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Carlos Gorostiza

Opinión

Casado no tiene prisa

Pablo Casado necesita tiempo para enfriar la irrupción de un VOX que puede convertirse en la pesadilla ideológica del PP, como lo fue Podemos para el PSOE

El presidente del PP, Pablo Casado.
El presidente del PP, Pablo Casado. EFE

Pablo Casado no quiere elecciones porque se debate entre su necesidad de ganar el tiempo que le permita consolidarse y el espanto que le causa ver cómo, mientras no las haya, PedroSánchez seguirá durmiendo un día tras otro en La Moncloa. Eso de noche, porque de día lo que hace el socialista es consolidar ante la opinión pública una imagen de presidente que hace cinco meses no podía ni soñar.

Sánchez, sin duda, está aprovechando la oportunidad para tratar de mejorar su posición electoral, pero también es innegable que el solo hecho de estar en La Moncloa da a su inquilino una gran ventaja a la hora de presentarse como un candidato creíble ante el enorme volumen de electorado que vive su vida sin angustias electorales y que no está pendiente de cada movimiento en el tablero de la política cotidiana.

Las primarias, como todo, tienen ventajas e inconvenientes. Uno de estos es que los partidos que las sufren salen rotos de la batalla y que, poco a poco, sus nuevos líderes han de ir recomponiendo los pedazos, aprovechando unos y desechando otros. Y para eso hace falta tiempo y poder. Por ahora a Casado le faltan ambos. Su partido está en la oposición, roto y con un líder recién estrenado que todavía pesa menos que el recuerdo de las grandes caras del PP que ya no están.

Un mal resultado de Juanma Moreno en Andalucía impactaría como un torpedo en la credibilidad del PP y, por lógica, de su presidente nacional

En estas condiciones, es comprensible que Pablo Casado, aunque no lo diga, de ningún modo quiera verse con tan poca alforja ante el arduo viaje de unas Generales. Bastante tiene el hombre con ver cómo sale su partido de los inminentes comicios andaluces, en los que los más sectarios de dentro parecen olvidarse de que un mal resultado de Juanma Moreno, por muy sorayista que fuese, impactaría como un torpedo en la credibilidad del PP y, por lógica, de su presidente nacional.

Y luego está Cataluña, claro, que puede ser un buen motivo mediático para que Casado critique a Sánchez aquí en Madrid, pero para el PP… pan electoral. Poquito cabe esperar allí, no solo en unas autonómicas, que también podrían acercarse por el absoluto caos del Govern, sino también porque en las Municipales, Manuel Valls puede dejar la bolsa electoral de los populares en Barcelona con telarañas.

Y si todo este panorama no fuese lo suficientemente desolador, va Santiago Abascal y monta un pedazo de acto en Vista Alegre que marca el despegue político de una derecha nacionalista española que podría convertirse en una pesadilla ideológica para el PP, como lo fue Podemos para el PSOE, con la diferencia de que el frente de Casado es doble: mientras Vox les inquieta y distrae por la derecha, Rivera aprovechará para robarles la cartera centrista.

Vox en Vistalegre.
Vox en Vistalegre.

Lo de Vox confirma que a España todo llega, tarde, pero llega. La especie de que nuestro país estaba vacunado contra los movimientos de extrema derecha se cae. El PP había tenido la habilidad de aglutinar todo el espectro conservador, desde el nacionalcatólico hasta el liberal más moderado, pero para eso hace falta solidez y poder, justo lo que acaban de perder los populares. Como consecuencia, en Vista Alegre se vio el domingo que hay un grupo de entusiastas con aires heroicos que no están dispuestos a esperar a la que ya han tildado de “derecha cobarde”.

En las Europeas, con circunscripción única, no será difícil que Vox mande algunos representantes a Estrasburgo, y eso les pondrá en el mapa, les dará voz, les sacará del rincón político en el que estaban y puede convertirlos, con Ciudadanos, en la pinza que ahogue a los Populares.

A Casado no le convienen elecciones, desde luego, pero, le guste o no, las habrá antes o después, y otro de sus trabajos, además de tratar de mantener el tipo, será convencer a su gente de que hay política más allá de las mayorías absolutas a las que su partido se había acostumbrado tanto que, a partir de ahora, no va a quedar otra que aprender a manejar el pincel, porque los rodillos ya no volverán.



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