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Roger Senserrich

Opinión

Diplomacia de aeropuertos

No negaré que tengo curiosidad para saber qué hacía Ábalos de madrugada hablando con alguien como Rodríguez en un avión privado en Barajas, y me encantaría que alguien me contara el contenido de la conversación

Ábalos y Delcy Rodríguez
Ábalos y Delcy Rodríguez EP/Clara Rodríguez

La noticia sobre la reunión/encuentro entre José Luis Ábalos, ministro de Transportes, y dos altos cargos del gobierno venezolano esta semana ha generado como mínimo cierta suspicacia entre los partidos de la oposición. Se han pedido comparecencias y explicaciones ante el hecho que un ministro hablara con Delcy Rodríguez, la vicepresidenta de un gobierno que España considera oficialmente ilegítimo. Que tuviera prohibida su entrada en la Unión Europea ha alimentado aún más las dudas.

No negaré que tengo curiosidad para saber qué hacía Ábalos de madrugada hablando con alguien como Rodríguez en un avión privado en Barajas, y me encantaría que alguien me contara el contenido de la conversación. No creo, sin embargo, que este encuentro tenga demasiado de escandaloso.

Vaya por delante: el gobierno venezolano de Nicolás Maduro es despótico, incompetente, corrupto e ilegítimo. El régimen que controla el país ahora mismo es uno de los más desastrosos jamás vistos en América Latina. Nací en Venezuela, y allí pasé los primeros años de mi infancia, Mis recuerdos son los de un país próspero, rico, luminoso, un buen lugar para vivir. El hecho que se haya convertido en un lugar casi apocalíptico, represivo y fracasado debido a la incompetencia, mezquindad y deshonestidad de sus dirigentes me entristece enormemente.

Eso también significa, sin embargo, que tengo un profundo deseo que Venezuela salga del pozo.

Maduro será una cretino corrupto e incompetente, pero no es estúpido, así que ha dedicado la práctica totalidad de los escasos recursos del país a regar de dinero la capital y los militares estacionados en ella

Durante los últimos años, la Unión Europea, con España ocupando un papel destacado, ha intentado hacer lo posible para resolver la crisis venezolana, con la ayuda ocasional (y las inevitables intervenciones chusqueras) de la administración Trump. A estas alturas creo que ha quedado claro lo que todos sabíamos: es muy, muy difícil convencer a un gobierno que abandone el poder, por muy incompetente que sea. Mientras el ejecutivo mantenga el control de las fuerzas armadas, no hay prácticamente estrategia alguna que pueda forzar su salida, fuera de una intervención militar.

Maduro será una cretino corrupto e incompetente, pero no es estúpido, así que ha dedicado la práctica totalidad de los escasos recursos del país a regar de dinero la capital y los militares estacionados en ella mientras el resto del país se hunde en el caos. Sabe sobradamente que nadie en la UE está lo suficiente chiflado como para enviar la Legión a Caracas, y ni siquiera Trump es lo bastante estúpido como para invadir otro país en un año electoral. Venezuela será un desastre, pero un desastre que produce un millón de barriles de petróleo al día ofrece mucho donde robar. Desde luego, más que un exilio humillante en Cuba o algún agujero parecido, o que una bala en la cabeza.

La UE y España no pueden hacer nada que disminuya el control de Maduro sobre el país

El plan B, aislar el régimen y hundir la economía con sanciones, es también poco operativo. Estados Unidos y la UE tienen una amplísima experiencia en imponer sanciones a regímenes dictatoriales, y lo único que hemos conseguido, casi sin excepción, es empobrecer a sus habitantes dejando el gobierno intacto. En el caso venezolano, las sanciones poco pueden hacer para hundir más la economía de lo que ya lo ha hecho Maduro, y hacerles la vida difícil a sus sátrapas fuera del país lo único que consigue es que quieran dominar Venezuela con aún más intensidad.

Descartado enviar los marines y vista la inutilidad de las sanciones, a la UE no le queda más hablar con el régimen venezolano y al menos buscar maneras para reducir el sufrimiento de la población del país. No es que pueda negociarse nada, en gran medida porque ambas partes parten de posiciones de extrema debilidad. La UE y España no pueden hacer nada que disminuya el control de Maduro sobre el país (a un coste asumible para la UE, se entiende), y Venezuela está arruinada y no tiene poder de influencia alguno. La comunidad internacional puede, como mucho, hablar de forma directa o indirecta con el gobierno venezolano, insistir ruidosamente que son una pandilla de patanes, y no ir mucho más allá.

Que Ábalos tenga una reunión secreta con la vicepresidenta venezolana probablemente no va más allá de esta clase de diplomacia. El gobierno español y la UE mantienen a buen seguro contactos discretos con Venezuela para buscar y sondear posibles salidas para acabar con la espantosa crisis del país. El gobierno venezolano, que es la causa de esa crisis, busca maneras para que alguien les rescate la economía con ellos siguiendo en el poder. La cosa no va a ningún sitio.

Lo que podemos hacer, al menos por ahora, es sondear el terreno y estar preparados ante la posibilidad de que algo, desde una muerte a una crisis interna inesperada, cambie la situación en Caracas

Aunque las conversaciones sean poco productivas, sin embargo, es bueno que el gobierno español siga hablando con Venezuela detrás de bastidores. Un régimen autoritario como Venezuela puede parecer sólido hoy, pero nunca se sabe lo que puede pasar. Si, pongamos el caso, Maduro falleciera de forma inesperada, tener contactos sólidos con gente dentro del régimen y potenciales sucesores sería inmensamente valioso, sin ir más lejos.

Dejemos el postureo ideológico y seamos pragmáticos. España, y la UE, deben hacer lo posible para mejorar la situación en Venezuela, pero no tenemos demasiados instrumentos para hacerlo. Lo que podemos hacer, al menos por ahora, es sondear el terreno y estar preparados ante la posibilidad de que algo, desde una muerte a una crisis interna inesperada, cambie la situación en Caracas.

Creo que el gobierno español no sólo tiene el derecho sino la obligación de vigilar, hablar, y mantener canales abiertos con Venezuela. Si no se demuestra lo contrario, Ábalos estaba haciendo bien su trabajo.

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