Opinión

Poner al Estado contra las cuerdas o ahorcarte con ellas

La diputada de JxCat Elsa Artadi
La diputada de JxCat Elsa Artadi EFE

Andan los separatistas empecinados en querer ser más radicales que nadie. Elsa Artadi declaraba este miércoles que la estrategia era poner el Estado contra las cuerdas. Una chica bien yendo de radical.

Todos quieren chupar del bote

No sé si recordarán aquella peonza de los Juegos Reunidos Geyper. En sus lados ponía “Pon uno”, “Quita dos” o la mítica “Todos ponen”. Así sucede en la Cataluña del limbo separatista. A la hora de querer salir del embrollo en el que ellos nos han metido, todos han de poner, todos deben pagar, todos han de asumir el precio de sus acciones.

Puigdemont pretende ignorarlo, aferrándose a cualesquiera de las idioteces que se le van ocurriendo a él, a Elsa Artadi, a Eduard Pujol, recuerden, el del patinete, o a los tres que continúan dorándole la píldora. El patetismo de este hombre, su rostro crispado, su sonrisa vacía, sin nada detrás, es la estampa viva del fracaso político y personal más grande que ha conocido Cataluña a lo largo de su historia.

Es tan poco serio lo el ex President, ha derivado en algo tan ruin y miserable, que es menester haberse tragado muchas horas de TV3 y muchas páginas del diario Avui para creerse que este tipo acabará por ser President. Lo peor no es que se lo crea la señora María o el señor Pepet, convergentes de toda la vida y ahora separatistas. Estas gentes son capaces de asumir todo lo que les suelte la televisión o la radio del régimen. No, lo peor es que, entre los políticos, entre la gente que conoce la diferencia entre el delirio y la realidad, existan aún algunos que digan que Puigdemont será President sea como sea. Es peor que un error, es estupidez manifiesta y reiterada. Es, en definitiva, mala fe.

Mi tierra ha sido hasta ahora uno de esos combates de lucha libre en el que, a pesar de las caídas espectaculares y los golpes de padre y muy señor mío, todo está ensayado y fingido. Tanto los de Puigdemont como los del PDeCAT andaban a hostia limpia a ver quién se salía con la suya, si Puigdemont con sus rabietas de señorito o ellos, que lo que buscan es enviarlo a hacer puñetas de una vez; Esquerra estaba pegándose de navajazos con el cesado, con Junts pel Sí, con el PDeCAT y con las CUP; los radicales, ya saben, con su matraca de siempre, las copas vaginales, ocupar lo que pillen, poner caras terribles y luego pasarse las horas con su Tablet de última generación.

Pero ahora resulta que los golpes entre la bancada separata se han vuelto reales y percibes en sus carnes los moratones judiciales y los uppercuts legales. Poco es lo que les pasa para la barbaridad que han hecho, pero a ellos, acostumbrados a que todo sean ósculos en sus posaderas, la actual situación debe resultarles poco menos que apocalíptica. Se están matando para ver quien acaba por quedarse con el cortijo, para colocar a sus colegas, para seguir cobrando mordidas, para regatear con Madrid y sacar pasta de aquí y de allá con la que continuar con sus historias independentistas. Lo que estamos viendo es una pelea entre arrabaleras, que se tiran del moño en medio del arroyo, insultándose de manera soez, brutal, descarnada. Ya han sacado las navajas, mostrándolas con provocativa gesticulación. En pocos días veremos como la sangre política llegará al río del Parlament, rompeolas contra el que se estrellará el buen rollito entre todos.Pero, de repente, milagro de los milagros, la señora de los abrigos de mil pavos, Elsa Artadi, suelta en una entrevista-masaje en TV3 que su estrategia pasa por poner contra las cuerdas al Estado y viene a decir que les está saliendo de miedo. Cuerda, sí, pero para ahorcarse ustedes solitos.

