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Juan Laborda

Opinión

Chile, el principio del fin del neoliberalismo

Carabineros y manifestantes enfrentándose este jueves en Santiago de Chile.
Carabineros y manifestantes enfrentándose este jueves en Santiago de Chile. EFE/Fernando Bizerra Jr.

El oasis, el modelo, el ejemplo, el milagro… Eso era Chile, eso era lo que los medios de comunicación adláteres nos vendían. ¡Humo, puro humo! Del oasis a la violencia de Estado, sin fase de transición. De nuevo el ejército chileno y los carabineros disparando a matar a sus conciudadanos. Permítanme una licencia, el uso de una acepción de una palabra de mi tierra, maña obviamente, jodo. ¡Jodo, qué liberales! Vuelta al pinochetismo, pura distopía. Del presidente actual, mejor no mentar la bicha, no merece siquiera mencionar su nombre. Y todo se remonta a ese fatídico día, 11 de septiembre de 1973, cuando unos cobardes se levantaron en armas contra el gobierno elegido democráticamente, el gobierno de un hombre bueno, Salvador Allende, que murió con las botas puestas. Quisieron acabar con la vía del socialismo democrático -no confundir con la socialdemocracia-. Para ello contaron con la participación de los Estados Unidos, el proyecto Fubelt o Track II, de la mano de un individuo tóxico, Henry Kissinger. Por cierto, ahora que se las arreglen con el socialismo chino, que ellos mismos, guiados por un profundo egoísmo y cierto aire de superioridad, ayudaron a engendrar. Enfrente tenían a un hombre menudo, pero cien mil veces más inteligente que todos ellos juntos. Me refiero a Deng Xiaoping. 

Asesinado Salvador Allende, de manos de unos traidores y cobardes, había que dar una lección al resto del mundo. ¿Cómo? Cimentando y loando una distopía, la neoliberal, mediante la Teoría del Shock. Por que Chile es sin duda el ejemplo que siempre ponen encima de la mesa todos los gurús y economistas asentados en fundaciones, regadas generosamente con dinero privado, destinadas a pregonar las bondades de un sistema de gobernanza, a fecha de hoy roto, llamado neoliberalismo. En el país andino, se sintetiza en una idea básica, privatizar todo o casi todo –luego veremos, sorpresas de la vida, que no todo-, desde la educación, pasando por los  sistemas de pensiones, la sanidad, terminando en aquellas facetas que afectan a la vida diaria de los ciudadanos. En nombre de la eficacia. Falso: en nombre de un proceso de acumulación de rentas y riqueza, de un neo-feudalismo. En estos modelos, el papel del Estado se reduce a la Policía, el Ejército, una Justicia, todos ellos destinados a mantener la propiedad privada de los de arriba, de la 'superclase'.

¿Y saben ustedes que ha generado este sistema? ¿Qué es Chile en realidad? Son casi 40 años de recortes en todo, salud, pensiones, educación, aderezadas con aumentos continuados en los precios de la luz, gasolina, alimentos, vivienda… La mezcla es explosiva. Siendo Chile uno de los países de mayor renta per cápita de América Latina, sus salarios son míseros, como los de Paraguay; sus precios equiparables a los de nuestro país; y la desigualdad, una de las mayores del mundo. El 40% de los ingresos va a parar al 1% más rico, cuyo tratamiento fiscal además es muy favorable.  Pero cuando la mayoría de la ciudadanía ya no tiene nada que perder, y, sobretodo, cuando se ríen en su cara, estalla la revuelta. Del oasis a la “guerra”.

Chile y el Neoliberalismo: desmontando sus bases teóricas

La lección que debemos aprender de Chile es que la evidencia se amontona contra las bases teóricas del neoliberalismo, contra esa farsa llamada Chile. De todo ello ya hemos hablado ad infinitum desde estas líneas. Urge cortar por lo sano, desmontar y acabar con todas y cada una de las teorías y estructuras que, además de aumentar la ineficiencia de la economía, han generado la mayor acumulación y concentración de riqueza de la historia reciente. Si no se hace, se pondrá de manifiesto que el problema de fondo no es la incompetencia económica, que también. ¡No!. El dilema es otro, perpetuar un neo-feudalismo, basado en el instinto de clase, donde los poderosos amasan su riqueza porque, según ellos, se lo merecen. Y no quieren ceder un ápice de su posición actual.

Tras la Gran Depresión tuvieron más suerte que nosotros ahora, porque existía un abanico amplio de economistas –Michal Kalecki, Joan Robinson, Nicholas Kaldor, Piero Sraffa, John Maynard Keynes…- que destrozaron académicamente a la ortodoxia dominante y a la alternativa monetarista, que encabezaba Friedrich Hayek. Aprovecharon su conocimiento para cambiar el rumbo de la historia. Pero de nuevo hay quien intentó reescribirla. Las ideas de Hayek fueron rescatadas del baúl de los recuerdos a mediados de los 70 por poderosas fundaciones privadas, netamente conservadoras, pero esta vez de la mano de auténticas ocurrencias. Concretamente, la “academia” que “aportaba” Milton Friedman y la escuela de Chicago, sin duda, uno de los episodios más negros de la historia de la Teoría Económica.

Debemos ser claros, tal como mantiene George Blackford, en Economists Should Stop Defending Milton Friedman’s Pseudo-science. Toda la teoría y metodología de Milton Friedman y los Chicago boys, que nutre Chile, simplemente es pseudociencia, de carácter puramente ideológico. Y eso ha sido Chile durante los últimos 40 años, una mentira ideológica. Permítanme una breve anécdota. Las fuerzas armadas chilenas no tienen pensiones privadas, sino un sistema parecido al nuestro, de reparto. Y para rematar la coherencia del sistema chileno, estas mismas fuerzas armadas reciben, sin tener que justificar nada, el 10% de los ingresos de la empresa estatal del cobre, nacionalizada en su momento por Salvador Allende, y que no se privatizó. Todo ello muy coherente, ¿verdad? Como dice un seguidor de este blog, “el neoliberalismo debe morir donde nació”.

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