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Luis Algorri

Por la escuadra

Amaia ha ganado; podéis ir en paz

Como decía el protagonista al final de la ópera Payasos, de Puccini, La commedia è finita. Se acabó tanta ternura y tanta emoción artificialmente provocada

Los finalistas de 'OT'
Los finalistas de 'OT' GTRES

Amaia Romero Arbizu, de 19 años, natural de Pamplona, cantante con ciertos conocimientos de piano y guitarra, ha resultado ganadora de la novena edición del concurso Operación Triunfo. Consummatum est. Podéis ir en paz.

Ha concluido así, entre tormentas de abrazos, enjambres de besos, océanos enteros de lágrimas y una gala final más larga que un Sporting-Osasuna, el esfuerzo publicitario más inaudito que ha emprendido TVE por lo menos desde Crónicas de un pueblo, serie de gran éxito cuyo objetivo era familiarizar a los espectadores con el Fuero de los españoles, una de las leyes franquistas. Hemos estado literalmente rodeados por OT. Todos. En los telediarios se informaba, entre el serial de Puigdemont y la crónica negra de la Gürtel, cómo iba la historia de amor entre Amaia y Alfred, si se querían de verdad o no, si lo suyo iba en serio, quién suspiraba más por quién. La expulsión de la “Academia” de cierta Nerea Rodríguez –lágrimas, abrazos, besos– provocó una conmoción comparable a la de la derrota en la guerra de Cuba, porque se habló de ella prácticamente en todos los programas de la cadena salvo, que yo sepa, El día del Señor. Y eso porque se emite en La 2.

Día tras día, los más avezados y prestigiosos periodistas de la televisión pública estaban hablando de lo que fuese (el caso Palau, violencia machista, el Ibex35, las carreteras cortadas por la nieve) cuando, de pronto, ponían esa sonrisa dulce y tontorrona que se usa cada 5 de enero para contar a los niños de que ya han llegado a España los Reyes Magos, y anunciaban que Agoney había vuelto a salvarse, uf, pero que el gallego Luis Cepeda (gesto de compunción del informador) había sido expulsado por el público después de cinco nominaciones, cuatro de ellas consecutivas. Qué horror, qué injusticia: pero era de esperar.

Finalizado OT, ¿qué será ahora de nosotros? Tendremos que seguir con lo que estábamos haciendo, qué horror

Lo que TVE se propuso era algo tan difícil como resucitar a un muerto. OT llevaba sin emitirse seis años por la sencilla razón de que ya no lo veía nadie. La última edición, la de 2011, hubo que cerrarla de mala manera a las cinco semanas (la duración habitual es de más de cien días) porque en Telecinco tenían fundadas sospechas de que ni siquiera las madres de los concursantes estaban delante del televisor. Ahora, la cadena pública decidió hacer todo el esfuerzo necesario para convertir a OT en una necesidad ciudadana. Necesitaban un éxito al precio que fuese. Y el precio ha sido muy alto.

Bueno, casi lo consiguen. El número de espectadores que ha logrado el programa ha sido el octavo mayor de todas las ediciones… que son nueve. La cuota de pantalla (un 19%) ha quedado en el séptimo puesto de todas las OT. Y la interminable gala final fue vista por 3,92 millones de personas, es decir, la sexta más vista de las nueve. Para tirar cohetes, la verdad, no es. Pero ¿qué importa? Ese beso… ¡ese tembloroso piquito de oro que se dieron Amaia y Alfred al concluir la canción que llevarán a que se estrelle en Eurovisión, como todas! ¡Esos dos ángeles postadolescentes (presuntamente) enamorados gracias a la magia de la música! ¡Eeese beso, señora, señorita, caballero! ¿Con qué se paga ese beso de amor que no se lo das a cualquiera y que vio, como suele decirse, todaspaña (bueno, tres millones y pico de personas) con el moquero en la mano, diciendo ayayay, qué bonito?

Bien, pues ya está. Como decía el protagonista al final de la ópera Payasos, de Puccini, La commedia è finita. Se acabó tanta ternura y tanta emoción artificialmente provocada. ¿Qué será ahora de nosotros? Tendremos que seguir con lo que estábamos haciendo, qué horror. Pero no perdamos la esperanza, corazones tiernos: dentro de algunos meses veremos si alguien más se atreve a gastarse el pastizal que se ha gastado TVE y a montar semejante campaña publicitaria para que los españoles suspiremos por un beso. Castísimo, por cierto. Sin lengua ni nada.



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