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Karina Sainz Borgo

Opinión

Ayuso y el parlamentarismo de entremés

Isabel Díaz Ayuso.
Isabel Díaz Ayuso. EFE

Compete al político, al verdadero político, declarar lo que es, desprenderse de los tópicos y penetrar en el alma colectiva.  No basta con que unas ideas pasen galopando por unas cabezas, es menester que se realicen. Pedía mucho Ortega y Gasset en aquel discurso en el Teatro de la Comedia. Entonces, el escritor exigía a su generación la capacidad de imaginar, frente a la vieja, una nueva política. Cada coma de aquel texto escrito en 1914 resonó esta semana en el pleno de investidura de Isabel  Díaz Ayuso, una carrera de relevo de intervenciones vacías y pueriles.

No sólo Ayuso incurrió en el adanismo y la retórica escolar de sus propuestas, por no hablar de lo esperpéntico de sus réplicas a Íñigo Errejón. Le disputaron el cetro de la frivolidad el resto de los parlamentarios, todos capados de imaginación no ya para pensar una nueva forma de gobernar, sino al menos para hacerse entender. Cuando alguien se presenta a presidir un gobierno, algo de ingenio ha de imprimir en lo que dice. Más grave que el mal empleo del idioma es la oquedad y la pobreza de su sentido, que las palabras sean sólo cáscaras, cosas que se arrojan contra otros y que nada llevan en su interior.

Si compete al político, al verdadero político, declarar lo que es, en este caso ha quedado claro. Salta a la vista el manifiesto desprecio que sienten los nuevos parlamentarios por las personas que los eligieron cuando no son capaces de ofrecer ya no un proyecto común sino un discurso en condiciones, una elemental demostración de entendimiento. Si Churchill supo desplegar sus palabras en el campo de batalla y utilizar como artillería un sentido de la teatralidad, a Ayuso y a quienes se oponen a ella sólo les queda el ripio del tertuliano. Nada más.

En la segunda parte del Quijote, Miguel de Cervantes concedió a Sancho Panza el sueño -al fin realizado- de gobernar la isla que tuvo a bien prometerle Alonso Quijano al comienzo de la travesía. Adiestrado por el Hidalgo, quien dio a su escudero una serie de consejos sobre lo que un buen gobernante había de ser, Sancho partió a tomar posesión de su ínsula. Lo que debía de ser un gobierno se reveló como farsa, una burla urdida por los sirvientes del duque y los vecinos de Alcalá del Ebro, quienes desde un comienzo tuvieron la intención de convertir la intendencia de Sancho en un infierno.

Ni él consiguió del todo hacerse con el mando ni gozar de las satisfacciones de la gobernanza, por mucho empeño que pusiera. En los diez días que duró su mandato, Sancho no pudo comer, a riesgo de ser envenenado; tampoco dormir, por si los enemigos asaltaban la ínsula. Tales fueron los reveses y obstáculos, que Sancho desiste de sus ‘responsabilidades’ y regresa burlado junto a su señor don Quijote. Algo de eso hay en el parlamentarismo de entremés que mostraron Ayuso y el resto de los parlamentarios: es una simulación. No basta con que unas ideas pasen galopando por unas cabezas, si Ortega supiera que por aquí ni siquiera pasaron.

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