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Antonio San José

Opinión

Cifuentes salva los muebles, pero no apaga el incendio

En el caso del máster de la Universidad Rey Juan Carlos, la habitual agudeza de Cifuentes se ha trasmutado en una atolondrada sucesión de explicaciones nada convincentes

Le tenían ganas, muchas ganas. Ya decía Giulio Andreotti que en la vida hay “enemigos, enemigos a muerte y compañeros de partido”. La satisfacción por el caso del máster no se ha disimulado mucho en determinadas instancias populares, donde se han producido silencios ominosos. Para los menos partidarios, Cristina Cifuentes, es una persona autosuficiente, escasamente solidaria con el partido, con agenda propia y poseedora de una ambición tan legítima como desmedida. De hecho, en algunos sectores se la conoce como “la ambición rubia” remedando la leyenda que siempre ha acompañado a la cantante Madonna.

Su impecable e implacable actuación en contra de las corrientes de corrupción en el partido le ha granjeado enemistades poderosas que le han hecho pagar muy cara su posición de tolerancia cero con las irregularidades, los apaños y las componendas. De una manera miserable, Francisco Granados sacó a relucir aspectos de su intimidad sentimental que, de ser ciertas, sólo le interesan a ella y a su familia. En política, ya se sabe, vale todo y los adversarios no se paran en barras a la hora de utilizar munición de grueso calibre sin reparar en las consecuencias personales. O quizá por eso la utilizan.

El rector de la Rey Juan Carlos, Javier  Ramos, está decidido a llegar hasta el final de este asunto, caiga quien caiga, aunque el caído sea él mismo

Aquello fue un primer aviso. El segundo, nada inocente, ha sido el caso del máster en la Universidad Rey Juan Carlos, un asunto misterioso ante el que la habitual agudeza de Cifuentes se ha trasmutado en una atolondrada sucesión de explicaciones nada convincentes, pretextando mudanzas y un trabajo final que no aparece por ningún lado. Así las cosas, las sospechas no necesitan ser alimentadas porque se alimentan solas. La afectada dice haber realizado todos los exámenes y haber entregado un TFM (Trabajo de Fin de Máster) que se supone extraviado en un cambio de domicilio, pero no consta que la Universidad lo tenga en su poder ni esté archivado en parte alguna. Es verdad que la legislación universitaria obliga a los profesores a custodiar las pruebas de evaluación por espacio de cinco años, y ese periodo de tiempo ha expirado, pero al mismo tiempo resulta cuando menos extraño que nadie, ni siquiera ella, tenga constancia de los folios escritos en su día por la hoy presidenta madrileña en formato físico o informático.

De momento hay que ceñirse a los hechos. Uno de ellos es la comparecencia en la Asamblea de la comunidad, una sesión plena de autosuficiencia que no sirvió precisamente para despejar dudas, y en la que el trato de favor del que se benefició quedó sobradamente acreditado. Otro hecho es el proceso de investigación abierto por el propio Rector de la Rey Juan Carlos, Javier  Ramos, quien se ha puesto al frente de la misma y está decidido a llegar hasta el final caiga quien caiga, aunque el caído sea él mismo.

Este ingeniero de “teleco”, que se ha visto sorprendido por un episodio muy lejano en el tiempo a su llegada al puesto de responsabilidad que ostenta, es muy consciente de que su credibilidad y su prestigio académico dependen de que al final del proceso, que ha encomendado a una inspectora estrictamente profesional, y para el que ha solicitado la observación externa de la CRUE, pueda exponer unas conclusiones creíbles e inapelables. La Conferencia de Rectores, ante el cariz del caso, ha decidido curarse en salud y nombrar a dos personas para realizar esa labor de supervisión independiente. Pronto puede haber noticias.

Por si acaso, y ante lo que pueda ocurrir, ya existen nombres alternativos en el banquillo. Pablo Casado, en principio previsto para el Ayuntamiento, es uno, pero hay más

Al final de ese camino quedará claro si Cifuentes dice la verdad o ha realizado un relato alternativo cercano a la posverdad y, en consecuencia, ha mentido. En ese caso, su carrera política estará amortizada y su dimisión resultará inevitable. De momento, a fecha de hoy, nadie en el PP se atreve a asegurar categóricamente que Cifuentes será la candidata para las elecciones autonómicas de 2019. En la calle Génova todo se fía al cierre venturoso de la investigación oficial. Algo que hace unas semanas estaba tan claro como el agua, es hoy una hipótesis condicionada a que no exista una mácula de sospecha. Sobrevolando las instancias populares aparece el episodio protagonizado por el exministro José Manuel Soria, quien después de varios días de agonía política pretextando excusas inconexas, se vio obligado a dimitir cinco minutos antes de ser destituido a consecuencia de su empresa familiar  offshore en Panamá.

Por si acaso, y ante lo que pueda ocurrir, ya existen nombres alternativos en el banquillo. Pablo Casado, en principio previsto para el Ayuntamiento, es uno, pero hay más. Cristina Cifuentes conoce lo que es pasar del cielo al purgatorio en pocas fechas y se debate entre el futuro que cuidadosamente había diseñado, con alguna veleidad sucesoria, o la muerte política. Una posibilidad, esta última, que está siendo acariciada por aquellos que se sintieron traicionados por una política de fino olfato que hizo la limpieza que debía en su partido y a la que una errática actuación, sin aportar las pruebas concluyentes de su máster exigidas por la oposición, puede arrojarla al averno que habitan aquellos personajes públicos que un día se convirtieron en fantasmas sin que nadie los echara en falta.



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