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Jesús Cacho

Opinión

España 2018: un barco encallado en el arrecife catalán

Imagen de archivo de Mariano Rajoy y Carles Puigdemont
Imagen de archivo de Mariano Rajoy y Carles Puigdemont EFE

Comenzó 2017 cual Ave Fénix renacido de las cenizas del batacazo electoral del 20 de Noviembre de 2015, lance en el que perdió 63 de los diputados de que había dispuesto en la legislatura. La convocatoria de nuevas generales (26 de junio de 2016) ante la imposibilidad de formar Gobierno, devolvió la vida a un tipo por el que nadie apostaba un duro. El panorama desde el puente en enero pasado mostraba a un presidente que, con 137 diputados, se manejaba con la misma aparente solvencia que cuando tenía 187. En su derredor, el PSOE seguía enfangado en su crisis, mientras los líderes de Podemos se acuchillaban sin piedad, como manda la tradición leninista, en lucha por el poder del partido. Ciudadanos, por su parte, que había hecho posible la investidura del líder del PP, veía como éste le ninguneaba a conciencia pactando lo habido y por haber con Javier Fernández, a la sazón responsable de la gestora socialista. Era la resurrección de Mariano, el hombre sin atributos de Musil, frío hasta parecer témpano, sin sentimientos a flor de piel, sin más ideología que la del conservador empeñado en dejar la estafeta tal como se la entregaron. En las antípodas del sabio popperiano. El perfecto antihéroe.

Este escenario se ha venido abajo con estrépito en este final de año tras el estallido de la crisis catalana, el pulso que el independentismo le ha echado al Estado y que el Estado, al menos de momento, no ha sabido ganar. Las víctimas del destrozo causado por las autonómicas del 21-D son numerosas. Empezando por Podemos, que ha venido a ratificar en la consulta catalana la cuesta abajo por la que circula desde hace tiempo y que las encuestas reflejan. La sombra alargada de la insignificancia de IU planea sobre Iglesias, ese trilero dispuesto siempre a castigar al prójimo con su verborrea de macho alfa. No menos limpio sale del lance el amigo Pedro Sánchez, todo un experto en ganar primarias en el PSOE y en perder elecciones, sean generales o autonómicas. Amarrado al yugo de un PSC dispuesto siempre a fer la puta i la ramoneta, el bello Sánchez ha chamuscado en el envite catalán esa cierta primavera que para el PSOE supuso su vuelta a la fortaleza de Ferraz.

Nadie tan castigado como el PP y el propio Gobierno. En una extraña combinación de falta de talento, exceso de precaución y ausencia de patriotismo, ha sido incapaz de utilizar el 155 para sentar las bases de la recuperación

Nadie tan castigado, sin embargo, como el PP y el propio Gobierno, y ello porque, en una extraña combinación de falta de talento, exceso de precaución y ausencia de patriotismo, ha sido incapaz de utilizar el 155 para sentar las bases de una paulatina recuperación de aquel territorio para la causa constitucional, prefiriendo en cambio una aplicación light del mismo que no ha resuelto el problema y ha cabreado a unos y otros: ni ha desalojado a los facciosos de los centros de decisión que ocupan, ni ha confortado a quienes, sintiéndose catalanes y españoles, han sufrido las consecuencias del prusés en los últimos años. ¿Resultado? El votante constitucionalista catalán le ha tomado la matrícula a este Gobierno cobardón y le ha castigado dejando al PPC reducido a mera figura decorativa. El PP se ha convertido en una marca residual tanto en el País Vasco como en Cataluña, ha dejado de ser el partido con capacidad para vertebrar el territorio que siempre fue. Un golpe de imprevisibles consecuencias futuras.

Se entiende la decepción que ello ha provocado en las filas del partido, la profunda crisis que hoy recorre la organización y que la nomenklatura de tiralevitas que rodea a Mariano va a intentar taponar por todos los medios. Víctima principal del desastre es la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, cuya gestión de la crisis catalana no puede ser calificada mas que de desastrosa. La Soraya que soñó con arreglar ella sola el problema, que imaginó en el encargo rajoyesco la oportunidad de acumular prestigio bastante para encaramarse un día a la presidencia del Gobierno en sustitución del propio Mariano, sin sospechar la trampa que se le tendía, ha terminado haciendo de Barcelona su Stalingrado, asumiendo el papel de nuevo Von Paulus obligado a firmar la rendición en nombre del Führer refugiado en el bunker de Moncloa.

Ciudadanos y la hegemonía del PP en el centro derecha

El gran triunfador del envite ha sido Ciudadanos, convertido desde la nada en el partido más votado en Cataluña. El atractivo de su marca se extiende cual mancha de aceite por el resto del territorio español, amenazando seriamente la hegemonía que en el centro derecha ha ejercido el PP desde finales de los ochenta. ¿Caminamos hacia la reedición de lo ocurrido con la UCD de Calvo Sotelo en 1982, o se trata de una mera alucinación causada por el espléndido fogonazo de esa victoria? Es evidente que existen no pocas incógnitas aun por despejar en torno a C’s, relativas, en lo material, a su falta de estructura para convertirse en un partido de poder a nivel del Estado, pero también lo es que la batalla por la supremacía del centro derecha se va a librar, más o menos descaradamente, más o menos tras las bambalinas, a lo largo de este 2018 que ahora comienza.

