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Luis Riestra

Opinión

¿Es Felipe VI un patriota?

No sería extraño que en la próxima crisis que ya incuba la partitocracia, quieran incluso culpar de la misma al monarca y así montarnos una república a la griega

El Rey Felipe VI, en el centro
El Rey Felipe VI, en el centro EFE

En estos tiempos en que la propia existencia de España está en peligro, en que inevitablemente se tratan las bondades del patriotismo, siempre aparece algún enterado con la conocida frase de Samuel Johnson (tiene otras) de que “el patriotismo es el  último refugio de los canallas”, creyendo que así gana un debate. Esa es también una mala costumbre entre los que se dicen de “izquierdas” cuando buscan desactivar el sentimiento patriótico del sujeto constituyente. Lo que no hacen estos lacayos del nacionalismo es recordárselo a sus amos porque, en el fondo, lo que realmente ocurre es que el multiculturalismo se ha convertido en el refugio de los hispanófobos y otros momiópatas que se hacen de oro con ese cuento a nuestra costa.

No, el patriotismo no es el refugio de los canallas, en todo caso lo sería el nacionalismo,lo que sí es cierto es que los patriotas deben andar muy vigilantes con esa escoria, como han de estarlo con buena parte de nuestros políticos, porque menuda casta nos ha caído. Pero, ¿cómo han llegado hasta a la política tantos grillados y sinvergüenzas, estableciendo sus mentiras, cuando el español medio nunca les votaría? 

La degeneración sistémica

Como saben, nuestro sistema electoral atribuye escaños de una listapor circunscripciones según el porcentaje de votos obtenidos por cada partido. En principio, el que obtiene más diputados (Poder Legislativo) nombra al presidente del Gobierno (Poder Ejecutivo) y si no tiene suficientes, negocia con otros. Luego, ese poder legislativo, en el momento correspondiente, decide el gobierno de los jueces (Poder Judicial). ¿Hay División de Poderes? Obviamente no. ¿Se controla al Poder? Tampoco. ¿Entonces cómo quieres tener buen gobierno, con magia?

Adicionalmente, quienes confeccionan las listas buscan que los que las integran le sean dóciles, que ninguno les haga sombra y, preferiblemente, con alguna “falta”, para quitárselos de encima cuando convenga. Posteriormente, tras un cambio de liderazgo, lo normal es que el siguiente en confeccionar las nuevas listas salga de otra anterior, repitiéndose el proceso descrito. Como se ve, toda regeneración es imposible pues a sucesivas listas, peores líderes, llegándose a un punto en que rige el sectarismo y las ideas peregrinas y, como el poder no está controlado, reina la corrupción, que es lo que pasa aquí, donde, además, el voto no vale lo mismo en cada distrito, pues todo viene del apaño de la Transición. Es el mismo sistema electoral que aupó a Mussolini, Hitler, Chávez y ahora a Torra y Cía, Erdogan y los cambios que vienen en Europa.

Para colmo de males, como el debate político está inundado de propagandistas, troles y demás listillos, nunca falta quien, convenientemente, dice aquello de que “en los países nórdicos eso no pasa” (en realidad pasa menos), despachando de un plumazo quinientos años de luteranismo y más de ciento veinte de cultural del Nobel, un tema cultural importantísimo que tratamos en Reforma y Gobierno I (y segunda parte), así como al analizar dichos países, aparte que allí los distritos son más pequeños, habiendo más proximidad entre las cobayas y el señorito de la lista y donde, por diversas circunstancias, la servidumbre voluntaria (caso sueco) es distinta y también muy fuerte; luego están los grandes errores como el de los “refugiados”, que pagan cientos (o miles) de suecas violadas por no dejarles elegir representantes que protejan sus intereses, que es el fondo de la cuestión, porque de lo que se trata es de que la soberanía esté manos de cuarto “listos” que hacen las listas.

Mercado electoral

Como las votaciones no representan a los ciudadanos sino a las ideologías, la oferta política busca crear su propia demanda y repartir porcentajes, trozos de tarta del mercado y por ello la publicidad y propaganda es fundamental, de ahí la obsesión con la “educación” y el control de los medios de comunicación y adoctrinamiento “públicos”. Luego súmenle en nuestro caso las televisiones privadas quienes, tras el acuerdo de no publicidad y dado el dineral en juego, son dóciles al Poder, tal como se ha visto recientemente cuando nos han colocado a Pedro Sánchez para resucitar al PSOE quien, sabedor de ese mecanismo de control del experimento demográfico, ha corrido a emitir un decretazo para meternos en vena su “regeneración”, farsa con la que oculta su incapacidad para liderar un futuro viable y próspero a los españoles.

