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Andrea Mármol

Opinión

¿ERC vs Puigdemont?: es solo táctica

Nada de lo acontecido los últimos meses parece tener la menor influencia en el secesionismo, que sigue en su sempiterno devaneo con la ilegalidad y la confrontación constante con las instituciones democráticas españolas

El expresidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont y el exvicepresidente del Govern, Oriol Junqueras.
El expresidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont y el exvicepresidente del Govern, Oriol Junqueras. EFE

Probablemente no lo parezca cuando uno decide poner TV3 y escucha las palabras de un ex miembro de la banda terrorista ETA justificando la lucha armada en prime time. Tampoco cuando uno repara en que el Parlamento catalán mantiene anunciada su querella contra el juez Llarena, o cuando se vuelve a asistir a un negro episodio parlamentario en el que nuevamente los derechos de la oposición no importan al bloque separatista, que por enésima vez actúa al margen de las normas de la propia cámara. Pero lo cierto es que no hay, a día de hoy, un gobierno independentista dirigiendo y gestionando la vida pública en Cataluña, a pesar de que los abusos democráticos e institucionales no parecen haberse mitigado meses después de la convocatoria electoral, cuyos resultados habían de servir para alertar a Puigdemont y a los que de su timón siguen pendientes de las dificultades de seguir hablando del pueblo catalán como una entidad monolítica.

Nada de lo acontecido los últimos meses parece tener la menor influencia en el curso de sus actuaciones, orientadas al sempiterno devaneo con la ilegalidad, la confrontación constante con las instituciones democráticas españolas y la utilización de todos los recursos que siguen a su alcance como altavoces de la causa. Con esos galones y con un pulso ahora retórico al Estado, las fuerzas independentistas siguen cómodamente instaladas bajo la sombra del 155, sorteando la eventual formación de un gobierno que forzosamente les devolvería a una realidad más testaruda que sus intentos de deformarla. He aquí una de esas cosas que todavía no pueden reformar por lectura única. El caso es que, a pesar de que para el manejo de los tiempos también ha tenido el mando el bloque conformado por ERC y la lista de Puigdemont, en apenas quince días acaba la suerte de descanso dominical alargado de los partidos independentistas y, frustrada la candidatura del fugado, a nadie le resulta ya descabellada la disyuntiva entre un presidente alternativo -títere, provisional- y las nuevas elecciones.

Los independentistas siguen instalados bajo la sombra del 155, sorteando la eventual formación de un gobierno que forzosamente les devolvería a una realidad más testaruda que sus intentos de deformarla"

Con el contador electoral a cero acaba, además, la paz que, entre ellas, mantienen en público las fuerzas secesionistas. Hasta la fecha, ERC se ha prestado, probablemente influenciada por su malogrado resultado electoral respecto al del ex presidente fugado, a todas las maniobras que desde Bruselas primero y desde Berlín ahora ha ido orquestando Puigdemont, dispuesto incluso a llevar a la desobediencia al presidente del parlamento, Roger Torrent, quien finalmente se librará de ello tras la decisión de Moncloa de recurrir las argucias legales que él mismo propició. Un enésimo ejemplo de retórica a la que están reduciendo toda una serie de consignas irresponsables e irrealizables a costa de la parte de la ciudadanía que sí cree en la secesión. En cualquier caso, la calma chicha va caducando, y puede que se acerque el momento en el que alguno de los republicanos -quizás Rufián, que acaba de afiliarse- advierta a Puigdemont que ya ha abusado demasiado de su paciencia, habida cuenta que la paciencia de la mayoría de catalanes contrarios a sus planes sigue sin importarles.

Puigdemont puede estar interesado en unas nuevas elecciones. Son varios sus alicientes: no caer en el olvido, fiar su supervivencia política a una estrategia judicial que pueda desprestigiar las decisiones de los tribunales españoles y afianzarle como héroe del independentismo e idóneo candidato para mantener la confrontación con el Estado, que bajo su presidencia ha alcanzado las mayores cotas de la historia democrática de Cataluña. Los intereses, empero, del partido que alumbró su candidatura el 21-D y en el que él sigue militando, al menos oficialmente, chocan frontalmente con sus planes. Las elecciones municipales de 2019 son una cita importante para el PDeCAT y lo último que necesita son experimentos. Pero si el expresidente no ha tirado la toalla y ni siquiera con ello ha amagado es consecuencia también, en gran medida, porque públicamente su partido sigue defendiéndole, especialmente con esa modalidad que es el retuit de las incendiarias declaraciones que tiene por labor principal desde Berlín.

Y eso es exactamente igual de achacable a ERC, cuya preocupación por las municipales no es menor a la de los antiguos convergentes. Si de ambas formaciones dependiera, desde el punto de vista meramente orgánico podrían acordar, en caso de repetición electoral y como solución de consenso, que Puigdemont se presentara con la CUP y liberara a sus marcas para presentarse con comodidad en las municipales. Pero a ERC, como al PDeCAT, le pasa que está muy cómoda en la vehemencia contra el Estado -este mismo fin de semana ERC seguía hablando de “los enemigos de la República”- y saben que no llegan a tiempo de hacer la pedagogía necesaria para que sus votantes les disculpen tanta mentira. Y por eso son tan esclavos de Puigdemont unos como otros. Porque es la táctica, y no el convencimiento, lo que les ha movido -si es que se han movido, que por sus acciones, no lo parece-.



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