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Miquel Giménez

Opinión

Demos gracias al separatismo

Un manifestante porta unas marionetas del presidente de la Generalitat Quim Torra (d) y el expresidente Carles Puigdemont (i)movilización con motivo del 12 de octubre.
Un manifestante porta unas marionetas del presidente de la Generalitat Quim Torra (d) y el expresidente Carles Puigdemont (i)movilización con motivo del 12 de octubre. EFE

El Paseo de Gracia y la Plaza de Cataluña rebosantes de personas orgullosas de ser catalanas y españolas; banderas rojigualdas gigantes desplegadas en numerosas localidades de Cataluña; miles de enseñas nacionales colgando de balcones hasta ahora enmudecidos. Y todo gracias al separatismo. Gracias.

No es lo mismo

Las cosas han cambiado irreversiblemente en esta tierra catalana. No, no me refiero a las repúblicas de gatillazo fácil y calambrillo patéticamente orgásmico, ni a la independencia de frigo dedo de postre todos los jueves. Estoy hablando de una consecuencia que ni Pujol, ni Mas, ni Puigdemont ni Torra ni el sumsum corda de los estelados pudo prever jamás: su sectarismo ha producido un efecto inesperado, que España haya vuelto a nuestras vidas.

El doce de octubre siempre había sido un festivo más, de esos considerados como marías, sin ningún tipo de repercusión social y ya no digamos política. Sí, era la fiesta nacional de España y había desfiles, el rey daba la mano en una recepción – por cierto, momentazo del cateto a babor de Sánchez colocándose al lado de Don Felipe hasta que le han dicho que se fuera al guano y dejase de tocar los cojones -, ofrendas a la Pilarica y celebraciones en las casas de bien donde la homenajeada se llama Pili, como mi prima, que tiene a bien obsequiarnos cada año con una paella de ovación y vuelta al ruedo. Que Dios se lo pague.

Pero a nadie se le ocurría que fuese un día para reivindicar nada ni para sentirse distinto de lo que uno siente cada mañana al levantarse. Todo lo más, algunos separatas salían a las calles para denunciar el genocidio español en los países de Hispanoamérica. Como si allí no hubiera habido sacrificios humanos, guerras sanguinarias y asesinatos hasta que llegamos nosotros. Uy, sí, pobrecitos mayas, pobrecitos aztecas, pobrecitos incas, que lo único que hacían era entretener sus ocios extrayendo el corazón de los inmolados a sus dioses con un cuchillo de obsidiana, jugar a una especie de balompié con sus cabezas o empalarlos lentamente metiéndoles una estaca afilada por el ano hasta que muriesen por su propio peso. Hay que ver, Cortés, Pizarro, panda de cabrones, qué bárbaros sois y que buenos los catalanes que, a lo sumo, todo lo que hicieron fue emplear a miles de esclavos en sus ingenios azucareros o de tabacos y luego venderlos, porque hay que recordar que los últimos negreros de Europa fueron de apellido catalán, alguno aún de plena vigencia en la vida económica y política de esta tierra.

Lo que jamás imaginó el separatismo, tan pagado de sí mismo, es que ese pueblo dijera hasta aquí hemos llegado y saliera a las calles con la bandera de todos

Total, en esas andábamos cuando el separatismo empezó a apretar el acelerador, a confinar al gueto a los disidentes, a insultar, menospreciar, infamar a quienes no participaban de su alegre revolución de las sonrisas. Pero, lo que son las cosas, su ingeniería social no consiguió fecundar la masa social que tanto dicen precisar para consumar su villanía, al contrario, en Cataluña sonó una trompeta que despertó a todo un pueblo. Un pueblo que había sesteado peligrosamente con las cosas de la autonomía no acudiendo a votar porque “esto son cosas de Pujol”, que no se había querido enfrentar a un sistema educativo excluyente del castellano porque “el catalán es lógico que sea lo primero en Cataluña”, un pueblo que tragaba con todo el andamiaje corrupto por temor a ser tildado de malos catalanes, como si tuviese que hacerse perdonar haber nacido en Almería, en Cartagena, en Burgos o en Orense. Un pueblo que parecía perdido para todo y bueno para nada.

