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Miquel Giménez

Opinión

Análisis de un temor: la candidatura de Valls

Manuel Valls, este jueves en Madrid.
Manuel Valls, este jueves en Madrid. EFE

El separatismo catalán pocas veces se ha mostrado tan ferozmente virulento y preocupado como ante la posibilidad de que Manuel Valls sea candidato a la alcaldía barcelonesa. No son los únicos.

Separatistas y socialistas comparten miedos

Todo parece indicar que Manuel Valls va a cambiar bastantes cosas en la repetitiva política catalana. Siguiendo las redes sociales hemos podido comprobar en estos últimos días como han recrudecido los ataques sobre el político, tanto por parte del sector del lazo amarillo como, curiosamente, por parte de gente vinculada al PP, al PSC e incluso a Ciudadanos.

El ex dirigente francés ha dejado claro que, si se presentaba, lo haría bajo el paraguas de una plataforma ciudadana que fuese más allá de los partidos políticos tradicionales. Tanto populares como socialistas se autoexcluyeron rápidamente del proyecto, quedando tan solo la formación de Albert Rivera dispuesta a aceptar. Ya habían mantenido conversaciones y la idea de ambos era potenciar un movimiento similar al En Marche del presidente Macron en España, por lo que Ciudadanos daba casi por descontado que Valls iba a darles el protagonismo principal. En paralelo, los socialistas de Iceta veían con muy malos ojos que otro socialista viniese a darles las lecciones de constitucionalismo y democracia que, por otro lado, tanta falta les hace. Y los populares, más de lo mismo. En un ayuntamiento como el de Barcelona, en el que Alberto Fernández Díaz lleva batiéndose el cobre más que heroicamente durante años, no es plato de gusto que venga un señor de fuera a pretender darte clases magistrales.

Ante el nerviosismo de todos los partidos tradicionales, parece ser que lo que tiene en cabeza Valls va a resultarles aún más inquietante

Del sector separatista poco puede decirse que no sea imaginable. La conquista de la capital catalana es básica para proseguir con su proceso, de ahí que estén pensando presentar a un peso pesado como Pilar Rahola, tal y como les comentaba hace pocos días. Pues bien, ante el nerviosismo de todos los partidos tradicionales, parece ser que lo que tiene en cabeza Valls va a resultarles aún más inquietante. Porque pretende resucitar el discurso maragallista que, en su momento, levantó tantísimas ampollas en el socialismo catalán en general y en el barcelonés en particular. Pasqual Maragall fue, amén de un político brillante, un autócrata, negándose siempre a aceptar la autoridad del partido. El tristemente fallecido Antonio Santiburcio, por entonces primer secretario de la federación de Barcelona del PSC, podría haber dicho muchas cosas respecto a Pasqual y a su hermano Ernest, hoy furibundo separatista y conseller de lo que sea de exteriores. El, junto con Joan Ferrán, entonces secretario de organización de Barcelona, tuvieron que aguantarle muchos desplantes a aquel alcalde que prefería apoyarse en aristócratas, tenderas de lujo, diseñadores de emolumentos estratosféricos y el mensaje porciolista envuelto en modernidad antes que en las agrupaciones obreras de Nou Barris, por poner un ejemplo. El maragallismo no era más que un nuevo despotismo ilustrado que, eso sí, ganaba elecciones, celebraba unos juegos magníficos y conseguía atraer hacia el redil socialista a las clases medias urbanas, signifique lo que sea esa tremenda vacuidad intelectual.

Esto no es solo un análisis político, es un hecho empírico, porque lo primero que Valls ha hecho es rodearse de maragallistas de siempre como el ex jefe de gabinete de Pasqual, Xavier Roig, o Guillermo Basso, amigo de Roig, ex miembro del gabinete de alcaldía en la época Maragall y uno de los que trasteaba en aquella formación que se inventó el por entonces alcalde barcelonés para orillar al partido, Ciutadans pel Canvi, que algunos con mala uva y mucha verdad denominaron Ciutadans pel Càrrec – juego de palabras entre Ciudadanos por el Cambio y Ciudadanos por el Cargo -.

Es lógico que en Ciudadanos estén mosqueados al verse postergados, y también lo es que PDECAT y Esquerra teman el efecto de un mensaje maragallista que fue prácticamente imposible de batir en los años que el PSC ocupó la alcaldía. Siempre se ha dicho que el socialismo tenía un discurso de ciudad potentísimo, pero carecía de uno a nivel catalán mientras que, por el contrario, Pujol y Convergencia tenían un discurso político acerca de Cataluña sólido en detrimento de uno respecto a la capital de Cataluña.

Pragmatismo constitucionalista

El problema está ahora en dos terrenos de juego a la vez. Los separatistas, por un lado, ya han empezado a verter su potente aparato de trolls en las redes, bombardeando – ojo, antes de que Valls haya siquiera anunciado públicamente su candidatura – al político hispano francés con lo que serán, sin duda, sus mantras a lo largo de los próximos meses: es un fracasado en Francia, es un trepa que cambia de partido, no sabe nada de Barcelona, es un parachutista del españolismo, incluso se atreven con la actual pareja de Manuel, lo que debe ser muy machista, pero a ellos les da igual – no he visto a ninguna feminista de guardia criticar eso -en fin, calumnia que algo queda.

Valls es, a día de hoy, el único obstáculo serio que tendría Ada Colau para repetir su nefasto mandato. Ni que decir tiene que, de cara a las aspiraciones de Rahola y los suyos, es más que un obstáculo, lógicamente. Hasta ahí será previsible que todas estas formaciones arremetan contra Valls con toda la artillería pesada de la que dispongan, empleando las tácticas más sucias, llegando incluso a la deslegitimación en el terreno personal, porque es su manera de proceder. A Maragall le mantuvieron hasta el último segundo una campaña en la que se le acusaba de alcohólico, y eso que por entonces no existían las redes sociales.

Lo que no entendería el electorado contrario a la independencia en Barcelona es que partidos de tradición constitucionalista pusieran la zancadilla a una candidatura de esta categoría

Lo que no entendería el electorado contrario a la independencia, mayoritario en Barcelona, no lo olvidemos, es que partidos de tradición constitucionalista pusieran la zancadilla a una candidatura de esta categoría. Y aquí llegamos al sempiterno problema de la política, el pragmatismo. ¿Debe Ciudadanos resignarse a figurar como acompañante de Valls sin tener una posición preminente? ¿Ha de tragarse la gente de Rivera en el ayuntamiento de Barcelona el sapo de ver como la estrategia de campaña la llevan conspicuos maragallistas que, digámoslo todo, hasta ahora han estado cómodamente instalados en sus cuarteles de invierno, cuando no han colaborado abiertamente con el proceso?

Ese es un debate duro, interno, estratégico, que aquellos que representan a la mayoría no independentista en Barcelona deben acometer de manera urgente y generosa. Una posibilidad, aunque fuese solo una, de consolidar un modelo de gobierno municipal basado en el discurso de ciudad moderna, abierta, plural, libre de provincianismos separatistas o excesos populistas sería un regalo para Barcelona y, por extensión, para Cataluña.

Decía Valls el otro día que la dialéctica izquierda y derecha se había visto superada por la de democracia-populismos. Aunque eso duela reconocerlo, es cierto. Lo que vivimos ahora en toda Europa es el reto de defender la democracia ante aquellos que no respetan las leyes. Es el viejo combate entre las ideas liberales del XIX y las autocráticas. Si me apuran, es el envite entre los demócratas de todos los signos contra los totalitarios.

Aunque solo sea por eso, sería menester que se pusieran de acuerdo.



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