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Opinión

Apoteosis de Bartolomé Bermejo

Es una absoluta gloria ver ahora en El Prado esta impresionante colección de tesoros, la mayor cantidad de bermejos jamás reunida en quinientos años

Detalle de la obra "Piedad Desplá", durante la presentación de la exposición del Museo del Prado y el Museu Nacional d’Art de Catalunya "Bartolomé Bermejo".
Detalle de la obra "Piedad Desplá", durante la presentación de la exposición del Museo del Prado y el Museu Nacional d’Art de Catalunya "Bartolomé Bermejo". EFE

Hervía el Museo del Prado como en las grandes coronaciones. Cientos de personas, todas sonrientes y elegantes, hacían cola como reclutas ante la escalera mecánica que llevaba desde la entrada de Jerónimos a la sala C, y que parecía aquejada –la escalera– de achaques impropios de su corta edad, porque no aguantaba más de treinta personas de un solo envión y luego había que hacer una larga pausa para que el trasto recuperase el hálito; y éramos, ya digo, cientos. No estaban los Reyes ni las Reinas, ninguno de los cuatro, aunque la ocasión lo merecía; pero no pasaba nada porque acudió una majestuosa señora de edad y nariz tales que, si te descuidabas, creías ver la transcripción literal de la infanta Pilar, hermana mayor de don Juan Carlos, y aun de la madre de ambos.

Miguel Falomir, director del Prado, estaba feliz y se le notaba, a pesar de que no podía decirlo: una afonía tremenda le impedía explicar que los verdaderos protagonistas de aquel acto eran dos. Uno, un pintor olvidado durante cuatro siglos, Bartolomé de Cárdenas, llamado Bartolomé Bermejo no se sabe bien por qué. Un judío cordobés que se convirtió al cristianismo para salvar su pellejo, obstinadamente perseguido por la Inquisición de los Reyes Católicos (el artista murió en 1501) y, esto sobre todo, para salvar su vocación, que era la pintura.

El otro protagonista era Joan Molina Figueras, profesor de Historia del Arte en la Universidad de Gerona: un especialista en el gótico que se ha dado la paliza de su vida para buscar, durante dos agotadores años, decenas de tablas del inmenso Bartolomé Bermejo, uno de los genios de la escuela hispanoflamenca española, y colgarlas ahora en el Prado en una exposición sencillamente asombrosa. Molina Figueras, a quien quizá no tardemos mucho en ver en el equipo de sabios del propio Museo, ha seguido pistas casi inverosímiles para encontrar bermejos en colecciones particulares, en museos grandes (National Gallery de Londres) y en museos inverosímiles, como el Grand Rapids Art Museum, de cuya existencia, la verdad, no tenía yo hasta ahora mayor noticia, pero resulta que existe y que está en una aldehuela que llaman Michigan, allá por las colonias británicas en las Indias occidentales. Y los michiganeses tenían un bermejo maravilloso, la Virgen de la Misericordia. Aquí lo tenemos ahora.

Hubo quien, en plena levitación, dijo que el ‘San Miguel triunfante sobre el demonio’ era un claro precedente de las ‘drag Queens’ del carnaval de Tenerife

Seamos sinceros. Lo único que ustedes y yo recordábamos de Bermejo hasta ahora mismo era el Santo Domingo de Silos que lleva en el Prado toda la vida, armado en ese retablo dorado y tardogótico que impresiona tanto a los visitantes, sobre todo si son asiáticos. Los barceloneses habrán reparado alguna vez en la asombrosa Piedad Desplà, que estaba en la catedral medio olvidada bajo cinco siglos de humo de velas. Se ha restaurado para esta exposición y ahora es una pura gloria verla, incluida la cara de vinagre del poderoso canónigo arcediano Lluís Desplà, que encargó la obra y que allí aparece arrodillado, casi con el mismo tamaño de la Virgen que sujeta el cadáver del Cristo y algo mayor que la otra figura, San Jerónimo, muy cómico con sus gafas.

