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Miguel Ángel González

Opinión

Alas políticas

La opinión pública solo parece identificar como extrema a la de más reciente aparición; la otra sigue siendo una explosión de júbilo juvenil que sirve para apretarle los tornillos a la vieja política

Santiago Abascal, en el mitin de este domingo en Vistalegre.
Santiago Abascal, en el mitin de este domingo en Vistalegre. EFE

El sistema político estaba en desequilibrio. La tendencia natural a la simetría se ha confirmado en poco tiempo. La energía ideológica también se distribuye con uniformidad y la entropía aumenta para normalizar la situación. La energía, ya se sabe, ni se crea, etcétera, y en el panorama político de esta altura democrática ya tenemos por fin un eje central con dos polos a sus lados y las dos alas correspondientes en los extremos. Todo muy cuidadito y ordenado. Pero la opinión pública (seguimos sin saber qué sea), la opinión pública solo reconoce a la extrema en la de más reciente aparición; la otra sigue siendo una explosión de júbilo juvenil que está sirviendo para apretarle los tornillos a la vieja política.

La explosión de júbilo juvenil, como llevamos años viendo, ha sido realmente enternecedora. Todos esos chicos que saltaron de las asambleas festivas a los cargos electorales. Y tanta gente detrás que consideraba, en fin, que considera que eso ha estado muy bien. Algunos hubo que pensaban bueno, mejor que no gobiernen nunca, pero su aparición ha sido muy útil para que los políticos/políticos comprueben de una vez que conocemos muy bien sus corrupciones y que se anden con cuidado. Daba un poco igual la ideología: qué ideología ni qué gaitas, esto es un soplo de aire fresco, ¿no lo ves?, solo esas barbas y esos pelos son ya señal de progreso del bueno. La radio, la tele, los periódicos aceptaron la situación: ni rastro de ultraizquierda, ni rastro de extrema izquierda, ni rastro de comunismo populista en tantos titulares. Solo jóvenes con ganas de imponer la justicia universal y beneficiar al pueblo. Una coleta, una barba rala, lagrimitas.

Lo curioso de estas alas extremas es el contagio, como estamos viendo, y su influjo de raíz en partidos que se quieren moderados y reformistas

Pero la tendencia natural a la simetría ha hecho crecer por fin la otra ala. Irrumpen también como aire fresco, ¿no?, en la política adormilada y periférica de esta hora. Vienen como patriotas grandes a acabar con los patriotas chicos, todos esos catalanes orgullosos de su catalanidad o todos esos vascos orgullosos de su vasquidad. Quieren que vuelva la España fetén, igual que los británicos del Brexit quieren un Reino Unido uno y libre o la América de Trump una América como Dios manda. Como en la otra ala, también aquí se reclama la soberanía del pueblo, pero esta vez se le pone clarito el apellido español para indicar que en este sitio tan viejo solo caben los españoles y, si acaso, alguno de por ahí que pueda interesar. Se ensalza el arraigo como valor y se fomenta el orgullo de la historia, el orgullo de las abstracciones. Más de lo mismo, por tanto: toda esa roña nacionalista, aunque aquí a lo grande, que parece salir de no lavarse a tiempo, como de niños. Y un cimiento xenófobo por sostén para justificar a quién le corresponde por naturaleza el paraíso y quién es el forastero que sobra.

Ahora bien. Y digo ahora bien porque el tratamiento mediático de ambas alas políticas está siendo bien desigual, como la marca. Nadie, o casi nadie, quiere quedarse atrás en el uso de los tags de moda: extrema derecha, ultraderecha, nacionalpopulismo. Son etiquetas, claro, empleadas siempre in malam partem, pero con ese calorcito, con esa satisfacción de tener por fin en España una ultraderecha con quien medirse. Y el partido señalado da igual lo que defienda: si quiere derogar o reformar la ley de violencia de género, o devolver competencias al Estado central en detrimento de las autonomías o hacer festivo el día en que terminó la Reconquista. Todo eso y más (en realidad da igual lo que planteen, porque todo se diluye ya en el mismo magma moral) no son sino las señales del demonio ultramontano, trabucaire, fascistoide. En estos meses el despliegue retórico, y más en especial el columnista, ha traído un aire esdrújulo de muy buen ver. No digan que el nuevo partido no está siendo un soplo de aire fresco.

En cualquier caso, lo curioso de las alas políticas, con sus brisas fresquitas, sus aspavientos y su simbología, es que brotan primero en una democracia liberal (donde no se olvide que la gente vota) y al momento, o ya de inicio, quieren cambiar las reglas para solucionarlo todo sin reformas ni retoques, sino así de golpe, con la recia certidumbre de quien se toma unas rondas de cerveza con amigos y dice esto lo arreglaba yo en cuatro días. Igualito que un twitter cualquiera. Lo curioso de estas alas es el contagio, como ya mismo estamos viendo, y su influjo de raíz en partidos o movimientos políticos que se quieren moderados y reformistas. Y lo más curioso, en fin (hay quien diría peligroso), es que estas alas políticas van y les salen de pronto a muchos compatriotas con derecho a voto. Pero la democracia es lo que tiene.

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