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Miquel Giménez

Opinión

Cacas separatistas

El presidente de Cs, Albert Rivera.
El presidente de Cs, Albert Rivera. EFE

Las últimas tácticas separatistas son dignas de un estudio en profundidad. Porque unir campanadas, bolsas amarillas, consignas emitidas por megafonía y mierda posee una métrica oculta que puede resultar apasionante. Y maloliente, por supuesto.

Caquitas de perro

Ignoraba este humilde cronista la disposición de los cánidos catalanes hacia el proceso, pero hete aquí que sí, que son separatistas, al menos algunos de ellos según se desprende de la reciente jaimitada de sus amos. Ante el gesto de C’s de recoger de la vía pública lacitos amarillos ilegales, el sanedrín separata ha decidido cambiarlos, sustituyéndolos por bolsitas amarillas rellenas de defecación de perro. Y le han puesto un rótulo en el que se lee “Anda, Rivera, a ver si descuelgas también estos”.

Con esto, la duda se hace más que patente. ¿Existe una sectorial en la ANC de perros? ¿Hay un voluntariado canino presto a rellenar con sus heces las bolsitas que sus amos, patriotas de pro, tengan a bien colgar después en calles y plazas, previo relleno cual canalón de Sant Esteve del zurullo perruno? ¿No estaremos, pregunto, ante una explotación de esos pobres perretes que, a lo mejor, ni siquiera entienden qué coño son las estructuras de estado o el derecho a decidir y que, si se diese el caso, serían capaces de orinarse en el Pi de Les Tres Branques?

No sería de extrañar que los Mossos investigasen a los que retiran las caquitas de perro con bolsas que no sean amarillas o a los que tengan un gato que no defeque fuera de su domicilio particular

El invento podría tener sus consecuencias, además de dar carta de naturaleza a una cosa que algunos sostenemos desde hace tiempo, a saber, que en mi tierra huele a mierda hace años. Dejando a un lado el tema de que algo huele a caca en Dinamarca, perdón, en Cataluña, surge otro asunto que me inquieta sobremanera. En mi tierra existe la raza autóctona del gos de tura, un perro pastor simpático y buen guardián de los rebaños de ovejas. ¿Están por el proceso estos animalicos del señor, lo están las ovejas, los presionan los pastores?

Todo eso son problemas que habrá que resolver la señora Teresa Cunillera, delegada del gobierno de la nación para asuntos domésticos en lazilandia. No sería de extrañar que los Mossos investigasen a los que retiran las caquitas de perro con bolsas que no sean amarillas o a los que tengan un gato que no defeque fuera de su domicilio particular. Porque, ya se sabe, existen perros policías, pero gatos de tal condición, ni uno. El gato es sospechoso de anarquismo y en la arcadia feliz de Torra no hay lugar para disidencias volubles ni opiniones propias de chisgarabís alegre y saltimbanqui que ose reírse ante una estelada, en medio del canto de Els Segadors o mirando una foto de Puigdemont.

Por si acaso, a Rivera no le hemos escuchado decir nada al respecto y no sabemos si él o su partido retirarán las bolsitas rellenas de mierda de perro por dentro y de mierda ideológica por fuera, pero mucho nos tememos que la escalada, caso de aceptar el envite, vaya en aumento y lo próximo sea rellenar bolsas de basura de color amarillo con cagadas de vacas, rotundas, congruas, apelotonadas, odoríferas, emblema, honra y prez de todas las tobas que existen. Cuidado, porque en materia de heces, el separatismo podría tener aún mucho más repertorio. Sin ir más lejos, lo que suena en Vic por megafonía a las ocho de la tarde.

La plegaria del muecín separatista

En ese momento glorioso que es la puesta del sol, cuando el astro rey desaparece por la línea del horizonte y la oscuridad extiende su manto encima de la tierra, el muecín llama desde el minarete a la oración. Allahu Ekber, Eshedû en lâ Illiallah Esedû enne, recita con unción, ya sea en El Cairo, en Marrakech o en cualquier parte del orbe donde se rece de cara a La Meca. En Vic, población catalana en la que el culto musulmán es más que numeroso debido a la inmigración, todas las tardes, cuando el reloj municipal da las ocho, la megafonía deja oír una voz que invita a algo bien distinto. “No normalicemos una situación de excepcionalidad y de urgencia nacional. Recordemos cada día que todavía hay pesos políticos y exiliados. No nos desviemos de nuestro objetivo, la independencia de Cataluña”, dice una voz grave, bien modulada, convincente, con tono ominoso – es la de un doblador de cine y televisión harto conocido – que suena más a Gran Hermano de Orwell que a algo piadoso.

Esa llamada separatista no tiene gloria ni gracia. No es como la caca de perro, a la que se le puede sacar punta por lo que de grotesca, zafia y rufianesca tiene

Miren, uno puede entender la campana de la iglesia que llama al oficio o la llamada del muecín para la oración, perfectamente respetables. También entiende la llamada de la madre ordenando a sus hijos que vengan a cenar, entrañables, de cuando uno era un zangolotino que jugaba en la calle allá por los años sesenta. Pero esa llamada separatista no tiene gloria ni gracia. No es como la caca de perro, a la que se le puede sacar punta por lo que de grotesca, zafia y rufianesca tiene. La consigna diaria separata de Vic es distinta porque suena a campo de concentración, a sociedad totalitaria, a orden cuartelera que destila olor a vieja sacristía carlistona, mohosa, rancia y con pestazo a vinacho de garrafa.

Los separatas de la mierda de perro por lo menos han sido fieles a ese humor groserote, de sal gorda, profundamente escatológico que caracteriza al pueblo catalán. Nada como un buen cagarro, con perdón, para hacer reír a los payeses, véase la figura del Caganer en nuestros belenes o la procaz y alegre salacidad de la revista Papitu, un clásico del humor autóctono cuando aquí todavía se cultivaba ese género. Claro que tenía a un filósofo como director, el mítico Francesc Pujols.

Los de la megafonía carecen, siquiera, de eso. Son los mismos que idearon una cárcel en la que encerrarse un ratito para solidarizarse con los presos. Están más por ser émulos del martirologio que burladores, más por la agria cara de sabelotodo del cretino que por los mofletes rojos de alcohol rabelesianos de un iconoclasta.

Ambas cosas, las bolsas con mierda de perro y las consignas ladradas por megafonía me parecen auténticos despropósitos en un mundo pretendidamente civilizado, claro está, pero si tuviera que quedarme con una elegiría la defecación física antes que la intelectual. En primer lugar, porque demuestra sentido del humor, algo raro entre separatistas, adustos, pétreos y sinsontes de natural; en segundo lugar, porque la mierda la recoges o no, pero la consigna megafónica no deja lugar a que esa mierda se te cuele por los oídos, te inunde el cerebro y te produzca, en suma, una repulsión visceral.

Además, si les soy sincero, a estas alturas, entre la mierda separata y la canina, me parece más honesta y digna la segunda. Y es que aquí, se mire por donde se mire, todo es una caca. A eso hemos llegado.

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