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Andrea Mármol

Opinión

Canciones de nuestros padres

La enmienda a la totalidad de una época que ha valido el mayor progreso en derechos sociales y políticos no parece una idea precisamente afortunada

José María Cano, Ana Torraja y Nacho Cano, componentes del grupo Mecano.
José María Cano, Ana Torraja y Nacho Cano, componentes del grupo Mecano. Gtres

Aunque nací muy poco después de su disolución, Mecano sonó tanto y tan pronto en casa que pude escuchar todas sus letras sin que todavía se hubiera adueñado de mí el empeño por encontrar lecturas enrevesadas como las que hallaba en los cantautores que escuché durante la adolescencia. Me recuerdo, más bien, descubriendo sustantivos hasta entonces desconocidos mientras descifraba estrofas cantadas con aquella dichosa manía de separar las sílabas, acompasándolas a la música hasta hacerlas casi ininteligibles, “y las uvas y el al - quitrán”. Del “Quédate en Madrid” nunca hubiera tenido nada particular que decir si no fuera por lo polémico que ha resultado que haya quien escuche por primera vez el tema en 2018. Quizá la noticia, al cabo, sea que en España ya no se pueden dar por descontados ciertos referentes populares como lugares comunes porque, en efecto, hay gente que no conoce las letras de Mecano.

Quizá tampoco conocen las de Serrat, por lo que se hace pertinente un spoiler preventivo sobre alguna canción del barcelonés. En “Fiesta”, la letra despacha el ejercicio de la prostitución con un término de un uso coloquial similar al que ha suscitado la polémica. Es probable que abunden quienes lo desconozcan, pues bajo ese título, la canción que hay en Spotify -2018- omite versos, elimina las banderas “lilas, rojas y amarillas”, eligiendo un verde que da al traste con la gama cromática de la tricolor, y convierte los magreos en abrazos. La canción que escribió Serrat hay que buscarla especificando: sin censura. A priori parece pesado que se nos tenga que recordar la censura, pero visto lo visto, es necesario que haya registro de esa práctica insoportable que restaba gracia, inteligencia y libertad a las canciones de principios de los setenta en España. Como dejó escrito María Zambrano: “Para comprender la historia en su totalidad hay que admitir lo increíble, constatar lo absurdo y registrarlo”.

No es posible hacer la revolución contra nuestros padres, sobre todo si los logros que podemos blandir son letras de canciones frente a leyes

Finalmente, no se va a modificar la canción de Mecano y no habrá una versión censurada de la misma a la que recurrir de aquí a unos años. Sin embargo, la polémica no es menor, y ofrece al debate público una oportunidad de oro para separar al nombre de la cosa. Y algunas de las reacciones al asunto lo ponen de manifiesto. Tienen razón quienes consideran que hemos avanzado como sociedad y que debemos felicitarnos por lo conseguido en materia de igualdad y de no discriminación por la orientación sexual de las personas. Es todo un éxito que no se toleren humillaciones a los individuos por ser lo que son -y que suenen las alarmas cuando se dan-. Igualmente, cada caso que se produce sigue siendo un fracaso, desde las agresiones injustificadas al colectivo LGTB hasta las injusticias menos visibles que atraviesan muchas personas en su vida personal por miedo a ser prejuzgados o excluidos. La existencia de esto último es lo doloroso, no el nombre que se le dé en las canciones. Podemos inventar nuevos términos, pero no dejaremos de describir una misma realidad hasta que nos demos cuenta qué poco hacemos por cambiarla.

Constatadas las buenas intenciones, y afortunadamente compartidas en un país que legisló muy por delante de la mayoría de vecinos europeos el matrimonio homosexual, quizás lo necesario sea orientarlas. La enmienda a la totalidad de una época que ha valido el mayor progreso en derechos sociales y políticos no parece una idea afortunada si lo que se quiere es seguir ese camino. Si lo que llamamos nuevas generaciones queremos implicarnos para que no haya retrocesos en materia de derechos, lo mejor que podemos hacer es constatar que ha habido avances, aunque no los hayamos protagonizado nosotros. A veces, sencillamente, no es posible hacer la revolución contra nuestros padres, sobre todo si los logros que podemos blandir son letras de canciones frente a leyes. Otra diferenciación imprescindible es la que va de un discurso público a una escena de cine: si exigimos a los artistas el mismo corsé que a los políticos acabaremos con el consumo de la ficción, porque ya existe el telediario.

De todos modos, el debate nominalista vuelve a estar sobre la mesa para distraernos. Ocurrió hace poco, cuando la vicepresidenta Carmen Calvo urgió una reforma constitucional para desdoblar el lenguaje de género. Quizá sea menester recordar que lo importante del artículo 14 de la Constitución española no son las palabras que emplea sino lo que estas establecen. Enmendarlo, bajo el pretexto que sea, debería hacerse no sólo con cautela, sino también con respeto, que es la actitud natural con la que uno se enfrenta a las cosas cuando dejan de ser de juguete.



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