¡Paren las rotativas! ¡El president de la Generalitat se va a los Estados Unidos! ¿Piensa entrevistarse con Donald Trump? ¿Mantendrá contactos con el Pentágono? ¿Con las agencias de inteligencia? Mucho más fuerte: va al Folklife Festival. La NATO está en Defcon uno.

La diplomacia española está preocupada

Aunque parezca mentira, todavía somos capaces de bajar un peldaño más en la insondable senda de la vergüenza que conduce al infierno de la nada. Quim Torra, viendo que aquí nadie le hace mucho caso -para empezar, ni los suyos– se va a los Estados Unidos. ¿Motivo y alcance de la visita? Resulta que el Instituto Smithsonian celebra una cosa denominada Folklife Festival y resulta también que Cataluña está invitada como cultura y tal. Son diez días, va mucha gente –como en todo lo que se organiza en aquel enorme país– y el servicio exterior español tiene un tremendo miedo torero a que la cosa se politice. Hombre, visto lo visto, lo raro es que, andando los separatistas de por medio, no fuese así. Dicen en la embajada española en Washington que aquello puede ser tremendo, que va casi un millón de personas en los diez días que dura el 'happening'. Eso significa que son cien mil personas diarias, lo que tratándose de aquel país tampoco es demasiado. La Super Bowl reúne una audiencia de ciento doce millones de espectadores, por decir algo. O la Comic Con de San Diego, con bofetadas para conseguir entradas en la reventa.

Pero Torra ni va actuar junto a Beyoncé en el mítico partido de fútbol americano ni piensa disfrazarse de Spiderman. De momento, claro. Lo que el hombre pretende, simplemente, es mover el braserillo y hacer ver que la nave, va. TV3 se guarda muy mucho en decir de que la otra cultura invitada al festival es Armenia, por aquello de no echar agua al vino. De todos modos, la organización ha pedido a los catalanes que se abstengan de mostrar banderas u otros símbolos políticos. No lazis, please.

Si miramos las cifras de lo que les costó a los vascos esta misma fiesta el pasado 2016, la cifra asciende a más de un millón de euros"

Eso sí, Torra dará su discursito, pero junto al embajador español Pedro Morenés. El resto es fácil de imaginar: habrá castellers, degustaciones gastronómicas –el único patriotismo serio es el gastronómico, decía Vázquez Montalbán-, collas de diables, gigantes y cabezudos, explicación de las festes majors y, en suma, el folclore de toda la vida del que se han apropiado innoblemente los separatistas. Del 27 de junio hasta el 8 de julio se verá todo eso en la capital norteamericana para pasmo y asombro de un mundo que, según reza el dogma separatista, nos mira con admiración. Ahora bien, ¿esta broma cuánto vale?

"Hemos de presentarnos como una nación milenaria"

Si miramos las cifras de lo que les costó a los vascos esta misma fiesta el pasado 2016, la cifra asciende a más de un millón de euros. Pero como la casa es grande y no repara en gastos, el fugado Puigdemont apostó seriamente por esa “ventana de oportunidad para dar a conocer nuestra realidad en el mundo”. Un pastizal, claro, pero ¿qué importa, si el proceso es imparable?

Por eso la Generalitat de Pujol, Mas, Puigdemont y ahora Torra no ha reparado en contratar a poderosos lobbies para marcar paquete. Aún resuenan las carcajadas de aquella visita que Pujol, padre, giró a Washington para, según los titulares nacionalistas de la época, entrevistarse con el por entonces presidente de los Estados Unidos George Bush. Duró exactamente seis minutos. Aunque parezca poco, menos duró la república catalana. Ni aquel correvuela estaba en la agenda ni a Pujol se le consideró más que como a un simple “governor of Catalonia”. Gestionada por The Keefe Company, grupo de presión importante, Pujol sacó jugo a la visita: le dio una estatua de Sant Jordi a Bush, le explicó “la voluntad de ser de Cataluña”, sea lo que sea eso, le aseguró que Cataluña era una nación dentro de España y, finalmente, no pudo entregarle el libro 'Catalonia' que le había llevado porque el mamotreto no apareció. No se puede hacer más en seis minutos, compréndanlo.

Ante este panorama de juegos florales, presencia internacional pagada a precio de oro y figurones de cuarta regional, la diplomacia española no debería alarmarse ni hacer aspavientos"

El ansia de figurar del nacionalismo catalán viene de lejos. Cueste lo que cueste, que para eso pagamos la fiesta los contribuyentes. Es más que seguro que Torra dirá estupendas barbaridades ante las gentes que acudan al festival con la sana intención de comerse unas butifarras y ver en qué consiste eso de los castellers, pero obtendrá menos éxito que el padre del nacionalismo. Torra está en una fase complicada, la de querer ser califa en lugar del califa, parafraseando al visir Iznogoud de Tabary.

Ha de demostrar que es el pal de paller del separatismo, por encima de Puigdemont. Ha de poderse presentar ante los suyos, que andan más mosqueados que un pavo escuchando una pandereta, como el líder mundial que nunca será, como el garante de que la llama de la república está más viva que nunca. Ha de ser, en definitiva, lo que no puede: hombre de estado.

Ante este panorama de juegos florales, presencia internacional pagada a precio de oro y figurones de cuarta regional, la diplomacia española no debería alarmarse ni hacer aspavientos. Hace cuatro días el rey se veía con Trump en el despacho oval y allí quedó claro que hay lo que hay. El resto es muy simpático, pero no dejan de ser fuegos de artificio para entretener a la parroquia. Bienvenido, Mr. Torra.

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