Opinión

Falsos de toda falsedad

Carles Puigdemont, en el vídeo en el que anunciaba su retirada "provisional"
Carles Puigdemont, en el vídeo en el que anunciaba su retirada "provisional" EFE

Si algo puede destacarse de la sesión en el Parlament de Cataluña del jueves pasado es la contumacia en la mentira por parte de los del proceso. Sin rubor ni reparo alguno continuaron manteniendo la ficción que les sustenta. La pregunta fundamental se la hizo por los pasillos una persona de un partido constitucionalista: “Pero, ¿qué coño fumáis?”.

El procés es un modus vivendi

Así lo dejaba sentenciado la líder de Ciudadanos, Inés Arrimadas. Fue una sesión, dijéramos, cansina por vista, sabida, escuchada y padecida una, dos, tres, centenares de veces. El rosario de quejas, el memorial de agravios, reales o ficticios, el mantener al precio que sea la impostura de las repúblicas que se proclamaron o no, según estés delante del juez o en la tribuna de oradores, fue exasperante.

El Parlament catalán nunca ha sido precisamente un lugar en el que la oratoria ágil y brillante, el ingenio en la réplica o la chispa política hayan brillado excesivamente. Recordamos con nostalgia irreprimible las intervenciones de Aleix Vidal Quadras, uno de los pocos que ha sabido sacar de quicio a Jordi Pujol, las embestidas que Josep María Sala emprendía contra el muro de hormigón convergente, o las diatribas irónicas y cargadas de mala leche de Joan Ferrán, sin dejar de mencionar a Jordi Cañas, que ha sido en los últimos tiempos flagelo de nacionalistas perdonavidas y señoritos de estelada tatuada en el cachete derecho de los glúteos.

Fuera de eso, y alguno que olvido, poco más hay que rascar en el diario de sesiones, de habitual plúmbeo, monocorde, aburridísimo y carente de la menor originalidad intelectual. Ha sido una casa triste, gris, solamente útil como escenario para glorificar las mayorías convergentes, acojonar a la oposición y pastelear asuntos más dignos de los juzgados que de un hemiciclo.

De hecho, solo con la llegada de Ciudadanos las cosas se animaron un poco, y el gallinero de los que cacareaban al son del pujolismo se despertó de su apacible siesta de amos del cotarro. Fueron ellos los que consiguieron arrancarle al Parlament el embozo bajo el que dormitaba, haciéndole discutir acerca del mundo real y no del que ellos pretendían ofrecernos como auténtico.

Había que verles las caras a sus señorías separatas cuando les ha dicho en toda la cara que mantenían la mentira del proceso independentista porque para ellos era su modus vivendi"

Arrimadas ha sido en este debate la que ha sabido situar de manera más exacta el momento actual en la política catalana. Porque tanto Doménech como Iceta han seguido con lo de siempre. Guiños complacientes, peticiones de un diálogo que saben imposible, porque no puede dialogarse con quienes pretenden saltarse las leyes, y no pocas excusas para intentar autoconvencerse de que ellos son los que tienen la razón. Apoyar la inmersión lingüística o criticar al 155, por citar solamente dos cosas, no parecen propios ni de partidos que se reclaman de izquierdas ni mucho menos de formaciones que están en la oposición. Ni el PSC ni En Comú Podem representan otra cosa que el papel de meros comparsas del separatismo, de tontos útiles a los que los neo convergentes como Esquerra vapulearán cada vez que puedan.

De ahí que, insistimos, si excluimos las soflamas de Junts per Catalunya, Esquerra y las cada vez más infumables CUP, lo más notorio haya sido Inés. Había que verles las caras a sus señorías separatas cuando les ha dicho en toda la cara que mantenían la mentira del proceso independentista porque para ellos era su modus vivendi. Tiene más razón que una santa.

La vida sigue igual

Que estamos donde estábamos se ha visto desde el primer momento, cuando el presidente del Parlament Torrent ha obstaculizado las quejas de Ciudadanos, llegado a apagarle el micro al vicepresidente segundo de la mesa José María Espejo. Igual que Carme Forcadell, le ha espetado Arrimadas en su turno de intervención, llegándole a decir que era la versión 2.0 de la ex presidenta de la cámara.

