en detrimento del PP. Cuatro años después, Carmena ganó las elecciones y José Luis Martínez-Almeida encabeza, vaya por Dios, un gobierno de perdedores apoyado por Cs y Vox. Igual que, por ejemplo, Juanma Moreno en Andalucía, donde ganó el PSOE. O en Madrid, donde Isabel Díaz Ayuso perdió en su liza con Ángel Gabilondo y, en cambio, comanda un gobierno de perdedores tan democráticamente.

Lamentablemente, el lenguaje no sirve para intercambiar ideas e impresiones sino para distinguir facciones más que para unir comunidades. La inexistencia de un idioma político y social común en el que todos nos encontremos cómodos llamando a las cosas por su nombre acarrea estas situaciones. La labor que tenemos, especialmente aquellos que escribimos al público, es recuperar pacientemente la semántica propia de las palabras para evitar manipulaciones que antes que a la política ofenden a la ética y al sentido común.

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