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Enrique Feás

Opinión

Adversarios y enemigos en la guerra comercial

Para que la guerra comercial desatada por Trump se quede en un mal sueño pasajero es preciso que el resto de la comunidad internacional refuerce su cooperación y no ceda a la tentación del unilateralismo

Donald Trump y Jean-Claude Juncker
Donald Trump y Jean-Claude Juncker EFE

Gerald Ford, el presidente estadounidense que puso fin a la guerra de Vietnam, solía decir que durante su vida política “había tenido muchos adversarios, pero ningún enemigo”. Donald Trump, un presidente menos dado a los matices, señaló en una entrevista que la Unión Europea era un enemigo “por lo que nos hacen en el comercio”, para luego añadir: “China también es un enemigo económico, pero eso no quiere decir que sean malos, no significa nada; significa que son competidores, que quieren hacerlo bien, igual que nosotros queremos hacerlo bien”.

El significado de las palabras es importante, y por eso es tan importante no olvidar el latín. Tanto el adversario o el rival como el enemigo comparten la idea de un enfrentamiento u oposición, pero con matices diferentes. El adversario y el rival compiten para vencer, pero con respeto y sometimiento a un conjunto de reglas dentro de una línea de actuación: adversario es el que se vuelve contra alguien porque un versus era una línea o surco agrícola que al terminar daba la vuelta (como se da la vuelta el verso en un poema); los rivales lo eran porque competían por el agua de un río (rivus). El enemigo, por el contrario, quiere infligir el mayor daño posible a su oponente, destruirle incluso, sin aceptar regla alguna, tanto si es un enemigo personal (un no-amigo o inimicus) como si es un enemigo público de origen extranjero (un hostis). La hostilidad está pues íntimamente ligada a la enemistad, y el término que usó Trump al referirse a la Unión Europea (foe) viene precisamente del término anglosajón que significa hostil. Quizás cuando Trump hablaba de China quería decir que era más bien un adversary o un rival, pero se ve que no le venían a la mente los términos ingleses derivados del latín (los de origen europeo, al fin y al cabo).

Por eso, en cualquier conflicto o enfrentamiento resulta crucial distinguir entre adversarios y enemigos y usar uno u otro tipo de armas. Y por eso en la guerra comercial que inició Trump no hay que cometer errores. Es innegable que la Unión Europea, Canadá y China, aunque sean socios en algunos ámbitos, también son adversarios o rivales comerciales. Todos practican –aunque en muy distinta medida– alguna forma de proteccionismo, ya sea en agricultura, compras públicas, barreras no arancelarias, subsidios, empresas públicas o propiedad intelectual. Todos ellos compiten por su cuota de mercado y por favorecer a sus nacionales, pero siempre dentro de las reglas generales del libre comercio y la no discriminación y, sobre todo, dentro del sometimiento a la autoridad de la Organización Mundial del Comercio y el respeto al multilateralismo. Compiten, sí, pero juegan al mismo juego.

El riesgo es que el ‘divide et impera’ de Trump rompa la unidad que hasta ahora ha mantenido la comunidad internacional frente a la arbitrariedad estadounidense"

Por el contrario, Estados Unidos quiere abandonar el juego. No le basta con competir, ni con intentar proteger sutilmente a sus nacionales, sino que abiertamente ha decidido rechazar las reglas y lanzarse a proteger sus mercados con aranceles, vulnerando las más elementales normas de no discriminación. Trump dijo que la Unión Europea era su enemigo, pero lo cierto es que el único que se percibe como enemigo de todos es el propio Trump: el enemigo del multilateralismo.

Esto no es un mero debate terminológico, sino que resulta crucial a la hora de decidir el empleo de las distintas armas de defensa comercial. La guerra de Trump comenzó con la imposición por parte de Estados Unidos de aranceles al acero y al aluminio y que afectaron particularmente a la Unión Europea, China y Canadá. Por el momento, la respuesta de sus antiguos socios comerciales (o, todo lo más, adversarios) se ha traducido en aranceles de represalia a las importaciones estadounidenses.

