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José Alejandro Vara

Opinión

Casado, entre costalero y la costalada

El estado de alarma es la puerta abierta a un Gobierno despótico y sin fecha de caducidad. Casado tiene en sus manos acabar con la tentación totalitaria de Sánchez

Agitación y debate en los altillos de Génova. La sombra de la duda brujulea por los despachos principales. ¿Hay que apoyar a Sánchez? ¿Hay que respaldar una nueva prórroga del estado de alarma? ¿Hay que concederle otra vez plenos poderes para que gobierne con ese desparpajo totalitario al que ya se ha acostumbrado? ¿Y así hasta julio, como ya se ha anunciado?

El principal partido de la gran derecha española suena como una grillera. Sobra el tiempo para discutir. Las bases, buena parte de la dirigencia y algunos barones regionales, como Feijóo, con ganas de celebrar sus elecciones, lo tienen muy claro. Ni un minuto más. "Los demócratas deseamos recuperar nuestros plenos derechos y libertades" y que la Constitución recupere su absoluta vigencia, reclama con firmeza el líder gallego. Juristas y catedráticos se suman a esta postura y denuncian la cuestionable legalidad del 'plan Sánchez'. No falta quien detecta tras esta alarma sanchista oscuras remembranzas con las leyes 'habilitantes' de Hitler y Chávez. Inquietud y miedo.

El líder del PP medita su decisión. No espera que Sánchez le dedique siquiera un minuto para negociar el contenido de la nueva prórroga. Lo habitual es que, como hasta ahora, se entere por la tele. Sánchez le ignora, le desprecia, le ningunea, se burla ostensiblemente de él en el Congreso, en La Moncloa, en la tele y seguramente en el excusado. Y luego, con esa sonrisa maligna, le exige lealtad y que 'arrime el hombro', otro jingle propagandístico surgido de la factoría Iván Redondo

Podemos disfruta en el infierno de la pandemia, en el hundimiento sin precedentes de la economía. Sólo en un escenario cataclísmico y caótico un partido comunista puede hacerse con el poder

No se lo pone nada fácil a Casado, muy firme y contundente en esta última fase del horror. "Puede hacer el ridículo, pero no nos pida que lo hagamos con usted", le advirtió esta semana en la Cámara el líder del PP. "Lo que lleva a cabo su Gobierno no es una desescalada, es un descalabro", añadió. Y miró a Iglesias, beneficiario mayor de todo este estropicio. Podemos disfruta en el infierno de la pandemia, en el drama del desempleo, en el hundimiento sin precedentes de la economía. Excelente para sus planes de imponer un régimen comunista en la alicaída Europa del siglo XXI.

Casado duda. La prórroga le escuece, le subleva, cabrea a la militancia, daña el perfil de su partido y alienta las bravuconadas de Sánchez. Pero el líder del PP no quiere ser Vox. El PP va lanzado a por el espacio de centro que deja vacío Ciudadanos. Ni una broma más con el trifachito, don Pelayo, Indívil y Mandonio o el capitán Trueno. Ni un guiño más a la 'derechona', ni una foto con Abascal. El PP puede acordar pasos parlamentarios von Vox, pero nada más. Cada cual en su trinchera.

Este Ejecutivo desprecia ostensiblemente algunos valores elementales de una democracia, como la separación de poderes o el respeto al Parlamento y a la Justicia 

Votar a favor de Sánchez, ahora que hasta le huyen los nacionalistas hipercalóricos, PNV y ERC (Ortúzar y Rufián), es arriesgado y doloroso. El presidente del Gobierno no tiende la mano para el acuerdo, sino para que se la besen. No se merece la confianza que reclama. Prolongar una y otra vez el estado de alarma, mediante el que el Gobierno socialcomunista cuela de contrabando decretos y trampas de toda índole, pone en evidencia la inocultable voluntad despótica de este Ejecutivo, que desprecia ostensiblemente algunos valores elementales de una democracia como la separación de poderes, el respeto a la Justicia y al Parlamento y una mínima deferencia hacia la oposición.

Votar una prórroga más de esta medida excepcional, innecesaria a todas luces una vez puesta en marcha la famosa 'desescalada', es tender una alfombra bien roja a que un Gobierno intolerante, de escasas hechuras democráticas, se eternice en el poder. Pero si el PP se niega, si deja colgado al Ejecutivo en este trance, teme ser señalado de antipatriota, partidista, oportunista, fascista y todos esos elegantes calificativos que le dedican habitualmente los medios audiovisuales afines al progreso comunista, que son casi todos.

Un acuerdo de principios

El PP anhelaría, a la vista de los dramáticos datos económicos, sentarse a negociar en serio con Sánchez para empezar de cero. Un pacto de verdad, a fondo, no para la 'reconstrucción', esa pavada de Iván, sino para salvar al país del abismo y de la quiebra. El primer paso, inexcusable, sería sobre las condiciones para renovar la maldita alarma. No será posible. Sánchez, preso del pánico por la montaña de muertos y contra la pared del derrumbe económico, sigue hipnotizado por Iglesias. ¿Hasta cuando? Justo hasta dos minutos antes de que Bruselas le coloque ante sus narices el memorándum de rescate. 

"Ya está bien de ser los costaleros del PSOE", se escucha el clamor, casi estruendo, en los grupos digitales del PP, donde ha hecho furor el hastag de #sánchezveteya. Nadie quiere ser costalero de Sánchez, dicen en Génova. Pero temen la costalada con Vox. Una decisión endiablada y decisiva para el futuro no ya del PP, sino de este país. 

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