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Miquel Giménez

Opinión

Españolita hija de la gran puta

Una mujer con una estelada independentista en Barcelona
Una mujer con una estelada independentista en Barcelona GTRES

Unos separatistas le dijeron eso a una ciudadana que quitaba esteladas y lazos de la vía pública. Además, le rompieron el parabrisas y los retrovisores de su vehículo, agrediendo a sus acompañantes. ¿Qué precio tiene eso?

Hay que decirlo: la semilla de lo que cosechamos hoy la plantó, abonó y regó abundantemente Jordi Pujol y su nacionalismo carlistón y rancio, de mirada perdonavidas hacia todo lo que no fuese el bon català. Pero quien dio el pistoletazo de salida, una vez madura la fruta social, fue Artur Mas, que ahora que queja de la justicia española, a la que acusa de ejercer una venganza sobre su persona. El Tribunal de Cuentas lo ha condenado tanto a él como a la exvicepresidenta Joana Ortega y a los exconsellers Irene Rigau y Francesc Homs por la pseudo consulta del 9-N a pagar solidariamente una fianza de 4,9 millones de euros. Dice el tribunal que ese es el dinero pagado con fondos públicos empleado en aquel aquelarre, antecesor directo del posterior 1-O. Malversación, que se dice. Mas aduce que no es letrado y, por lo tanto, sus conocimientos acerca de lo que es legal o no son aproximativos, vagos, más bien nebulosos. Vamos, que creyó que comprar siete mil ordenadores, más el envío de toda la propaganda por correo postal, más la campaña de publicidad, más la distribución del material de votación, más la contratación de soportes informáticos para la consulta era cosa de broma, de la risa, de pasar el rato. Además, si no puedes gastarte unos milloncitos de euros en un capricho siendo President, ya me dirán ustedes para que carajo sirve el cargo.

Mas está enfadado, agobiado, triste. Ahora le toca pagar de su bolsillo y eso no lo entiende, acostumbrado como está a que seamos los contribuyentes quienes hagamos el desembolso. A Artur se le atribuye la responsabilidad máxima y, caso de que sus compis yoguis no pudieran pagar, el gasto recaería totalmente sobre su persona. El expresident ya salió llorando cuando le fue embargado su piso, al igual que al resto de Consellers, pero la siempre presta ANC puso una morterada encima de la mesa – a ver si Hacienda deja de atosigar a los autónomos e invierte un rato en meter la nariz en las cuentas de dicha entidad, porque nos vamos a reír todos mucho -.

A Mas ahora le toca pagar de su bolsillo y eso no lo entiende, acostumbrado como está a que seamos los contribuyentes quienes hagamos el desembolso

Nunca pagaron los platos rotos ni quisieron afrontar las consecuencias de sus despropósitos, pero es que ahora la cosa se les ha ido de las manos de tal forma que no se trata de reparar la malversación de dinero público solamente. Estamos en un estadio completamente distinto, en el que habrá que empezar a calcular cuánto cuesta la ruptura de ese finísimo cristal que llamamos paz social. ¿Cómo se calcula ese bien tan preciado, tan difícil de construir y, a la vez, tan diabólicamente fácil de destrozar en mil pedazos?

La persona empujada por la espalda y a traición escaleras abajo en el metro, enferma de cáncer y en tratamiento por quimio; el último escrache a Carlos Carrizosa y todos los pasados a García Albiol; los actos vandálicos contra la vivienda del juez Pablo Llarena y el acoso tanto a él como a su familia; las sedes de partidos emporcadas con mierda; el odio vomitado en TV3 incansablemente, solo hay que ver la última entrevista que su mismo director le hizo a Inés Arrimadas; la señora a quien rompieron la nariz por quitar un lazo amarillo; la elevación a los altares de individuos de la calaña de Otegui y Sastre; la agresión que citábamos al inicio. Todo va sumando lenta, inexorablemente, en ese debe de una Cataluña fatalmente dividida entre la parte de aquellos que pretenden imponerse con los métodos que sean y el resto de la población.

Ahí también existe una malversación de caudales ideológicos, de perversión del servicio público, de la responsabilidad que tienen nuestros políticos al frente de instituciones que han de ser de todos. Artur Mas, el que quiso ponerse al frente de la manifestación separatista para conseguir tan solo hundir a su partido, dividirlo, destrozarlo y dejarlo en manos de unos imberbes incendiarios e inútiles, también tiene su parte alícuota de responsabilidad en la factura que, sin duda, tendremos que pagar todos los catalanes. ¿Y por qué? ¿Para ocultar la tremenda corrupción existente en esta tierra? ¿Para entretener a la plebe de los recortes que aplicó mientras gobernó?

El nacionalismo solo puede acabar en eso, en la exclusión de lo distinto, de lo outré, para afirmarse en su supremacía

No. Es más terrible. Si acabó abriendo la caja de Pandora fue por una implacable lógica. El nacionalismo solo puede acabar en eso, en la exclusión de lo distinto, de lo outré, para afirmarse en su supremacía. Era inevitable que Convergencia acabase en la Crida de Puigdemont. No podía esperarse otra cosa de quienes durante cuatro décadas se fueron apropiando poco a poco del espacio común para convertirlo en exclusivamente suyo, de instituciones a medios de comunicación, de colegios profesionales a movimiento asociativo, de escuelas y universidades a sindicatos.

Esa es la auténtica factura que deberían pagar todos ellos. Es incalculable, pero tiene una condición exacta, palpable, viva, agraz. Llamarle “españolita hija de la gran puta”, intoxicado de un nacionalismo violento y de odio racista, a una persona por retirar lazos de la vía pública ¿qué precio tiene? Ningún tribunal podrá computarlo, por una simple razón: hay cosas que no tienen precio. A esas hay que apelar cuando acusamos a quienes nos trajeron hasta este punto.

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