La situación es, pues, distinta a la guerra comercial que inició otro presidente estadounidense, Herbert Hoover, en los años 30 del siglo XX, cuando estableció el Arancel Smoot-Hawley. Entonces, como ahora, los economistas y los empresarios intentaron impedir –sin éxito– que el presidente impusiera aranceles de ámbito general (erga omnes), que fueron respondidos con represalias. Pero lo peor vino después: cuando la crisis financiera de 1931 hizo colapsar el banco Credit-Anstalt, Alemania, ya en un contexto de unilateralismo, impuso restricciones cambiarias desencadenando una serie de medidas similares y devaluaciones competitivas de otros países, así como el abandono del patrón oro por Inglaterra (gran acreedora de Alemania). En un mundo sin cooperación, los socios comerciales se transformaron en enemigos: todos contra todos.

En este caso, Estados Unidos se ha saltado las reglas de la OMC y ha impuesto unos aranceles también generales, pero la necesaria respuesta hasta el momento ha sido medida: con aranceles que afectan exclusivamente a Estados Unidos, que es quien se ha saltado las reglas. Las medidas de retorsión, que están perfectamente contempladas en la legislación de la OMC, afectan por tanto solo a un país, Estados Unidos: por el momento no es un “todos contra todos”, sino solo un “todos contra uno”.

Pero existen dos riesgos. El primero es que puede llegar un momento en el que algún país como China agote las importaciones estadounidenses sobre las que imponer aranceles, y opte por otras medidas de protección más generales, como una devaluación de su moneda (el renminbi ya se está depreciando, probablemente con el consentimiento de las autoridades chinas, pero no parece hasta el momento una política intencionada). Porque una devaluación encarecería las importaciones no solo de Estados Unidos, sino de todos los socios comerciales.

La Unión Europea, Canadá y China son rivales comerciales. Compiten, sí, pero juegan con las mismas reglas, justo las que Estados Unidos quiere romper"

El segundo es que el divide et impera de Trump surta efecto, y que negociando individualmente con la Unión Europea, China, Canadá u otros consiga romper la unidad que hasta el momento ha mantenido la comunidad internacional frente a la arbitrariedad estadounidense. Aún no sabemos cuál será el resultado final del acuerdo Juncker-Trump para evitar los aranceles a la Unión Europea, pero, aunque es sin duda una buena noticia –porque rebaja la tensión–, si no se maneja con cuidado podría terminar siendo un torpedo en la línea de flotación de la unidad, especialmente si China percibe que el acuerdo es contra ella.

Pocas cosas unen más que un enemigo común, y tan solo en la medida en que prevalezca la contención y se limiten las represalias contra el verdadero causante del conflicto y hoy enemigo del sistema multilateral, Estados Unidos, la guerra comercial se mantendrá en el ámbito del todos contra uno, y no en el de todos contra todos. El perjuicio para europeos, canadienses y chinos será elevado, pero Estados Unidos tiene mucho más que perder. El anuncio de deslocalización de las fábricas de motocicletas estadounidenses Harley Davidson o el perjuicio de los agricultores estadounidenses –a los que Trump ha tenido que compensar– es solo el principio. El resultado más probable de la guerra, como señala Richard Baldwin, es que habrá una desviación de parte de la producción estadounidense hacia el resto de la comunidad internacional para evitar los aranceles.

Pero si China, Canadá o la Unión Europea cometen el error de adoptar medidas que puedan perjudicar no solo a Estados Unidos sino también al resto (como devaluaciones o barreras no arancelarias imposibles de encauzar hacia un país), o el error de negociar en bilateral con Trump perjudicando los intereses del resto de los socios, el ámbito de la guerra comercial podría desbordarse. El conflicto bilateral pasará a ser global, y la repetición de los años 30 del siglo pasado será una maldición.

La historia política está llena de ejemplos de distinciones entre adversarios y enemigos, y no siempre estos últimos son los más lejanos. Churchill, por ejemplo, aleccionaba a un joven parlamentario distinguiendo los adversarios políticos, situados en la bancada de enfrente, de los enemigos, sentados en la propia; Andreotti, por su parte, jerarquizaba entre “amigos, conocidos, adversarios, enemigos y compañeros de partido”. Estados Unidos ha sido siempre un fiel aliado y socio de Europa, adversario quizás en algunos ámbitos comerciales, pero nunca un enemigo. Si hoy lo es se debe exclusivamente a la personalidad de un presidente particular. Para que esta situación se quede en un mal sueño pasajero y no en una larga pesadilla, es preciso que el resto de la comunidad internacional refuerce su cooperación, mantenga su contención y no ceda a la tentación del unilateralismo. Porque esa otra película ya la hemos visto, y sabemos que acaba mal.



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