La idea que ha sido el hilo conductor de la líder del partido naranja corresponde a una idea exacta y grave. El separatismo no ha aprendido nada y sigue en sus trece a la hora de lanzar cortinas de humo con presos políticos, legalidades democráticas, referéndums que obligan y mandatos populares. Todo eso, convenientemente aliñado con un discurso lacrimógeno basado en mentiras históricas, nos sitúa a los catalanes en el mismo punto en el que estábamos hace tres, cinco, diez, doce meses.

Ya que los de Junts per Catalunya, que han encontrado en Quim Torra a un buen orador, culto y hábil, les da siempre por las excursiones históricas, paseándose desde la edad media hasta nuestros días, lo que ya es decir en una sesión parlamentaria, hubiera sido de agradecer que alguien les hubiera refutado en su mismo terreno. Porque, sépanlo todos, esa Generalitat a la que tanto se acogen para decir que es una institución secular que no debe nada a la constitución es una más de las mentiras que producen sin la menor vergüenza. Habrá que recordarles que, cuando Francesc Maciá proclama la república catalana, ojito, dentro de la república federal de España, las autoridades de Madrid enviaron a unos emisarios para que vieran como se comía eso.

Allí que se fueron Fernando de los Ríos, Marcelino Domingo y Nicolaud’Olwer a negociar. No era la primera vez que el gobierno de la nación tenía que vérselas con proclamas separatistas, cierto es. El 5 de marzo de 1873 José García Viñas y Paul Brosse proclamaron exactamente lo mismo que Maciá, a saber, un estado catalán independiente, eso sí, federado con la república española. Se negoció entonces, se revocó la proclama, el presidente de la república, el catalán Estanislao Figueras, dimitió y le sucedió otro paisano suyo, Pi i Margall.

Para los del gremio de la estelada, sin embargo, todo lo malo que sucede es por culpa del 155 y no se hable más"

Pues bien, Marcelino Domingo consiguió también desmontar la enfebrecida república de Maciá a cambio de recuperar una oscura institución medieval, la Generalitat, y prometer que se elaboraría un estatuto de autonomía para Cataluña, el que después sería conocido como estatuto de Nuria. Cabe añadir que aquella vetusta y anacrónica Generalitat había sido, básicamente, un órgano de poder feudal en manos de la iglesia. De hecho, 120 de los presidentes históricos han sido clérigos. Eso es lo que defienden estos caballeros, gobiernos feudales mandados por curas.

En esas legitimidades se basan los delirios independentistas que poco o nada se ocupan de las necesidades actuales de los catalanes. Algunas han aparecido en los parlamentos de los diferentes portavoces. Para los del gremio de la estelada, sin embargo, todo lo malo que sucede es por culpa del 155 y no se hable más. Ya pueden sacarles a colación las listas de espera en los hospitales, la fuga de empresas, la falta de inversiones o la ruina económica en la que han dejado las arcas de la autonomía, que a ellos lo mismo les da que les da lo mismo. Marta Rovira ha llegado en el colmo del delirio a cantar las alabanzas de la gestión económica de Oriol Junqueras. Hace falta valor. Capaces de obviar que el mismo Artur Mas dice que todo fue un engaño, ¿qué no van a decir de otras cosas?

Nada ha cambiado, todo continúa estancado, y la más que probable propuesta de Jordi Sánchez como candidato a la presidencia no hará más que enmarañar aún más si cabe la madeja en la que se ha convertido la política en Cataluña. Porque ninguno de ellos desea lo más mínimo nada que no sea bronca, enfrentamiento, follón y discutir acerca del sexo de los ángeles. Hay que seguir aguantando como sea ese modus vivendi.

Miquel Iceta, que ha tenido, hay que reconocérselo, algún destello ingenioso, les ha dicho que parecía importarles más ver quien mandaba en TV3 que el candidato a la presidencia. Pues sí. En eso también todo continúa igual. Mientras tanto, en Moncloa continúan tocando el violón y dejando a García Albiol al pie de los caballos. Una lástima. Lo de Xavier y lo del país, que viene a ser todo lo mismo.

Miquel Giménez



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