Lo que jamás imaginó el separatismo, tan pagado de sí mismo, es que ese pueblo dijera hasta aquí hemos llegado y saliera a las calles con la bandera de todos, la que nos hermana y nos hace iguales ante la ley, la bandera que representa un camino muy duro, muy difícil, muy amargo, muy complicado históricamente hablando, que nos ha servido para llegar hasta aquí.

A partir de eso, en Cataluña nada volvió a ser lo mismo.

Gracias, separatistas

Desde que el año pasado Societat Civil Catalana convocó a las gentes que estaban por la constitución y la democracia, sacando a la calle a miles de personas, todo dio un giro copernicano. Las banderas nacionales empezaron a ondear orgullosas en no pocos balcones y terrazas, rompiendo la siniestra monotonía de esteladas amenazantes y cartelitos conminatorios al estilo del Gran Hermano de Orwell. La gente perdió, perdimos, el miedo. Y los universitarios se plantaron en esas universidades de la intimidación radical y la vergüenza de sus rectores, así como surgieron infinidad de asociaciones en todos los ámbitos profesionales para frenar la sinrazón separatista. Abogados, médicos, periodistas, empresarios, no hubo sector social que no alzase la voz para oponerse al proyecto totalitario de una Cataluña dividida fatalmente entre los lazis y el resto.

Este año la manifestación en conmemoración de la fiesta nacional ha sido eso, una fiesta, con más de un centenar de entidades apoyándola, con miles de ciudadanos en las calles, sin complejos, sin falsas vergüenzas, sin miedo y, lo más importante, sin odio. Con ausencias políticas, claro, porque no estaban ni se les esperaban los socialistas y sus amiguitos podemitas. Tienen algo en común con el separatismo, y es su rechazo ante todo lo que sea España, el Rey, la Constitución. Unos, porque quisieran un régimen bolivariano, es decir, una dictadura comunista; otros porque quieren tener un Reich catalán que dure mil años; los que quedan, porque no saben qué quieren, salvo mandar y estar en los sillones oficiales todas sus vidas. Da lo mismo. Ni falta que hacían.

Lo que sucede en Cataluña sí que es una revolución, la revolución rojigualda, la que defiende el sistema que, mejor o peor, nos ha dado cuarenta años de convivencia democrática sin mediar ningún conflicto civil, lo que no es poco decir en nuestro país. Una revolución que no habla de pueblos, sino de individuos, no habla de mandatos, sino de leyes, no habla solo de derechos, sino también de obligaciones. Una revolución que no nos divide por lugar de nacimiento o por la lengua que hablamos, porque todos formamos parte de la misma nación y disponemos de un mismo idioma para entendernos.

Lo que sucede en Cataluña sí que es una revolución, la revolución rojigualda, la que defiende el sistema que, mejor o peor, nos ha dado cuarenta años de convivencia democrática sin mediar ningún conflicto civil

Esa revolución no la pueden frenar ni los CDR, a pesar de que intentaron reventar la manifestación de ayer, ni los partidos separatistas, que ya no disponen de mayoría propia en el parlament y han de ir a lamerles las sandalias sudadas a los podemitas, ni la frenan Puigdemont desde Waterloo o Torra desde el Palau. Porque la mayoría de gente en mi tierra lo que quiere es vivir en paz, tener un trabajo digno, que se respeten las leyes y poder ofrecerles un futuro a sus hijos. El resto, collonades, como diría Josep Pla.

Como ni podemitas ni sociatas ni separatistas están en condiciones de prometer nada que no sea zozobra, inseguridad, miseria y trapicheos, la gente ha reaccionado. Sin el separatismo, a buen seguro que muchos de ellos no habrían caído jamás en la cuenta de que son españoles y de lo que significa eso. Nunca hubieran reflexionado respecto a lo que es un estado de derecho, un sistema democrático, una escuela que no adoctrine, unos medios públicos que no mientan al servicio de los políticos o un gobierno que solo se sirve a sí mismo.

Gracias, separatistas. Sin vosotros, nada de esto hubiese sido posible. Sin vuestras acciones, sin vuestros desvaríos, sin vuestra felonía contumaz, a nadie se le ocurriría colgar una humilde bandera de España en su ventana, llevar una pegatina con la misma en su carpeta o en el casco de motociclista o posicionarse públicamente contra vuestro comportamiento fascista, retirando lazos y esteladas.

En serio, gracias, muchas gracias.



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