Diario de la cuarentena (22)

Domingo de encierro

El año próximo, si nos es concedida tal cosa como una Pascua que restituya a ésta, las palmas no significarán lo mismo, los olivos tampoco

El Papa Francisco celebró una misa, a puesta cerrada y retransmitida a todo el mundo.
El Papa Francisco celebró una misa, a puesta cerrada y retransmitida a todo el mundo. EFE

Día cinco de abril. Domingo de Ramos, que ahora algunos llaman de encierro. La cuesta del confinamiento se endurece y elude los desenlaces. Mientras el cielo esté despejado, será posible sobrellevar esta clausura. Es tan férrea que hasta la cumplen las palmas y los olivos, este año sustituidos por tiras de papel cortado en los balcones. Me asomo a la ventana buscando campanas, pero no las oigo. 

Me importa más que sea domingo a que sea de ramos. El domingo es el día de lo leve y lo perdonable, la fecha indulgente que hasta no hace mucho nos concedíamos para hacer comunión en esa otra iglesia con banquetas y grifos que nos reúne con la puntualidad de las homilías: el bar. 

Es el tercer domingo que no invito a mi padre una caña, pero sé que está mejor en casa. Muchos no pueden decir lo mismo de los suyos. Y por eso es mejor callarse. Lo amargo de estos días no emerge de un solo sitio, sino del lugar que ocupan juntas todas las ausencias, como si a los aplausos les bajáramos de golpe el volumen. 

¿Comienza a tener en efecto en usted el confinamiento? ¿Ve las películas y piensa que las personas se acercan demasiado?

¿Comienza a tener en efecto en usted el confinamiento? ¿Ve las películas y piensa que las personas se acercan demasiado? ¿Ha pensado incluso en advertir al protagonista que, por Dios, no bese a su enamorada? ¿Qué siente cuando sus hijos quieren abrazarlo? ¿Siente el también el miedo a contagiar? ¿Por qué se imponen con la misma fuerza lo que no está y lo que desearíamos que estuviese?

En su traducción de Antígona, Hölderlin sugiere en una de las líneas de Sófocles que lo humano se hace en lo que falta, en la necesidad de llenar lo que está vacío. Y en estos días me descubro rellenando las fantasmagorías de la vida cotidiana. Ahora que faltan cosas que antes dábamos por sentadas, es momento de diseñar unas nuevas y mejores para cubrir el espacio faltante de lo que éramos en esta época del año.

El año próximo, si nos es concedida tal cosa como una siguiente Pascua, las palmas no significarán lo mismo, los olivos tampoco. Habremos aprendido de ésta, acaso porque, por primera vez en muchos años, la procesión irá por dentro. 

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