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Antonio Rivera

Opinión

Alsasua, tragedia y farsa

La españolidad laica vuelve a ponerse difícil en el país; incluso la pegatina constitucionalista empieza a resultar engorrosa si se asocia con esos aguerridos patriotas de fin de semana

Santiago Abascal en el acto de apoyo a la Guardia Civil en Alsasua.
Santiago Abascal en el acto de apoyo a la Guardia Civil en Alsasua. EFE

Fue el portavoz del Partido Popular en el Parlamento Vasco, Borja Sémper, el que advirtió hace años de que el final del terrorismo iba a suponer el de la épica y el atractivo de la resistencia en su contra, de manera que si los partidos que la habían protagonizado no se aplicaban a la realidad posterior a ETA corrían peligro de entrar en una profunda crisis. No es sola esa la razón, pero las cifras de representación constitucionalista en esa Cámara son exponente de la atinada observación de ese político vasco.

No repetiré esa estupidez tan del gusto nacionalista que afirma que algunos vivieron mejor contra ETA, pero sí es cierto que la centralidad que ocupó eximía de pensar en estrategias de mayor calado. Bastaba con resistir, mostrarse ético, rechazar la violencia y oponerse a quienes pretendían traducir su relación con ella en ventajas políticas… Se consolidó todo un know how que contenía las respuestas para la inacabable situación. Pero aquello acabó.

La demostración constitucionalista-españolista-antinacionalista de Alsasua suena a regreso al pasado. Se pueden encontrar todas las razones para asistir a la convocatoria si se formulan las invitaciones a la vieja usanza. Reiterando la retórica inapelable de Savater, es evidente que un Estado de Derecho no puede aceptar “zonas liberadas”, que la violencia no puede campar por sus respetos, que todo el mundo tiene derecho a expresarse libremente donde sea o que la solidaridad con vecinos violentados cotidianamente o con aquellos guardias civiles cogidos en una encerrona bien nutrida de contexto -la campaña “Alde hemendik”- no tiene por qué no hacerse en el lugar donde se produjo. Todo resulta inapelable, pero posiblemente también irrelevante a los efectos de una cierta continuidad o eficacia del gesto.

La exhibición constitucionalista-españolista-antinacionalista de Alsasua está cargada de razones, pero es irrelevante a los efectos de la eficacia del gesto

Los ciudadanos de Alsasua no han mejorado su situación después del acto, ni mucho menos las posibilidades de exhibir la pluralidad de pareceres. El choque de carneros ultranacionalista favorece siempre a los más cafres de cada bando. Y es notorio que los radicales nacionalistas vascos que excursionaron al lugar esa mañana tienen acreditada su rocosa testuz. La pancarta de la víspera -“Dejad en paz a Alsasua”- representaba perfectamente la imagen de una comunidad acosada desde el exterior, ya sea por los jueces que encarcelan a sus inofensivos jóvenes o por los que se disponen como una horda a aterrizar por unas horas en el lugar. Un ultranacionalista no violento dejó escrito que las campanas del pueblo han avisado desde el medievo de la llegada de la peste. Más astuta fue la estrategia del nacionalista gobierno navarro: apeló a la moderación, a sabiendas de que, pasara lo que pasara, los beneficios electorales irán para quienes, desde la identidad nacionalista vasca, se distancien de cualquier radical enfrentado.

En el otro lado, las tres fuerzas en que se divide hoy la derecha española han quedado satisfechas con la exhibición. La iniciativa de Rivera movió detrás a los de Casado, mientras Abascal no tenía más que dejarse ver para atraer como un imán todas las cámaras. Era la imagen que necesitaba el espectáculo para ser redondo. De manera que cada una de las facciones conservadoras cobra réditos, disparan unitariamente contra el gobierno cogido en una pretendida profunda contradicción -la milonga de ser sostenido parlamentariamente por aquellos vociferantes- y mantienen la iniciativa durante unos días.

Se equivocan los partidos conservadores si creen que al nacionalismo vasco de hoy se le combate con demostraciones ajenas al espacio de la convicción

¿Algo más? Nada más. O, peor, nada bueno. Primero, se presentan amenazantes como alternativa de gobierno en Navarra, espantando a moderados y, sobre todo, empujando a sus necesarios apoyos socialistas al otro extremo. Segundo, se apropian del españolismo -y hasta del constitucionalismo-, asociándolo a unos excesos en las formas y a un conservadurismo en los contenidos que ni el verbo reflexivo y profundo de Savater consiguió elevar. La españolidad laica vuelve a ponerse difícil en el país; incluso la pegatina constitucionalista empieza a resultar engorrosa si se asocia a tales demostraciones de valor. Y tercero, el debate político sigue en el mismo sitio que anteayer -si acaso más emponzoñado-, porque si habíamos aprendido algo de cualquier nacionalismo es que su capacidad para resolver los problemas es inversamente proporcional a su entusiasmo por denunciarlos.

En resumen, la demostración genera un frío gélido, una distancia abismal, un desdén por un déjà vu que ahora ya no tiene explicación ni causa. Y que, por eso, en su repetición de la anterior tragedia -cuando Gesto por la Paz vio imposible seguir saliendo en Etxarri Aranaz o en tantos otros pueblos- ahora se antoja comedia, farsa.

Coda final. Se ha instalado en algunos ambientes la peregrina idea de que la victoria sobre ETA se ha traducido en una derrota de la democracia ante el nacionalismo en cualquiera de sus versiones. Ese análisis obvia la pequeña diferencia entre que esta asesine para favorecer su causa o que solo se maneje por los cauces políticos. Estamos en la segunda situación y, si los políticos conservadores piensan que al otro nacionalismo, al vasco, se le combate ahora con medidas extraordinarias, ya sin sentido, o con demostraciones como las del otro día, abandonando el espacio de la convicción y los argumentos, no veremos sino crecer esa bicha. Entonces sí que estaremos por completo derrotados. Y será por culpa nuestra; o mejor, por culpa de esos aguerridos patriotas de fin de semana.  



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