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Rubén Arranz

Opinión

Dani Mateo y la sátira estúpida

Dani Mateo
Dani Mateo Roberto Garver - Atresmedia

Hay un humorista de La Sexta llamado Dani Mateo que ha escandalizado al personal por sonarse la nariz en un plató de televisión con la rojigualda. Este colaborador de El Intermedio -el programa de El Gran Wyoming- afirma que con la citada astracanada quiso demostrar que, en tiempos revueltos, las banderas adquieren más importancia que las personas, lo cual resulta peligroso, pues -a su juicio- no dejan de ser meros trapos cargados de simbología. Quizá exigir coherencia a alguien en este país sea mucho pedir, visto el panorama, pero no conviene olvidar que fue el propio Mateo quien criticó el pasado agosto a quienes se empeñan en retirar de las calles de Cataluña otros objetos que, al igual que la enseña nacional, también son de tela. "Quitar lazos amarillos es una buena manera de solucionar nada en absoluto", expresó.

Ocurre que la equidistancia resulta una postura incómoda, en especial, cuando es impostada o cuando responde a razones comerciales, como ocurre en el caso de algunos insignes periodistas y humoristas patrios. Desconozco cuál es el caso de Mateo, pero convendría que quien se dedique a transgredir tuviera claro que no se puede exigir a los demás que tengan la piel gruesa, mientras uno mismo la tiene de capa fina. Existen situaciones en las que no se puede pretender jugar con ventaja.

También habría que preguntarse hasta qué punto puede encuadrarse dentro del terreno de la sátira -y no de la provocación macarra- el hecho de restregar la nariz contra una bandera en la televisión. ¿De veras era la mejor manera que tenía Mateo para demostrar -como dice- que el nacionalismo tiende a ser excluyente en tiempos de dificultad? ¿O su acción estaba cargada de ideología, como la de aquellos que pitan el himno de España en el fútbol, centrándose en lo que su dogmatismo considera que representa, y no en todos a quienes representa? Desde luego, se me ocurren algunos ejemplos más certeros y contemporáneos para advertir de los peligros de determinadas formas de patriotismo excluyentes. Puede encontrarlos en el Parlament.

El doble rasero

Son estos tiempos complejos para la libertad de expresión, en los que el puritanismo de lo políticamente correcto ha levantado poco a poco fronteras cada vez más altas. Al otro lado de esas barreras, ha quedado una amplia extensión de tierra yerma de la que ni siquiera se puede hablar, a riesgo de terminar proscrito. No hace mucho, el cómico Rober Bodegas osó mentar determinadas costumbres de los gitanos en uno de sus monólogos. "Me han echado hasta maldiciones", dijo tras comprobar que fue sometido a una aberrante cacería en las redes sociales por parte de la policía de las buenas formas, que es especialmente puntillosa con cualquier chiste que verse sobre las minorías blindadas.

En una entrevista que concedió después a El Mundo, dijo una frase muy esclarecedora al respecto: "Un tío de derechas censura que te metas con Dios o con Franco. El resto le da igual. El de izquierdas se ofende con todo lo demás". Hace no mucho, un tipo llamado Hari Kondabolu grabó un documental en el que denunciaba que un personaje indio de la serie Los Simpsons fomentaba los estereotipos con los inmigrantes de este país. Por esta razón, quiere que lo eliminen del guión. Y en este país hay cantantes procesados y condenados por escribir mamarrachadas contra el sistema y contra el rey; o por realizar apología del terrorismo en sus canciones. El asunto no hay por dónde cogerlo, pues supone dar importancia y visibilidad a ocurrencias que, sin la acción represora, no llegarían al gran público. Ni supondrían un mayor riesgo para el Estado.

Sería un error organizar monterías para cazar humoristas o llevarse las manos a la cabeza por un exabrupto o un número de mal gusto. Pero sí que conviene señalar el sectarismo de unos cuantos afamados sátiros que son tan incisivos con lo español como quisquillosos con lo suyo. Los hay, como Dani Mateo o Andreu Buenafuente, que varían el tono y pasan de hablar en clave de humor a expresarse en términos de tragedia sólo cuando les conviene. Con ello, sitúan los problemas del país en un plano menos importante que los de su terruño. En este caso, Cataluña.

No creo que haya que censurar ninguna opinión, siempre que se presente con respeto (lo que no se ha hecho en el caso de la bandera), pero conviene ser coherente con lo que uno hace y evitar las dobleces si no quiere caer en el fariseísmo.

No creo que haya que censurar ninguna opinión, siempre que se presente con respeto (lo que no se ha hecho en el caso de la bandera), pero conviene ser coherente con lo que uno hace y evitar las dobleces si no quiere caer en el fariseísmo. ¿En qué quedamos? ¿Hacemos comedia o política? Por otra parte, llama la atención la actitud de algunos, que ponen la mordaza a lo políticamente incorrecto, pero son especialmente animosos cuando se trata de ofender lo que no les representa.

Es sectarismo

La manga suele ser más ancha en determinadas personas y colectividades cuando se trata de tolerar los ataques a España. No hace tampoco mucho tiempo que una escritora catalana llamada Empar Molinerquemó un ejemplar de la Constitución Española en un plató de TV3. El Consejo Audiovisual de Cataluña se negó siquiera a censurar la acción, al considerar que la autora había hecho uso de la libertad de expresión. Esta actitud sale rentable en la televisión pública catalana, como se demuestra en que la productora de Toni Soler, el creador del programa Polònia, reconocido independentista y especialmente vehemente en los ataques hacia España en su programa, ha ingresado 67 millones de euros desde el inicio del proceso soberanista. Si cambiara su actitud y comenzara a atacar con la misma vehemencia -en clave de humor- a los líderes independentistas, ¿creen que facturaría el mismo dinero? ¿Y creen que gozaría de las simpatías de las parroquias de ERC y el PdeCat?

Se ha quejado muchas veces Podemos, y con razón, de que algunos de los corruptos que con más ligereza han malversado dinero público no perdían ocasión para enseñar la rojigualda y ensalzar los valores de la patria. Eso sí, visto lo visto, adoptar la actitud contraria también se ha convertido en un buen negocio para unos cuantos.

Convendría desterrar el sectarismo a la hora de reaccionar ante el humor, pero también reconocer que hay un cierto tipo de humor que es sectario, al igual que ocurre con el periodismo o el arte.

Convendría desterrar el sectarismo a la hora de reaccionar ante el humor, pero también reconocer que hay un cierto tipo de humor que es sectario, al igual que ocurre con el periodismo o el arte. También hay que tener claro que los cómicos dejan de tener gracia cuando caen en lo obvio, en lo fácil o en lo dogmático.

No hay que olvidar que el poder siempre ha sido objeto de crítica por parte de los cómicos, como debe ser. En las publicaciones satíricas abundan ejemplos de políticos de nariz larga, obispos de amplia barriga y empresarios con traje negro, sombrero y cadenas asomando en una maleta. El problema se presenta cuando la práctica totalidad de las denuncias se realizan en un sólo sentido. O cuando los gags apestan a propaganda o a ofensa gratuita y vacía de contenido. Cuando esa actitud se intenta ocultar bajo una falsa equidistancia por razones comerciales -particulares o de la cadena de televisión- el daño es doble, porque se juega a engañar a la audiencia. Y eso, de toda la vida, se ha considerado como manipulación.

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