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José Antonio Blanco Oliva

Opinión

Porqué no somos Dinamarca

Uno de los mayores enemigos del progreso es el exceso de ideología, y en España somos campeones. Cualquier controversia se ideologiza de forma grotesca. Realizar trasvases es de derechas; hacer desalinizadoras, de izquierdas

Vista general del Congreso de los Diputados.
Vista general del Congreso de los Diputados. EFE

España no es Dinamarca, un país que siempre aparece en el pódium de los rankings internacionales sobre desarrollo humano y bienestar, pero nada impide que España lo consiga si nos lo proponemos. Nadie apostaba nada a que España transitara de una dictadura a una democracia plena, en tiempo récord, pero lo conseguimos. Nadie confiaba en que ingresáramos tan pronto en la Unión Europea, pero lo conseguimos. Nadie pensaba que fuéramos capaces de ingresar en el euro, pero lo conseguimos.

Al calor de la crisis económica e institucional más importante que se recuerda, numerosos académicos y políticos empujados por la ola de indignación ciudadana se han apresurado a formular  numerosas propuestas de reforma.

No es objeto de este artículo enjuiciar el acierto o desacierto de las distintas propuestas formuladas, sino más bien invitar al lector a efectuar una reflexión de fondo de lo que nos pasa, e indagar cual es el verdadero tapón que nos impide avanzar y progresar.

El virus que ha contaminado el debate público en los últimos tiempos, convirtiendo a España, como algunos afirman, en una democracia sentimental, impidiéndonos progresar, es el sectarismo partidista, el dogmatismo ideológico y la  intransigencia.

En una reciente intervención parlamentaria, uno de los padres de la Constitución, José Pedro Pérez-Llorca , ha llegado a decir: “En España ahora hay  mucha ira”.

En este año 2018, en el que se cumple el 40º aniversario de la aprobación de la Constitución española, y en justo recuerdo al legado de la Transición, quisiera destacar que la reforma más importante de todas - y previa -, que será el combustible y abono fértil que propulsará el resto de reformas-, necesarias en todo caso-, no consiste en ningún cambio normativo, ni institucional, sino solamente algo tan fácil y tan difícil al mismo tiempo, pero condición imprescindible.

Volvemos a tropezar con la misma piedra, y los partidos políticos se muestran incapaces de llegar a acuerdos en materias tan importantes como son las pensiones, la educación o la financiación autonómica

Un  profundo cambio de  los usos políticos, abandonando el cainismo político, la ceguera ideológica, al que de vez en cuando históricamente nos enganchamos los españoles, arrastrados por los  charlatanes y oportunistas de turno. No resucitemos el cuadro de Goya “Duelo a garrotazos”.

Pío  Baroja apuntaba con gran acierto en el siglo pasado: “Ya no se permite la neutralidad ni el deporte intelectual: Hay que ser de la derecha o la izquierda (…). No se aceptan términos medios”. Y  José Ortega y Gasset en 1931: “¿Cuál es la república auténtica y cuál la falsificada? ¿La de derechas, la de izquierdas? Siempre he protestado contra la vaguedad esterilizadora de estas palabras (…). El tiempo presente y muy especialmente en España tolera el programa más avanzado. Todo depende del tono y del modo. Lo que España no tolera ni ha tolerado nunca, es el radicalismo”.

Uno de los mayores enemigos del progreso es el exceso de ideología, y en España somos campeones, cualquier controversia se ideologiza de forma grotesca. Realizar trasvases es de derechas y  hacer desalinizadoras es de izquierdas; descentralizar  es de izquierdas y centralizar es de derechas; apoyar la causa nacionalista es progresista y defender la unidad de España es de derechas... ¿Dónde queda la razón? Ni está ni se la espera.

No corren buenos tiempos para la moderación, y el pragmatismo  -el ADN de la política danesa -. Todo aquel que osa practicarlos es tachado inmediatamente de timorato, tibio, e incluso de traidor. El mejor ejemplo del barro de sectarismo en el que aún chapoteamos lo constituye el indecoroso récord que a punto estuvimos de batir con un gobierno en funciones, dos elecciones generales mediante, con la elección de  nuevo Gobierno en la prórroga y  en el minuto de descuento.

Constituido ya nuevo gobierno en el año 2017, el Congreso de los Diputados ha aprobado  medidas que sí importan a los ciudadanos -no abstracciones en verso- como la mayor subida del salario mínimo interprofesional, medidas contra la pobreza energética, protección para deudores hipotecarios sin recursos,  etcétera.

Practicando un ejercicio de ciencia ficción, y pecando de ingenuidad, puede afirmarse que si el pragmatismo  hubiera sido el hilo conductor tras las elecciones del 20 de diciembre de 2015 y 26 de junio de 2016, las medidas antes citadas, podrían llevar en vigor más de 2 años, lo cual  hubieran agradecido, las familias que no pueden pagar la luz o los desahuciados.

Los españoles, en las dos últimas elecciones generales, no han querido que un sólo partido político ejerciera el gobierno, pero en vez de interpretar los resultados como una ventana de oportunidad histórica, y hacer de la necesidad virtud para convertir en realidad medidas económicas, sociales de distinto signo político, y así mejorar la vida de los ciudadanos, se impuso el tacticismo disfrazado de pureza ideológica , la trinchera partidista, la verborrea hueca y vacía, la ambición desmedida, por no dejar de citar la nueva ideología política surgida del “NO es NO”, que por su profundidad filosófica está llamada a copar las mejores bibliotecas.

El virus que ha contaminado el debate público, impidiéndonos progresar, es el sectarismo partidista, el dogmatismo ideológico y la intransigencia

En este año 2018,  volvemos a tropezar con la misma piedra, y los partidos políticos han hecho suya la bandera  del No es Noy se muestran incapaces de llegar a acuerdos en materias tan importantes como son las pensiones, la educación, la financiación autonómica (salvo el cupo vasco, para ello sí hay acuerdo) produciéndose un bloqueo que España no se puede permitir.

Causa tristeza comprobar como los partidos políticos se definen más por lo que están en contra que por lo que están a favor,  concentran todas sus energías, y lo más valioso, los escaños otorgados por la ciudadanía para cambiar la realidad, para desacreditar y culpar al adversario de todos los males, en vez de utilizar de manera inteligente y pragmática la influencia parlamentaria para transformar la realidad social del país. La protesta desplaza a la propuesta. El eslogan sustituye a la reflexión. El espectáculo sustituye al rigor.

Alguien podrá objetar a este artículo cierta dosis de ingenuidad e idealismo, pero resulta obligado recordar, que en la Transición -tan denostada por algunos ahora-, en las primeras elecciones democráticas celebradas desde la dictadura (15/06/1977), seguidas de las del 1 de marzo de 1979, el partido ganador, la UCD de Adolfo Suárez, no obtuvo la mayoría suficiente para gobernar, gracias a lo cual surgió la obligación de ejercitar el pacto, dando lugar a una de las épocas más fecundas legislativamente hablando. Se aprobaron en tiempo récord medidas de todo tipo, desde los pactos de la Moncloa a la obra culmen, la Constitución Española, una de las constituciones más modernas y progresistas de toda Europa.

Desconozco en qué momento, se empezó a quebrar el espíritu de concordia que nos legó la Transición. El debate político se ha degradado de forma grotesca, con actitudes  que ninguna relación guardan con una  teatralizada pureza ideológica y regeneradora, sino más bien diferenciarse a toda costa del adversario político, aún a costa de renunciar a las propias ideas, y lo que es peor  sacrificando el interés general.



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