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Miquel Giménez

Opinión

La Diosa que templó los corazones

Montserrat Caballé, en una imagen de archivo.
Montserrat Caballé, en una imagen de archivo. EFE

Dicen que Montserrat Caballé ha muerto, pero es imposible. Las diosas son inmortales, por más que esos Mime biliosos, sobrevenidos en cargos públicos, pretendan ningunearlas.

El lazo amarillo de la infamia

Tienen los dirigentes del separatismo en su haber algo mucho peor que una infinita capacidad para odiar: no pueden ni saben apreciar la auténtica belleza y, como dijo en célebre frase mi querido amigo Jordi Cañas, sin belleza, no hay discurso. Si ante la muerte hay que descubrirse, ellos son incapaces de aparcar su miseria espiritual cuando un ser de luz cruza el umbral supremo, el mismo que todos deberemos atravesar un día. Caballé, nuestra Caballé, la de todos, seamos de donde seamos, ha sido el último ejemplo de como lo insignificante, lo irrisorio, lo feo, se ha revuelto cargado de bilis ante el arte supremo, el más hermoso de todos puesto que es universal, ajeno a fronteras y mezquinos localismos: la música.

Ningún miembro del Govern acudió a dar el pésame a la familia de la Diva a lo largo del velatorio, familia a la que desde aquí ofrecemos el pobre consuelo de nuestro amor por todos ellos y, singularmente, por la que ya nos contempla bondadosamente con su eterna risa cantarina desde lo más alto del cielo de las artistas excepcionales.

Para Quim Torra era más importante estar en un concurso de castellers, permutado en auténtico aquelarre separatista con ribetes de las manifestaciones que se hacían en el Zeppelinfeld, que ofrecer su pésame como representante de todos los catalanes. Eligió, como siempre, estar con la parte antes que con el todo. La Caballé representaba la unión entre personas de cualquier signo y condición, pero unir es visto con suspicacia por quienes solamente saben de divisiones.

Tampoco acudió al Tanatorio de Les Corts barcelonesas ningún miembro de este Govern que a los numerosos adjetivos infamantes que acumula puede añadir otro: el de carecer de piedad. Era no tan solo un gesto obligado por los altos cargos que ostentan, era un gesto de humanidad, de empatía, de reconocimiento hacia aquella que nos lo dio todo y que, en su último instante en la tierra, merecía aparcar la miseria política a un lado siquiera por unos momentos.

En el ánimo del separatismo pesó más la inquina que la compasión, la rabia hacia quien no piensa como tú que el justo reconocimiento hacia la artista. Porque la Caballé siempre se mostró contraria a la independencia, reivindicando con orgullo su múltiple condición de barcelonesa, catalana y española. Su corazón era tan grande que podía albergar tanto amor con facilidad, dejando en evidencia a quienes tienen uno tan pequeño que a duras penas pueden albergar una sola querencia. Ni siquiera en su muerte le perdonaron que firmara en el 2008 el “Manifiesto por una lengua común” en defensa del castellano, el español, el idioma que sirve para comunicarnos a más de quinientos millones de seres humanos en todo el planeta.

Reivindicaba la universalidad del arte, abominando de fronteras, abogando por la unión entre los pueblos del mundo. Repudiaba las cadenas que humillan, en alusión a la cadena separatista que se celebraba en las mismas fechas en las que ella, con el coraje de quien ni teme ni duda, se adhería gallardamente al idioma de Cervantes y de Machado, de Lorca y de Baroja, de Cela y de Quevedo. No se lo han perdonado ni en la hora de su muerte.

Esparcir la paz

La incapacidad intelectual y espiritual del separatismo le hace imposible apreciar el sutil arte de la que hoy recordamos. Sus pianísimos, sus mezze di voce, sus filattos, demostraban con la elocuencia de la verdad cuan virtuosa era. Porque la Caballé ni quería ni podía ser extemporánea ni ruidosa más que cuando reía, con esa carcajada directa, franca, de argentino timbre capaz de alegrar al más triste. Recuerdo cuando decía con la campechanía de quien no necesita fingir nada que vocalizaba acompañada de una vaca que tenía en su finca, Gioconda, creo que se llamaba, en homenaje a la obra del mismo nombre de Amilcare Ponchielli.

