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Manuel Toscano

Opinión

Principios republicanos

‘Sólo un presidente de la República garantiza que haya democracia’. Basta echar un vistazo a las repúblicas que hay en el mundo para desmentir una afirmación tan grosera como infundada

Colau, en declaraciones a los medios.
Colau, en declaraciones a los medios. EFE

La anunciada candidatura de Manuel Valls a la alcaldía de Barcelona ha removido las agitadas aguas de la política catalana. En el marco de una campaña que promete ser larga, la actual alcaldesa de la ciudad escribió el pasado 26 de octubre un curioso tuit: “Que una republicana defienda la República es bastante previsible. De quien cuesta fiarse es de un republicano francés que de repente se vuelve monárquico. Liberté, egalité, fraternité… se quedaron en los Pirineos?”.

La republicana es la propia Ada Colau, mientras que el republicano francés reconvertido a la causa monárquica es Valls, ça va sans dire. Recordemos el contexto. Valls había criticado las exhibiciones de antimonarquismo del ayuntamiento de la Ciudad Condal, que ese mismo día había aprobado una declaración, a iniciativa de la CUP, en la que se pedía “la abolición de una institución caduca y antidemocrática como la monarquía” y se reprobaba al Rey por “justificar la violencia ejercida por los cuerpos policiales el 1 de octubre de 2017”. En la resolución no podían faltar los tópicos antimonárquicos al uso, como la vinculación con el franquismo. El respaldo del grupo municipal de Barcelona en Comú (BC) fue imprescindible para que la moción prosperara, junto con los votos del PDeCAT, ERC, CUP y dos concejales no adscritos.

Llueve sobre mojado. Como en tantas ocasiones, los de Colau se alinearon con las formaciones independentistas. Éstas llevan meses haciendo campaña contra la figura del Rey. Unos días antes de la declaración del consistorio habían votado la reprobación contra Felipe VI en el Parlament. Reconocen así, aunque sea de forma hostil, la importancia que tuvo el discurso del Rey el 3 de octubre. En aquellos días críticos en que la legalidad y la paz social parecían estar en el aire, la intervención del monarca fue decisiva para la restauración del orden constitucional en Cataluña. No puede sorprender por ello que los secesionistas catalanes hayan convertido al Rey en blanco preferente de sus ataques.

Si Ada Colau hubiera leído a los clásicos, antes de criticar a Valls, sabría que el republicanismo se opone al despotismo, no a la monarquía

No se trata sólo de los independentistas. El antimonarquismo de Colau y Barcelona en Comú enlaza también con el rechazo de Podemos a la institución. Las críticas a la monarquía siempre han estado presentes en el discurso del partido morado. Aunque los líderes han procurado modular convenientemente su radicalismo de acuerdo con las circunstancias, como observaba Jorge del Palacio, su oposición de fondo a la monarquía nunca ha cambiado, pues trazan una oposición tan tajante como simplista entre monarquía y democracia genuina. De hecho, esa oposición se enmarca en la denuncia que hacen sus ideólogos del régimen del 78: la monarquía sería la prueba de la continuidad con el franquismo y, por tanto, de los déficits de la democracia española. Un discurso, por cierto, que sirve muy bien a la campaña de descrédito contra el orden constitucional español emprendida por los partidarios del procés.

Esa oposición entre monarquía y democracia ha calado en ciertos sectores de la opinión pública, especialmente entre la juventud; al menos es mi experiencia en las aulas. No es raro que algún alumno señalé la institución monárquica como prueba evidente de que nuestro sistema político no es lo suficientemente democrático. Al parecer, la democracia dependería fundamentalmente de quien ocupa la más alta magistratura del Estado. ¡Sólo un presidente de la República garantiza que haya democracia!

Basta echar un vistazo a las repúblicas que hay en el mundo para desmentir una afirmación tan grosera como infundada. Como sabemos, buena parte de ellas son regímenes despóticos, opresivos, corruptos y socialmente injustos. Por el contrario, si consideramos el índice de calidad democrática de 2017 elaborado por The Economist, vemos que el primer puesto de la clasificación está ocupado por el Reino de Noruega, al que siguen otras monarquías como Suecia, Dinamarca o Canadá. De los diecinueve países considerados como democracias plenas, diez son monarquías. Entre ellas está España, por cierto. No parece, por tanto, que sea la forma de la jefatura del Estado lo que determina si un régimen político es democrático.

Hay algo más. Es un problema de fondo que tiene que ver con la mala comprensión de los principios del republicanismo. A este respecto el tuit de Colau citado al principio es bien sintomático, pues viene a señalar la supuesta incompatibilidad de los valores republicanos con la institución monárquica. Volvemos a lo mismo. De creer a la alcaldesa, los principios de libertad o igualdad no serían posibles en una monarquía parlamentaria como la española, como sí lo son en la République.

Según el Índice de Calidad Democrática, diez de los diecinueve países considerados como democracias plenas son monarquías

Hay aquí un grave malentendido que Colau habría podido remediar leyendo a los clásicos del pensamiento político. Por citar a un autor fuera de toda sospecha: Kant sostiene que la libertad y la igualdad de los ciudadanos son los principios sobre los que se basa el orden republicano. Pero explica que una constitución republicana no se refiere a quién ocupa la jefatura del Estado, sino al modo en que se ejerce el poder sobre los ciudadanos. Por ello, como afirma, el republicanismo se opone al despotismo, no a la monarquía. Una constitución republicana es aquella en la que los derechos y libertades de los ciudadanos están garantizados y la ley es igual para todos. Eso implica que también los gobernantes están sujetos a la ley, de la que procede su autoridad. Por eso dice Kant que una constitución republicana consagra principios como la separación de poderes con objeto de limitar y controlar el uso del poder, mientras que lo propio del despotismo es la ausencia de controles efectivos. Si el déspota ejerce el poder a su antojo, sin límites ni contrapesos, ni la libertad ni la igualdad de los ciudadanos están seguras. 

Así concebido, el republicanismo se opone al radicalismo supuestamente democrático de Podemos o la CUP, como se opone a la concepción plebiscitaria de la democracia por la que abogan en nuestros días independentistas y populistas. El propio Kant consideraba que la democracia asamblearia representaba una forma de despotismo. Los checks and balances son necesarios para limitar todo poder, incluso el que ejerce el pueblo reunido en asamblea; de otro modo, no cabría garantizar las libertades de los ciudadanos. Por eso, el sistema de gobierno representativo es el que mejor casa con los principios del republicanismo.

Los principios del republicanismo no pueden quedarse más allá de los Pirineos, desde luego. Por esa razón Valls ha defendido sin complejos la democracia constitucional española ante el grave ataque que ha supuesto el procés. Si hacemos caso a Kant en lugar de a Colau, entenderemos que un régimen constitucional como el nuestro encarna las ideas fundamentales de la tradición republicana como el imperio de la ley, la separación de poderes o la protección constitucional de los derechos políticos y las libertades civiles, a fin de asegurar la convivencia en libertad de los ciudadanos y la igualdad política entre ellos. Eso es lo esencial y no el título del jefe del Estado, cuyas funciones por lo demás están estrictamente acotadas en una monarquía parlamentaria.

Escribía José Antonio Montano hace tiempo que muchos de los que se autodenominan “republicanos” o claman por la república entre nosotros “no tienen ni idea de republicanismo”. Lo que estamos presenciando en Cataluña o fuera de ella no hace más que darle la razón. Puestos a hablar de déficits democráticos, me temo que esa sí es una de las carencias serias de nuestra cultura política.

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