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Jose Alejandro Vara

Opinión

Barcelona: el silencio de los corderos

La consigna oficial del Gobierno tras los atentados ha sido no entrar al trapo de las provocaciones. No responder. No decir ni ‘mu’. Evitar la polémica con los independentistas.

El presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, y el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.
El presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, y el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. EFE

La jibarización del Estado tras el zarpazo terrorista de Barcelona arrancó la noche misma del 17-A. Mariano Rajoy tuvo que aguardar hasta las 12,30 a que Puigdemont, su consejero de Interior y la alcaldesa de Barcelona concluyeran su rueda de prensa en la que intentaron esparcir las primeras informaciones sobre el atentado.

En una sala estrecha, lóbrega, mal iluminada y con el rostro sudoroso y fatigado, el presidente del Gobierno, pudo al fin leer unas breves y escuetas líneas de condena. Rajoy, abrumadoramente sólo en la madrugada. El Estado, en un chiscón. El Gobierno regional, en el Palacio. Después, el silencio.

La consigna oficial de estos días ha sido de manual. No entrar al trapo de las provocaciones. No responder. No decir ni ‘mu’. Evitar la polémica con los independentistas. No con 15 muertos sobre la acera, casi cien heridos en el hospital y la maldita sombra del 11-M deambulando por la memoria. El Gobierno enmudeció. Escuchaba impávido el griterío sórdido de la Generalitat (la actitud de los jefes de prensa de algunas consejerías es merecedor del rechazo unívoco de la profesión). La escalada del victimismo y la infamia evolucionó según lo previsto.

Hasta aquí hemos llegado

Defender, primero, lo indefendible. La torpeza de los Mossos ante un trance diabólico que, inevitablemente, les venía grande. El imán descontrolado, la explosión de Alcanar, el terrorista herido, en el hospital, 17 horas sin ser interrogado, los controles con agujeros, los extraños ‘abatimientos’… un rosario de lagunas, torpezas, patinazos, que los agresivos voceros de Puigdemont atribuían, primero, a cuestiones emotivo-sentimentales: ‘la envidia’, el ‘juego sucio’, las actitudes ‘miserables’. De ahí se pasó a las excusas técnico-políticas: la falta de colaboración del Estado, el reparto de sillas en Europol, el bloqueo en el flujo de la información.

Los sindicatos de la Guardia Civil y de la Policía Nacional, bregados en cientos de operaciones contra el yihadismo, reventaron. No podían más. Ante el abrumador silencio del Estado, emitieron un papel esclarecedor. Los policías catalanes hacen lo que pueden, decían, pero sus mandos políticos les obligan al autismo. Combatir los tentáculos sin fin de la red del terror con un puñado de policías voluntariosos y en espardeñas es un imposible. Una apuesta por la derrota.

“No dejamos entrar a la Guardia Civil porque no hacían falta”, explicó el consejero Forn, disparatada pieza de todo este engranaje, al referirse al episodio de Alcanar. O sea, “somos autosuficientes, ¿a qué vienen éstos a molestar?”. También echaron a esa juez a la que tanto butano y tanta explosión le olía a chamusquina . “Señoría, usted exagera”. Chicos listos los del ‘major’ Trapero.

También echaron a esa juez a la que tanto butano y tanta explosión le olía a chamusquina . "Señoría, usted exagera". Chicos listos los del ‘major’ Trapero

La Guardia Urbana de Barcelona, los primeros en llegar a Las Ramblas, estuvieron a punto de redondear la tragedia. “Hay francotiradores en las azoteas con turbantes negros”, se avisaban por radio. Iban a por ellos. Resultó que eran unos Mossos que, sin avisar a nadie, gateaban por los tejados. Los urbanos de Barcelona también son relegados. Sus mandos no son de la estirpe del ‘procés’. Hasta se entienden entre ellos en castellano.

Rajoy reapareció el viernes, tras el Consejo de Ministros. En vísperas de la magna manifestación contra el terror. Emitió un mensaje de una untuosa y delicada pulcritud. Unidad por encima de todo. Los Mossos son irreprochables. La coordinación política es estupenda. Todo va sobre ruedas. El Rey viene en representación del Estado para sumarse al dolor de los catalanes. Buena voluntad servida en bandeja de algodones. De poco sirvió.

Unas horas después, la bofetada. El presidente de la Generalitat, empavonecido con la impecable gestión de sus cuerpos policiales, lanzó un puñetazo a la quijada de la falsa ‘unidad’. “El Gobierno ha jugado con la seguridad de los catalanes”, espetó. “Le dijimos que no lo hiciera, pero tiene otras prioridades”. Rajoy juega a los dados con las vidas de los catalanes vino a decir el president. Del “Madrid nos roba” al “Madrid nos mata”, más o menos.

Pidieron fondos para contratar 500 mossos más y se les respondió que revisaran los presupuestos. Hay pasta para el referéndum, las tropecientas teles, las embajadas, los infructuosos viajes del inútil de Romeva, para recortar en Sanidad, para no pagar a las farmacias, pero Puigdemont no es capaz de proveer una pequeña partida para sus policías.

La culpa es de Madrid. La seguridad de los catalanes está en juego por culpa de Rajoy. Todo eso dicho en pleno luto 

La culpa es de Madrid. La seguridad de los catalanes está en juego por culpa de Rajoy. Todo eso dicho en pleno luto por las quince vidas segadas por el terror. En vísperas de la gran demostración de duelo. Con sus esteladas y sus cánticos de independencia. Item más. Dijo también el ‘president’ que ya tiene 6.000 urnas para su happening, que es lo que le importa. El ‘procés’ por encima de las víctimas.

No esperó Puigdemont a que se apagaran los llantos, a que se diluyera el dolor, a que amainara el miedo, a que la sangre se secara. “Hemos demostrado que estamos preparados para actuar como un Estado independiente”, añadió, desde su paranoia delirante. No se lo ha preguntado a las familias de los muertos. Le señalarían, quizás, dónde puede meterse sus urnas.

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EL VARÓMETRO. Toda una lección, y no de fútbol, la de Lucas Digne, jugador del Barça, que hizo honor a su apellido. Toalla y botellas de agua en mano, se lanzó a las Ramblas a socorrer heridos. Después, ni una entrevista, ni una foto. // ¿Es islamófobo llamarles, como se ha hecho siempre, ‘imanes’? Sólo se escucha ahora lo de ‘imames’, dos emes, por doquier. // No dicen ‘mossos y mossas’. Y nadie se queja. // Los comecuras ya han dado buena cuenta de otra pieza, el padre Santiago Martín. // ¿Cuántos reportajes más deberá publicar aún ‘The Guardian’ hasta conseguir la independencia? // Inés Arrimadas no siempre se explica. // El Emérito, en los toros de Bilbao. Sin escuchar más pitos que una parte del tendido le dedicó a las banderillas rojigualdas de Cayetano.



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