Laura Borrás, consejera de Cultura, que tampoco asistió al velatorio por estar en una feria cualquiera en Besalú, la que a la que tiene ocasión de vestirse de un amarillo que siempre ha sido gafe para los cantantes, debería aprovechar el momento para cultivarse escuchando a nuestra diva. También podría dejar de lucir los trajes de ese color que son, francamente, de un mal gusto que tumba de espaldas. Porque la Caballé era elegante incluso en eso, sabiendo que podía llevar y que no, minimizando sus movimientos en escena según le indicó sabiamente en su día el gran Zefirelli. No le hacían falta aspavientos ni gesticulaciones. Su voz, sus ojos, su gesto eran más que elocuentes para transmitir todas las emociones que caben en el pentagrama del alma humana. Claro está que eso solo está al alcance de una gran dama, porque ella lo era, complementando su grandeza con una proximidad enorme. Fue popular porque jamás se permitió descender ni un solo escalón de su arte, he ahí el secreto de quienes saben ganarse al cariño de la gente sin abjurar de su colosal genio.

Ante tanto enano que se cree un Atlas, la estatura moral de la Caballé crece por momentos. Nada puede conmover tanto como su interpretación del aria Casta Diva, una piece de resistence tan suya, tan nuestra, que escribió el belcantista Bellini para la ópera Norma. Quienes hemos tenido el supremo privilegio de escuchársela cantar en directo damos fe de que no hay himno ni griterío ni tumulto separatista que pueda llegar a sacudir las fibras de la emoción como los acordes de la misma. Casta Diva que inargenti queste sacre antiche piante, a noi volgi il bel sembiante senza nube e senza vel. Sí, casta diosa que plateas estas sagradas y ancestrales plantas, nos devuelves un bello semblante sin nubes y sin velos. La diosa que templa los corazones, según reza la letra del aria.

Esa era Montserrat, la de la voz que podía trocar lo oscuro en luminoso, la que paseó el nombre de su ciudad natal, Barcelona, junto con el de Cataluña y el de España por todo el mundo con la natural majestad de quien, aun sabiéndose elevada por el genio de Euterpe, jamás quiso renunciar a su condición de mortal. Euterpe, la muy placentera, la musa de la música que, según narran las antiguas leyendas, bajaba de vez en cuando a la Tierra para inspirar a los hombres susurrándoles al oído. Esa es la Caballé, que ahora vuelve al Olimpo de nuevo para quién sabe si descender en otro momento, en otro tiempo y lugar.

Qué puede importarle a una divinidad que un personaje gris y sombrío acuda a sus exequias con un lazo amarillo en la solapa, con gesto malhumorado y más pendiente de si le mira Pedro Sánchez o no. Ella está muy por encima de tales cosas, porque vivió para su arte, para deleitar a los demás, para dejarnos momentos irrepetibles. Qué lejos le caen todas esas infames conductas.

Encarnó como pocas esa Umile ancella, humilde sierva del genio creador, que le habíamos escuchado tantas veces en sus inolvidables interpretaciones como Adriana Lecouvreur. Sí, Un soffio è la mia voce che al nuovo di morrà.

Solo que ella no morirá jamás, quedando como consuelo, luz y ejemplo para los que han de seguirnos, llenando con su inmenso corazón de artista varias páginas de la historia de nuestra tierra. En cambio, los del lazo están condenados a ser una mera nota a pie de página, una nota vulgar, sin brillo, sin talento, sin profundidad espiritual. Es la diferencia que existe entre la divinidad y lo zafio.

Así pues, el cielo ha ganado otro ángel mientras que nosotros hemos perdido a una diosa. No la lloremos, riamos, riamos como ella lo hacía, riámonos de los burdos, los provincianos, los incapaces, los emasculados de todo sentimiento artístico, piadoso, elevado.

Será hasta el reencuentro, querida y admirada Montserrat.



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