Por eso es una absoluta gloria ver ahora esta impresionante colección de tesoros, la mayor cantidad de bermejos jamás reunida en quinientos años, y explicarle los trucos y milagros de la pintura hispanoflamenca a mi queridísimo amigo Xavier, que es hermano pequeño del genio que ha organizado esta maravilla.

Háganse ustedes cargo: ni Xavier Molina ni yo habíamos visto en la vida la inmensa mayoría de las tablas que se muestran ahora en el Prado. Nos dedicamos a disfrutar comprobando cuánto, cuantísimo había aprendido el gran Bermejo de Rogier van der Weyden, de Dieric Bouts, de Petrus Christus, de Robert Campin y desde luego del inmenso Jan van Eyck, aunque no está claro que nuestro judío errante (recorrió el pobre media España tratando de escapar del Santo Oficio) conociese personalmente a ninguno de ellos.

Qué hermosura ver cómo Bermejo dominaba impecablemente la técnica de la pintura al óleo, por entonces una novedad revolucionaria que permitía pintar detalles inverosímiles con pinceles de tres o cuatro pelos. Ver hasta qué punto hizo suya la técnica del “almidonado” en los ropajes, típica de la escuela flamenca, y cómo combinaba los colores con un gusto que parece más italiano que otra cosa. Ver cómo se empecinaba en los rostros, cosa rara, y así todos sus cristos se parecen entre sí, y todas las vírgenes, y todos los sanjuanes, y sobre todo asombra ver cómo pintó numerosas veces a Santo Domingo de Silos (a quien difícilmente pudo conocer, porque el santo se murió medio milenio antes que el pintor) y se empestilló en que el fraile tuviese el mismo rostro en todos los cuadros; eso sí, unas veces más viejo y otras más joven.

Lo único que ustedes y yo recordábamos de Bermejo hasta ahora mismo era el Santo Domingo de Silos que lleva en el Prado toda la vida

Nos dedicamos a comprobar cómo Bermejo hacía delicados homenajes a, por ejemplo, Van Eyck, que en su célebre Matrimonio Arnolfini pinta toda la habitación en un diminuto espejo; pues el cordobés metió ¡toda una ciudad! en el brillo de la armadura del increíble San Miguel triunfante sobre el demonio, una absoluta delicia (alguien comentaba cerca de nosotros que era un claro precedente de las drag Queens del carnaval de Tenerife) que Joan Molina se ha traído de Londres.

Constatamos cuánto había sacado nuestro Bermejo de los célebres Descendimientos de Van der Weyden, todos con el mismo esquema compositivo: también él pinta a la Virgen desmayándose de dolor y a San Juan, lloroso, tirándose en plancha como Iker Casillas para impedir que la Mater dolorosa, iuxta crucem lacrimosa se partiese la crisma contra el suelo por efecto de la caída. También Bermejo disfrutaba añadiendo, en los fondos de los cuadros, detrás de la escena por la que le pagaban, paisajes maravillosos, ciudades, iglesias, gente, puestas de sol inverosímiles, como hacían todos los maestros flamencos. Eso cuando le dejaban, porque la Iglesia española de entonces seguía prefiriendo los intemporales y sacrosantos fondos dorados para casi todo: aún faltaba tiempo para llegar a la realidad que otros ya conocían bien.

El Prado acompaña la exposición con varias conferencias, un concierto con música del Cancionero de Segovia (dense prisa, es el día 19) y un catálogo deslumbrante, pero lo que ustedes no se pueden perder de ninguna manera es la visión de la obra de Bartolomé Bermejo. No volveremos a ver nunca tanta maravilla junta de este hombre tan injustamente mal recordado. Tienen hasta el 27 de enero, aunque es verdad que luego la muestra viaja a Barcelona. Ustedes sabrán lo que hacen. Yo ya la he visto, aunque pienso volver.



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