Muchos tendemos a creer que las democracias liberales mueren a manos de hombres armados. Pensamos en el trágico episodio del 23-F, con tanques y uniformes entrando en el Congreso y aquel grito: “¡Se sienten, coño!”. Pero las democracias hoy mueren por el deterioro de los intangibles que empiezan a erosionarse lentamente, a pasos apenas perceptibles. Además, a causa de la carencia de cultura democrática, los tiranos modernos no necesitan desafiar abiertamente nuestra democracia, les basta con decir que pretenden ensalzarla. La intentona golpista de 1981 es un ejercicio torpe comparado con las nuevas técnicas de manipulación de los “petit jacobins agresivos”. En la última década se ha ido imponiendo una visión conspirativa y escéptica de la Transición que amenaza todo el proceso democrático.

Las contraélites populistas e independentistas lanzaban esta semana un manifiesto en el que refuerzan este ideario. "Somos fuerzas que compartimos el objetivo de ruptura democrática con el régimen del 78”. Ahora inspeccionan de arriba a abajo la democracia para someterla a un proceso de deslegitimación basado en un revisionismo conspiranoico: "Más allá de la versión oficial, existen fundados indicios de que el golpe de 23-F fue algo planificado y orquestado no por cuatro militares descontentos, sino por toda una operación de Estado que permitiese salvar el régimen del 78 hasta nuestros días”.

Proceso de deslegitimación

Nuestra identidad como país y nuestra trayectoria democrática resultan perecederas. Se pretende ensombrecer aquella Transición modélica, caracterizada por el consenso entre los partidos y una política de Estado que consagró aquel “acto de unidad nacional". Este momento de tolerancia y pragmatismo choca frontalmente con el carácter populista de dictadores révolté que avanzan su proceso de deslegitimación basado en las teorías conspirativas y el desprestigio de nuestras instituciones.

No hace mucho, la argumentación en el debate político requería fidelidad a los hechos, además de una mínima habilidad retórica y un mínimo conocimiento de la Historia. Pero una vez que esta cultura política se ha evaporado, todo argumento se diluye en un debate que en realidad no es debate, sino meras trampas. Ahora, la lucha contra un “poder ilegítimo” y las “injusticias” es la que canaliza a todos los descontentos y se puede extrapolar otros ámbitos. Puede utilizarse hoy contra la Constitución, mañana contra el jefe de Estado, pero también contra la propia izquierda. El PSOE debe andarse con ojo, ya que es uno de los actores principales de esa Transición “incompleta” de la que sus socios abominan.

Esta es la clase de revuelta que los “dictadores révolté" alientan, basada en la denuncia de discriminación y privilegios

“Venganza queremos ejercer, y burla de todos los que no son iguales a nosotros”, es el juramento de las tarántulas que Nietzsche describe en Así habló Zaratustra. “Y voluntad de igualdad. ¡Y contra todo lo que tiene poder queremos nosotros elevar nuestros gritos!”. Como dice Finkielkraut, “el resentimiento ha prevalecido sobre las otras pasiones democráticas arropándose en el manto de la virtud, es decir, de la lucha contra las discriminaciones y los privilegios”. Esta es la clase de revuelta que los “dictadores révolté" alientan, basada en la denuncia de discriminación y privilegios. El resentimiento o la sed de venganza que describe Nietzsche los conduce también a los senderos de la política y el poder, y hoy han encontrado que el pensamiento disidente es el camino hasta la cima para los negacionistas sólidamente entrenados y los lunáticos.

Manipulación sicológica

Estas doctrinas se envuelven en las vestiduras de la democracia del pueblo. En el manifiesto contra el "régimen del 78”, los firmantes hablan de "pilares y valores antidemocráticos de donde nacen la represión, la desigualdad, la injusticia, la corrupción, la conculcación de derechos y el recorte de libertades”. Los políticos y los pensadores de esta clase, sobre la base de unas doctrinas que hacen pasar por “revolucionarias” o “disidentes”, se inclinan a tratar de llevar a cabo una revisión que amenaza nuestra democracia y nuestra identidad como país. Esta política construye un relato reduccionista y atractivo que está muy alejado de un debate racional sobre cómo mejorar problemas como la polarización, el partidismo, la calidad de las instituciones o los vínculos de dependencia entre Ejecutivo y Legislativo, problemas que a cualquier ciudadano racional e informado deben preocupar.

El independentismo y el populismo son una gran fábrica de relatos y de manipulación psicológica, gaslighting y subjetividadess deshinibidas que no pueden tener cómplices entre quienes de verdad pretenden mejorar la calidad democrática del país. Las personas sometidas durante años a la manipulación de estos lunáticos, en medios como TV3 y otros, acaban pensando que Serguéi Lavrov es un demócrata y España una dictadura franquista. El resultado es la pérdida del contacto con la realidad, la alienación y la ansiedad. Cualquier ejercicio de revisionismo debe estar basado en los hechos, y quizás, el mayor riesgo en este empeño sea la carencia de cultura democrática, que conduce a un revisionismo basado en mitos, fabulaciones y manipulaciones de toda índole. Solo desde la moderación y la crítica racional se puede debatir seriamente en torno a la calidad democrática.