Lo que se está haciendo con el sujeto constituyente español es un crimen de lesa patria propio de aprendices de brujo de la Escuela de Frankfurt y/o de psicópatas conductistas que pretenden hacernos esclavos de nuestras pasiones para mantenernos en la servidumbre. Fruto natural de todo lo anterior son, por el ejemplo, el “caso manda”, de sus acusados a las manifestaciones contra jueces y leyes, esas que no se producen si los agresores son de una cultura que se busca promocionar para contrarrestar la española, o las manifestaciones nacionalistas y las pro-terroristas, donde todo está basado en un adoctrinamiento falaz para pillar cuota de mercado y colocar a sus camaradas en las listas. No es de extrañar que dicho “incidente” (¿se acuerdan?) ocurriera en un icono cultural del orden y el pensamiento de esta Era que termina.

Eisenhower y el orden europeo

Quien mejor ha explicado y criticado este sistema electoral, así como su extensión por Europa Continental, con fuentes directas, ha sido Antonio García-Trevijano. Todo empezó durante el protectorado americano, tras la Segunda Guerra Mundial, cuando a Eisenhower le llegaron con esa propuesta y, oye, fenomenal, si controlando Mass Media y los cuatro listos de las listas evitamos otro desastre, pues ya está, luego creamos unas instituciones, les apoyamos económicamente, ponemos unos tecnócratas para crear una economía común y floreciente, con su Estado de Bienestar e igual conseguimos que dejen de zurrarse y nos la vuelvan a liar. Ese orden, como el nuestro, hoy, ya es disfuncional.

Mutatis mutandis, lo de aquí, tras morir el dictador, ha sido “por el estilo”, solo que además aprovecharon el momento para subordinarnos al eje franco-alemán, negociación realizada por una pandilla bastante incompetente y corrupta; y así nos ha ido, y peor que se pondrá con la propia degeneración del Sistema Electoral y, también, del Ciclo Generacional. Lo peor de este sistema electoral, con ser ignominioso, no es que un Poder exterior te controle, porque puede ser más o menos benéfico, sino que lo haga uno, interno o externo, que quiera destruir al sujeto constituyente, algo que en España es ya evidente.

Ese sistema electoral impuesto, tiene un gran enemigo, el patriotismo, y el general Charles de Gaulle, que tuvo tiempo de sobra durante su humillante exilio inglés para entender, entre otras muchas cosas, por qué su país terminó de rodillas y que vio cómo los anglosajones hacían las cosas mejor que los franceses y, en lo que la Cuarta República, que era la Tercera 2.0, volvía a repetir las mismas disfuncionalidades de la Tercera (que incluyó colaboracionismo de comunistas con nazis), aprovechó la crisis argelina y general y, en lo que pudo, se sacudió el sistema electoral proporcional, imponiendo el anglosajón mejorado con una segunda vuelta; a partir de entonces se representaría a los ciudadanos, no a las ideologías, llevando la selección de líderes a su origen natural: el sujeto constituyente.

El Rey y el Establishment

Ambos sistemas electorales tienen un problema común que viene del orden y del pensamiento de una Era, del Ciclo Generacional y ese problema es el Establishment, uno que ha ido formándose durante décadas y que es capaz de controlar el sistema según sus intereses. En el sistema representativo hay la esperanza de que el sujeto constituyente, al poder elegir representantes, dé poder a un outsider (¿caso Trump? O Farage y el Brexit); en el sistema nuestro, por definición y salvo intervención del Rey, eso es imposible. Luego está el sistema mixto, como el alemán, que es más perverso, pues roba las buenas iniciativas de los representantes para explotar mejor al sujeto constituyente.

Así las cosas y más allá de que el patriotismo sea común en los monarcas, entre otras cosas porque, a diferencia de los partitócratas, su destino y el de su familia dependen del bien de su país, y de que Felipe VI ya ha dado muestras de sobra de ello y de tener el valor de enfrentarse a situaciones bastante comprometidas, normalmente por desidia (caso Rajoy) o maledicencia gubernativa (caso Puigdemont), su verdadero problema, y el nuestro, es la escoria de clase política que padecemos, incapaz del menor sacrificio y entre los que se encuentran verdaderos delincuentes que detestan nuestra existencia, que se resistirá por todos sus medios a que los españoles elijamos directamente nuestros diputados para, entre otras cosas, dividir los poderes del Estado, de modo que no se extrañen que en la próxima crisis que ya incuba la partitocracia, quieran incluso culpar al monarca y montarnos una república a la griega que, como la Segunda República, es la forma de Estado y Gobierno más corrupta de entre las que se hacen “elecciones”, llevándonos así a una ruina aún mayor.

Surge así una última pregunta: ¿Conseguiremos entre todos hacerle “un De Gaulle” a la partitocracia o, por el contrario, será nuestra servidumbre voluntaria la que les permita aplicarnos su “solución final”? Solución para la que solo necesitan otra generación. ¿Ustedes que creen?   

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