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Agustín Valladolid

Opinión

Covid-19, el 'procés' español

Esta actitud de abierta confrontación política nos conduce, como ya ocurre en Cataluña, a una España partida en dos y con capacidad reducida para afrontar el inclemente futuro que nos espera

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el líder del Partido Popular, Pablo Casado, en el Congreso.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el líder del Partido Popular, Pablo Casado, en el Congreso. Eduardo Parra/EP

El resultado más patente de la insensata aventura llamada procés ha sido el de la mutación de una sociedad razonablemente armónica, emprendedora y creativa, en otra muy distinta caracterizada por la confrontación y la apatía hacia todo aquello que no formara parte del catecismo nacionalista. El procés abrió heridas que tardarán mucho en curar, si es que alguna vez se curan, y en lugar de convocar a la sociedad catalana a la renovación de un proyecto común, provocó una fractura cuya profundidad aún no hemos sido capaces de evaluar en toda su dimensión.

Ciertamente, y más allá del impacto económico del coronavirus, los efectos sociales y políticos de la pandemia están lejos de parecerse a los ocasionados por la estrafalaria locura independentista. Todavía. No perdamos la esperanza. A poco que perseveremos en esa vocación autodestructiva, tan nuestra, a la que periódicamente nos convoca el destino -por lo general coincidiendo con generaciones de políticos mediocres-, seguro que encontramos la manera de autoinfligirnos un castigo muy superior al anunciado.

“Me gustaría pensar que todos vamos a aprender de esta crisis (…) que se verán fortalecidos los valores de la solidaridad y la fraternidad”. Encomiable anhelo el expresado en El País por Miquel Iceta. Encomiable, pero de imposible desempeño si la estrategia elegida se basa justamente en lo contrario: en el intento nada sutil de desacreditar la crítica legítima; en la nula disposición a pactar con el resto de actores políticos las condiciones de la excepcionalidad y las herramientas para abordar la reconstrucción, salvo que no haya otra opción, como acabamos de constatar; en la ideologización de la pandemia; en el grosero intento de endosarle a una oposición ninguneada la responsabilidad de una catástrofe aún mayor; en dividir.

El desatino mayor de Sánchez es el de haber construido su trinchera para defenderse de las críticas alimentando esa perversa realidad de las dos Españas

El mayor de los desatinos cometidos por Pedro Sánchez nada tiene que ver con la cadena de errores acumulados durante la gestión de la crisis (me alineo sin mayor dificultad con las opiniones benévolas que justifican determinados desaciertos en lo imprevisto y oscuro de la pandemia); la negligencia mayor es la de haber construido de nuevo su defensa alimentando esa perversa realidad de las dos Españas. Aplausos contra caceroladas. Alarma o caos. A lomos del extraordinario margen de maniobra que le concedía el estado de alarma, el jefe de Gobierno, con su poder robustecido como si de un presidente transitorio de la república se tratara, diseñó con el que es de facto su primer ministro un plan para rentabilizar personalmente un drama muy necesitado de héroes salvapatrias, y cuyo guion obviamente excluía la corresponsabilidad como aconsejable metodología de trabajo.

O estás con Sánchez o eres un facha

El emperador decidió entonces dejar fuera de la toma de decisiones a todos aquellos que no formaran parte de su equipo. Incluso lo intentó con Unidas Podemos. Pero Pablo Iglesias no tragó. Sí tragó el PSOE, porque el PSOE hace tiempo que dejó de ser un partido para convertirse en una mera sucursal de La Moncloa. La PSOE. Tampoco Partido Popular ni Ciudadanos ni los socios hasta ahora preferentes, Esquerra y PNV, fueron requeridos para aportar sus ideas u objeciones a la hoja de ruta del Ejecutivo. Parapetado tras jefes y oficiales de uniforme, apoyada su estrategia de comunicación en un lenguaje militarizado de inspiradora inclinación hacia la obediencia inobjetable, Napoleoncito remató la faena comprando voluntades mediáticas y afinando el relato de modo y manera que todo aquel espíritu crítico que osara cuestionar sus decisiones fuera declarado por las huestes tuiteras colaborador necesario de la derecha.