La matanza de San Valentín

El próximo catorce de febrero, día de los enamorados, fue también la fecha elegida por los gánsteres de aquel Chicago tumultuoso y febril de los años veinte para ajustar cuentas entre ellos en un garaje. La dialéctica de la mafia no requería más que una buena Thompson y suficiente munición para atender a las víctimas.

Hay quien asegura que el próximo catorce, día arriba, día abajo, será en Cataluña el día en el que se ajustarán las cuentas entre los independentistas, no de manera física, pero sí de manera política. Son muchas las deudas acumuladas, las ofensas, los desprecios, las mentiras. Puigdemont va a tener que afrontar en la próxima semana de una vez por todas que ya no es nadie, que no pinta nada, que no podrá volver a España jamás sin tener que someterse a los jueces. Y hacer todo eso público, con luz y taquígrafos porque, si no lo dice él, lo harán otros empezando por los de su propio partido, el PDeCAT. ¿O es que quiere ocultar que al menos una buena decena de diputados de ese partido no están dispuestos a votarle como President? ¿Va a seguir manteniendo la farsa de su determinación férrea, cuando todos sabemos que está completamente abrumado por la situación? Digo más, ¿en Esquerra seguirán escondiendo la cabeza debajo del ala? ¿Alguien de ellos, por Dios, será capaz de salir a la palestra para decir con voz alta y clara lo que todos saben y dicen en privado?

Creo que no, que ya no les queda coraje ni valor para asumir su fracaso, el de una Cataluña ilusoria, infantil, arrogante, una Cataluña antipática con cara de tener mal el hígado, la Cataluña contenida y pacata que Jordi Pujol impuso. Poco o nada tiene que ver con aquella que se divertía en los locales del Paral·lel, la que leía el Papitu con fruición, riéndose a mandíbula batiente con sus salaces ocurrencias, la de la sicalipsis, las costelladas en Las Planas, la que cantaban las cupletistas con picardía, la que supo ofrecer al mundo a Dalí, Pla, Sagarra, Eugeni D’Ors, Néstor Luján, Sempronio, Rusiñol, Ramón Casas, Nonell o Mary Santpere. Esa Cataluña divertida representada por el inconmensurable José Sazatornil, “Saza”, sublime como empresario de porteros electrónicos en la película de Berlanga “La escopeta nacional”, la Cataluña que encarna Rosa María Sardá, fibra, coraje, arte, verdad. Es la de Isabel Coixet, Javier Mariscal, Vázquez Montalbán o Paco González Ledesma. La que Albert Boadella les restriega por los morros con su personaje de presidente de Tabarnia. La que Josep Borrell les planta en la cara con cifras y datos reales. Ésa Cataluña.

Han querido anularla, pero no han podido. No saben administrar la realidad, de ahí que hayan acabado estrellándose contra ella, de la misma manera que tampoco saben cómo asumir el talento de los demás, prefiriendo refugiarse en la mediocridad de sus propios acólitos. Dicen que todo obedece a una estrategia para poner al Estado contra las cuerdas. Mentira, A los que pretenden poner contra las cuerdas es al conjunto de catalanes que no estamos por la labor de seguir pagándole la fiesta al señorito. Hacen y dicen lo que sea con tal de seguir mandando porque, si les quitan el cargo ¿qué quedaría de todos ellos? ¿Qué son, si les obligamos a prescindir de sueldos públicos? Nada, no son nada, menos que nada, cero.

Esas supuestas cuerdas se trocarán en su instrumento de muerte política. Se ahorcarán en ellas, porque, al final, están hechas de palabras vacías, mendaces, perversas, sectarias. Colgarán de ellas como ejemplo de hasta dónde puede llegar una sociedad que ama el trabajo y la fiesta por igual cuando se deja convencer por un puñado de fascistas que les dora la píldora, augurándoles horizontes llenos de grandeza, de plenitud, de superioridad.

Vigile con las cuerdas, Elsa. Se vuelven lanzas cuando uno menos se lo espera.



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