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Eloy Suárez

Opinión

Congreso, servicio esencial

Ha sido la mayoría del Congreso la que ha impuesto un cepo al resto de la cámara para impedirse a sí misma controlar e impulsar al Gobierno

Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados durante el estado de alarma.
Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados durante el estado de alarma.

Leo estos días de insomnio Sobre la tiranía, de Timothy Sneider: “El error consiste en presuponer que los gobernantes que han accedido al poder mediante las instituciones no puedan modificar o destruir esas instituciones“. Y advierto que, desde hace días, el Congreso de los Diputados ha sido secuestrado por el propio Congreso de los Diputados. O más concretamente, por la mayoría que sostiene al Gobierno en el Congreso de los Diputados.

La razón se puede encontrar en el comportamiento del Gobierno de la nación en la aplicación del estado de alarma. Lo menos importante al final de esta gravísima crisis sanitaria-económica, va a resultar que se hayan conocido detalles concretos sobre las deliberaciones del Consejo de Ministros o que el Gobierno haya perdido su carácter colegiado para convertirse en dos facciones que tratan de imponer criterios la una sobre la otra en función de su propia supervivencia política. Y es que ese comportamiento del Ejecutivo supone, en opinión de prestigiosos catedráticos, una clara superación del estado de alarma encontrándonos en una suerte de estado de excepción de facto por la limitación que se ha decretado de los derechos de los ciudadanos. 

El presidente del Gobierno, que insiste contumazmente en no defraudar, sigue demostrando su escaso recorrido político y su incapacidad para afrontar, más allá del relato infantil y fantasioso que le imponen sus asesores, no solo esta crisis sanitaria, sino la gobernanza cotidiana de la Nación.

La acción errática del Ejecutivo, su incapacidad y su falta de liderazgo, están siendo apuntaladas por la mayoría del Congreso de los Diputados que le eligió y le sostiene como presidente. Esta mayoría ha impuesto la ley del silencio a todos los grupos parlamentarios. Ley del silencio inspirada en la misma distorsión democrática que aplica el Gobierno a los medios de comunicación, a quienes se ha impedido preguntar con libertad aquellos asuntos de interés para los ciudadanos. 

La Mesa del Congreso, presidida por una profesora de Derecho Constitucional que ahora no parece recordar lo que enseñaba a sus alumnos, aplicó con un innegable interés político y superando el espíritu constitucional de la propia existencia del Congreso, el artículo 31 del reglamento, a pesar de la protesta de algunos grupos de la oposición, por lo menos la del Grupo Parlamentario Popular. Es por ello por lo que se puede decir que, en realidad, ha sido la mayoría del Congreso la que ha impuesto un cepo al resto de la cámara para impedirse a sí misma controlar e impulsar al Gobierno en esta situación que es, con toda seguridad, el momento en el que el Gobierno necesita mayor impulso y un mayor control desde hace décadas. 

La excusa ofrecida por esa mayoría de la Mesa que ha decidido secuestrarse a sí misma y a todos los que componen el Congreso de los Diputados han sido el peligro de contagio y el confinamiento. Excusa de poco valor y de gran riesgo de cara al futuro, porque muchos pueden pensar que el Congreso de los Diputados es una simple oficina que puede dejar de funcionar como cualquier otra empresa afectada por el Estado de Alarma. Todo esto, nos lleva de nuevo a Sneider: “Se aprovecharon de un momento histórico para hacerles la vida imposible a sus adversarios…". Y continúa :“La democracia debe ser defendida de quienes pudieran aprovecharse de sus libertades para provocar su final“.

 Los ciudadanos no entienden por qué Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, y otros miembros de este Gobierno bicéfalo se pueden saltar la cuarentena para dar un mitin semanal desde la Moncloa o desde una fábrica de respiradores mientras ellos permanecen en sus casas confinados. Y tampoco entienden por qué sus representantes -los diputados- no pueden preguntarle al Gobierno los motivos de por qué no actuaron teniendo información que alertaba de la pandemia, por qué no compraron material, por qué no hacía falta ponerse mascarilla y hoy sí, cómo se cuentan los contagiados y los fallecidos o quién fue el intermediario en la estafa de los test fallidos. Y tampoco entienden por qué a los autónomos se les ha castigado cobrándoles la cuota de marzo, por qué no se retrasa la declaración de la renta o por qué el Gobierno no está dispuesto a escuchar, con luz y taquígrafos, soluciones alternativas que le provocarían sonrojo por su obviedad.

La España de los balcones está muy bien. Es muy reconfortante y demuestra cómo somos. Pero los secuestradores del Congreso deberían recordar que los que salen al balcón, los que se encuentran afectados o ven morir a sus familiares en la más triste soledad, han cedido una parte de su libertad para que los diputados les representemos. Como dice Sneider, “si nadie está dispuesto a morir por la libertad, todos moriremos bajo la tiranía”. Porque para defender esa libertad, debemos hacernos merecedores de su respeto. Y hoy, la libertad está secuestrada por muchos de aquellos que prometieron defenderla.

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