Toda la presión, mediática y de la otra, sobre C’s y sobre su líder. ¿Qué va a hacer Albert Rivera? ¿Cuáles son sus planes? Muy bien podría abrir el banderín de enganche en toda España, decidido a captar los eficientes cuadros del PP de los que carece para con ellos construir esa plataforma lista para el asalto al poder. O muy bien podría dejar pasar el tiempo, en la mejor estrategia Rajoy, en espera de que el pescado pasado de fecha que venden los populares empiece a oler. Podría simplemente anunciar la retirada del apoyo parlamentario al PP para forzar esas generales que muchos reclaman tras el fiasco catalán. El joven ha dicho, por el contrario, que el suyo es un partido que cumple los pactos que firma, lo que descarta decisiones traumáticas capaces de poner fin a la legislatura de forma abrupta. Rivera necesita tiempo. Rivera apuesta por la estabilidad.

El desafío lanzado por el independentismo va a seguir proyectando su sombra ominosa sobre la política española

Algo habrá que hacer con Cataluña (algo también con Valencia y Baleares, donde la deriva nacionalista comienza a hacer estragos ante un PP empeñado en mirar hacia otro lado), porque el desafío lanzado por el independentismo va a seguir proyectando su sombra ominosa sobre la política española. Entre el establishment patrio gana fuerza una corriente de opinión partidaria de jugar la carta de Oriol Junqueras en detrimento del loco de Puigdemont. Todo parece haber surgido del último párrafo de la carta escrita por el líder de ERC a su familia el sábado 23 de diciembre: “Feliz Navidad a todos, a todos sin excepción (…) Se lo deseo de todo corazón y les recuerdo, a todos, que nunca se ha construido nada desde el odio y el rencor. El futuro lo tendremos que construir entre todos y para todos, con respeto y teniendo siempre presente que es la ciudadanía catalana la que debe decidir democráticamente su futuro”. Al clavo ardiendo de esa cierta posición conciliadora -más algunos mensajes privados deslizados por el propio Oriol desde Estremera a quien corresponde-, parecen agarrarse ahora los linces de Moncloa, dispuestos a engrasar con dinero algún tipo de acuerdo de mínimos, pasta proveniente de un acuerdo sobre financiación autonómica que vendrá propulsado por la salida de España del Procedimiento de Déficit Excesivo –algo que se espera llegue de Bruselas en las próximas semanas-, lo que daría a Montoro y demás amigos de lo ajeno la posibilidad de gastar de nuevo alegremente.

De momento, el problema territorial frena en seco cuestiones de tan vital importancia como la mejora de la calidad de nuestra democracia, bien mediante la consiguiente reforma de la Constitución allí donde sea necesario o fuera de ella. Mariano, Pedro y Pablo son líderes quemados, con los que resulta pura entelequia contar siquiera para hincarle el diente a las grandes cuestiones pendientes. El horizonte electoral (con municipales y autonómicas en mayo de 2019), que comenzará a hacerse presente según avance el año, hará más complicado aún intentar siquiera plantear esos retos. Cuestiones tan graves como las pensiones, que reclaman un urgente pacto de Estado, van a resultar muy difícilmente abordables en la aguda crisis política en la que navega el país, hasta el punto de que tal vez haya que olvidarse de las grandes reformas en lo que quede de legislatura.  

Hacer crisis de Gobierno y despedir a Soraya     

Si el 2016 fue el año de la implosión del PSOE, el 2017 ha sido la del PP, con Cataluña como espoleta. La enfermedad que aqueja a los “partidos del turno” parece ya incurable. Son el pasado. Es obvio que el aparato del PP va a intentar evitar que la onda expansiva del batacazo catalán se propague por el resto de España. El pesimismo en el partido es total. Y lo es porque las metástasis del cáncer parecen inextirpables a estas alturas. El PP no es más que Mariano Rajoy y su real voluntad, que había más democracia en el Partido Comunista Búlgaro que en este partido. Fuera de Mariano no hay nada. Para su desgracia, en el horizonte ha surgido una formación política que le ha arrebatado la bandera del futuro, la ilusión por el porvenir, y cuando eso ocurre salir del barro exige un milagro, porque milagro sería que Rajoy decidiera dar un paso al frente para insuflar un poco de vida al difunto, lo cual pasaría necesariamente por hacer crisis de Gobierno, despedir de una vez a doña Soraya, la metástasis más obvia, pero no la única, del mal del PP, e incluir en el Ejecutivo gente independiente capaz de aportar futuro a este proyecto del pasado.   

Abrasados los dos grandes protagonistas de la Transición, y consumido cual fuego fatuo ese ingenio pirotécnico llamado Podemos (cuyo líder, curiosamente, lleva días desaparecido en combate), corremos el riesgo de que esta sea una legislatura baldía, con España y los españoles enfrascados en su secular ensoñación existencial.

No todo es tan malo. Hay mimbres para empezar a armar una nueva casa común

También hay motivos para la esperanza, tal que la consolidación en la jefatura del Estado de un Rey que ha sido capaz de conectar con las aspiraciones populares; buena noticia es, desde luego, la confirmación de C’s y Rivera como alternativa no contaminada por la corrupción en el centro derecha, e incluso la existencia en la sombra de otro joven con capacidad de armar una izquierda posible, el tiempo dirá si sobre los escombros del PSOE, en la persona de Íñigo Errejón. No todo es, pues, tan malo. Hay mimbres para empezar a armar una nueva casa común. Partidarios de una sociedad abierta y plural, creadora de riqueza en libertad, quienes hacemos este diario seguimos creyendo en las capacidades de esta gran nación para superar el bache y salir a flote. Para inyectar utopía al desencanto. Para dotarnos de un proyecto de país capaz de dar cauce a las aspiraciones de la mayoría. Estamos a tiempo. Parodiando a Pérez Galdós, no será necesario esperar otro siglo para que “nazcan dirigentes más sabios y menos chorizos de los que tenemos actualmente…” (“La fe nacional y otros escritos sobre España”). Se trata, se ha tratado siempre, de mejorar radicalmente la calidad de nuestra democracia. ¡Feliz 2018 a todos los lectores de Vozpopuli!



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