En ese elaborado contexto, y dentro del penúltimo capítulo de la puesta en escena del libreto, la consigna es que todo aquel que no haya apoyado la prórroga del estado de alarma es un irresponsable que le hace el juego a una derecha que solo busca el caos. Sin matices. Sin grises. Sin la menor posibilidad de debatir con normalidad otras opciones que, al modo sueco, por poner un modelo alternativo aparentemente exitoso, reintegren a los ciudadanos el pleno uso de sus derechos fundamentales sin incrementar el riesgo sanitario. No. O se está con Sánchez o se es un golpista cuya única pretensión es reactivar la pandemia para que el miedo acabe destruyendo al gobierno progresista y aupando al poder a la derecha. Así las cosas, del gran acuerdo nacional que reclaman los ciudadanos mejor ni hablamos.

A poco que perseveremos en nuestra vocación autodestructiva, seguro que encontramos la manera de autoinfligirnos un castigo muy superior al anunciado

Llegados a este punto, permítanme un cándido ejercicio de política ficción. ¿Alguien con algún conocimiento de lo que ha sido y es la política española tiene alguna duda de que esta crítica situación habría sido gestionada de forma mucho más proclive al diálogo y al entendimiento con, por ejemplo, Ramón Jáuregui o Eduardo Madina al frente del Gobierno? ¿Alguien cree que cualquiera de los citados daría la menor oportunidad a la política de confrontación entre españoles? ¿Alguien piensa que Jáuregui o Madina iban a despreciar la posibilidad de construir una amplia mayoría parlamentaria para, entre otras cosas, abordar una de nuestras más urgentes prioridades, que es acudir a Bruselas con legitimidad reforzada, evitar el rescate y negociar unas condiciones de financiación asumibles?

El Gobierno puede tener razón. Puede que haya sido razonable, incluso imprescindible, ampliar a un nuevo tramo el estado de alarma. No lo sé. No tengo la información necesaria para inclinarme por una u otra opción. En este terreno me fío de los científicos; no me cuesta el menor trabajo huir de cualquier consideración política y aceptar las recomendaciones de los expertos. Lo que sí sé es que el debate previo es necesario y la amenaza no es admisible. Sí sé que la política que en estas circunstancias de extrema gravedad no busque el consenso es un desastre para el país. Sí sé que, de no mediar rectificación, esta actitud solo nos conduce a una España enfrentada, partida en dos como Cataluña, debilitada y sin los instrumentos necesarios para afrontar el inclemente futuro que nos espera con un mínimo de esperanza.

Casado y Arrimadas

¿Y de Casadoqué? Poco que añadir a lo apuntado aquí la pasada semana. Un brillante orador y un mediano estratega. Condicionado por la brutal retórica y la agresiva iniciativa mediática de un Vox al que insiste en incorporar a su proyecto, y que está cómodamente situado en su zona de confort, el líder del Partido Popular, teniendo en muchas ocasiones la razón de su parte, se ha demostrado incapaz de construir un plan alternativo, a pesar del enorme espacio que le ha dejado para la iniciativa la contumaz torpeza del Gobierno; de imaginar un golpe de efecto que al menos pusiera en evidencia la sistemática negativa de Sánchez a sentarse a negociar un gran pacto nacional, el único camino que nos permitiría transitar con cierta serenidad por el feroz invierno de la terrible crisis que nos aguarda.

Y por si fuera poco, a Casado le ha dejado aún más descolocado el último movimiento de Inés Arrimadas, quien además de hacer una demostración de ese plus de pragmatismo que se atribuye con toda razón a las mujeres con responsabilidades públicas, ha vuelto a situar a Ciudadanos en el primer plano de la política. Con 10 diputados Arrimadas ya ha hecho más que Albert Rivera con 57. Para empezar, colocar en una incómoda situación a Unidas Podemos, que, si la lógica se impone, acabará siendo la pieza sobrante del puzle que habrá de conformarse para conseguir la bendición de la Unión Europea a los planes de reconstrucción.

Nada puede reprochársele a Arrimadas, que probablemente aprovecha la que puede ser su última oportunidad y, en contra de lo que le achacan sus críticos, logra en un solo golpe, con un discurso inteligente que sitúa por delante el interés general, visualizar la utilidad del voto a un partido bisagra, en contraste con la impericia negociadora demostrada por los dos grandes partidos. Y lo que para Ciudadanos es sin duda muy relevante: al reabrir un hueco entre PSOE y PP, Arrimadas saca a Cs de la UCI y lo lleva a planta, y da una nueva oportunidad a la formación que precisamente nació para acabar con el desmesurado peso de los nacionalismos en la gobernación del país y acabar con la desoladora política de bloques, disgregadora y autodestructiva, en la que llevamos demasiado tiempo instalados.

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