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Miguel Ángel González

Opinión

Complicidad mediática

La asunción de las marcas de grupos radicales o terroristas, y su aceptación para abreviar titulares, es una grave responsabilidad de la prensa

Manifestacion convocada en protesta por la encarcelación esta mañana de varios integrantes de los CDR.
Manifestacion convocada en protesta por la encarcelación esta mañana de varios integrantes de los CDR. EFE

Para hacerse un nombre hay que tener un acrónimo, unas siglas, una marca. Dicen que hasta fuck, una de las palabras más pronunciadas en el mundo, es un acrónimo. Se necesitaba el permiso del rey para engendrar. Tiene pinta de etimología isidoriana, pero viene bien para ilustrar la dependencia acrónima de nuestro tiempo. Una empresa, un periódico, un deportista debe forjarse unas siglas para hacerse popular. Y la popularidad, hoy vía social media, es la meta de cualquiera. Así que la ecuación resulta evidente: si quieres que hablen de ti, si quieres que te tomen en serio, si quieres que te nombren, necesitas tener un acrónimo (el nick es cosa ya de poco) o, mejor aún, formar parte de un grupo amparado en un acrónimo. Da mucho calorcito y te asegura una identidad. El calorcito de la identidad colectiva.

Quienes deciden ponerse fuera de la ley saben que un acrónimo, unas siglas, una marca es un salvoconducto de respetabilidad. Imagínense un momento a los terroristas islamistas discutiendo qué nombre ponerse y cómo empezar a llamarse a partir de entonces. Un Islamic state, un IS. Piensen, ya en casa, en los vascos de aquellos tiempos, entre comida, vino y tabaco, a la caza de un acrónimo ideal para empezar a poner pancartas, timbrar papeles y reivindicar asesinatos. Y salió la ETA. De éxito rotundo, por cierto. Todos estos grupos se bautizan ellos solos y consiguen sin demasiada dificultad que la sociedad los llame como ellos quieren. Con el nombre se crean una realidad y, de pronto, empiezan a existir. Empiezan a existir como identidad colectiva, de forma que sus miembros no asumen responsabilidades individuales. La asunción de las marcas terroristas y su aceptación para abreviar titulares es una grave responsabilidad de la prensa. Decir ETA en vez de terroristas independentistas vascos (o algo así, en su cruda objetividad) es la primera batalla que en su día ganaron. 

La prensa no tendría que usar nunca CDR, sino  limitarse a dar las noticias que provocan estos escuadrones a sueldo

Y la están ganando ahora, para nuestra terca desgracia, esos grupos de individuos que con violencia ilegal, pero al amparo del gobierno regional, tratan de imponer en las calles catalanas su ideario independentista. La están ganando porque se reunieron en sus reuniones emocionantes y patrióticas y decidieron llamarse, qué bien suena, joder, decidieron llamarse CDR. Comités de Defensa de la República. Pomposo y bananero, pero les gustaba. Cortaron unas carreteras, prendieron unas hogueras, cristales rotos, alguna hostia. Pero firmaban CDR. Ya tenemos una identidad colectiva que ahora, además, sobrepasa cualquier sesgo ideológico y trabaja a una con el gobierno para la independencia de Cataluña. Como los comités cubanos, pero sin revolución. O con una revolución chiquita y burguesa, de disfraz indi y papis con pasta. Y con esa huella, quizá fortuita, de los comités humeantes de cuando aquella República quería cada dos meses hacer de España borrón y cuenta nueva. Son españolazos hasta para eso. Y hasta apostaría uno que cuando se reunieron para buscar marca discutieron en español. Como parece que hacen también para ligar.

La prensa es responsable de aceptar esos nombres. Los periodistas tienden a menudo a la pereza: si constatar hechos cuesta trabajo, el atajo del acrónimo para una nueva banda viene al pelo. Si ellos se llaman así, pues ya está, hombre, qué más quieres. La prensa es responsable de facilitar las pretensiones de una banda de individuos ajenos a la ley: con el uso de sus siglas aceptan la existencia de su identidad colectiva, y ese reconocimiento existencial es publicidad gratis. La prensa suele dar mucha publicidad gratuita a delincuentes amparados en grupos, porque tras el bichito eufemístico de la noticia sacan sus pasquines absurdos, sus reclamaciones y toda esa literatura que supura la barahúnda. La prensa no tendría que usar nunca CDR porque eso no significa nada ni nombra nada. La prensa tendría que limitarse a dar las noticias que provocan estos escuadrones a sueldo (sus hechos delictivos) y sacar la identidad real de los individuos responsables (solo los individuos son responsables, pero aquí el pleonasmo no sobra) en titulares, ahora sí, elocuentes e informativos. Una filtración de antigua usanza: el periodista que se hace pasar y publica con objetividad el funcionamiento de estos grupos, los nombres de sus dirigentes, sus posibles conexiones con políticos gobernantes, su funcionamiento interno (comités, reuniones, adrenalina), la extracción social (no sé si este sintagma sigue usándose) de sus bases y todo lo que puede justificar una información en torno a tales excrecencias. Las mayúsculas CDR dan en la vena del gusto. Y los media tienen en ello mucho de complicidad imprudente.



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