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Karina Sainz Borgo

LA POLAROID

El Águila de los Habsburgo y la Hidra de La Moncloa

Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal conforman una misma criatura de dos cabezas, pero las cabezas del animal que preside el escudo de armas de Carlos I no lucían tan dispuestas a reventarse a picotazos

La vicepresidenta de Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, y la ministra de Defensa y secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal.
La vicepresidenta de Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, y la ministra de Defensa y secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal. Javier Martínez

La vicepresidenta del Gobierno llegó a las fiestas de la Comunidad de Madrid como se asiste a los funerales: a lo Charade, con la mitad del rostro cubierto por enormes gafas oscuras. A su lado, con una silla vacía de por medio, la ministra de Defensa se deja ver en ristre, muy tiesa ella, y ataviada con esas perlas severas que tanto le gustan y que la embellecen como La Peregrina a la reina María Tudor. Ahí están: Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores Cospedal. Una junto a otra. Sin mirarse siquiera. Prefieren girar la cabeza en dirección contraria para que quede claro que no están dispuestas a compartir si quiera el punto de fuga.

Juntas componen la más hermosa y perversa imagen que los populares añaden a su bestiario político, tan del Inframundo, de las últimas semanas. Incapaces de dirigirse la mirada,  Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal conforman una misma criatura de dos cabezas. Acaso por el perfil rapaz de las dos líderes populares, en su bicefalia algunos han encontrado un aire al águila los Habsburgo. Pero las cabezas del animal que preside el escudo de armas de Carlos I no lucían tan dispuestas a reventarse a picotazos, como sí lo parecen las de Cospedal y Soraya. Ellas, a lo Villalar, pasean estandarte de su propia guerra comunera. Los Sorayos versus los Cospedales. Ancha es Castilla.

Reinas de dos Castillas, la vieja una y la nueva la otra. Divinas cada una en su reino: el de Moncloa, en el caso de la vallisoletana, y el de Génova para la 'manchega'

Tras la verdulería de Cifuentes, estas damas lucen de una prestancia inaudita para un partido de pronto infestado por roba gallinas -los trajes, las cremas, los bolsos-. Reinas de dos Castillas, la vieja una y la nueva la otra. Divinas cada una en su reino: el de Moncloa, en el caso de la vallisoletana, y el de Génova para la manchega -Cospedal nació en Madrid pero preside el PP de esa comunidad-. Se pregunta quien las mira quién tiene más temor de la otra.  ¿Se cubre los ojos con gafas oscuras Soraya, acaso porque intuye en la postura erguida de Cospedal el gesto de la cobra a punto de escupir el veneno? ¿Acaso, como Perseo con Medusa, Soraya sabe que sólo podrá decapitar a Cospedal si no la mira a los ojos?  

En la mitología toda cualidad mostrenca tiene alguna utilidad esencial, táctica. La Hidra poseía la virtud de regenerar dos cabezas por cada una que perdía o le era amputada. Incluso la anfisbena, aquel reptil con cabezas gemelas -una también al final de la cola- era capaz, como decía Plinio el Viejo, de envenenar doblemente, además claro, de alimentarse de los cadáveres que deja a su paso. Pero éste no es el caso, no lo parece. No hay estrategia en ese odio. Les viene de las entrañas.

¿Acaso, como Perseo con Medusa, Soraya sabe que sólo podrá decapitar a Cospedal si no la mira a los ojos?

No se guardan las espaldas estas reinas, ni siquiera la propia. Cada una tiene problemas en su feudo. A Sáenz de Santamaría, a quien se encomendó apaciguar el avispero catalán, se le ha formado una con el 155 que ni en la Guerra de los Remensas. A Cospedal, en cambio, de tanto diferir cosas, ha terminado por llenársele de agua el barco, mejor dicho, la sede entera del PP. Cualquier barco pirata del XVII se queda en triste bote frente al cuartel general de los populares.

Se pasean ahora las dos por Madrid, presumiendo de altivez, pero no de haber completado una hoja de servicios demasiado brillante. Acaso porque a los ojos de Mariano Rajoy cualquier cosa luce igualmente emborronada. Para el presidente de Gobierno, la sustitución de un percance o personaje polémico por un sustantivo neutro o un pronombre demostrativo neutraliza los problemas, los cauteriza. ¿Pensamiento mágico? ¿Quiromancia gallega? ¿Estratega del pasmo? Para Mariano Rajoy  la gente hace cosas, dice cosas. Y a él, como el solipsismo le puede, anda siempre… a sus cosas.

Resulta inverosímil cuán profunda puede llegar a ser la pudrición de los populares en Madrid como para haberse quedado sin crédito en una de sus minas electorales. Sacar a pasear a la Hidra el día de su principal gesto de autoridad en la Comunidad que están a punto de perder no augura nada bueno. El PP tendrá bestiario mitológico –a este paso nos caerá encima  el frontispicio completo del templo de Atenea-, pero banquillo, lo que se dice banquillo electoral, como que no. Y todavía falta bastante para el mercado de fichajes.



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