Los neurocientíficos saben desde hace tiempo que la mirada entre dos personas tiene un importante papel en la comunicación social, pero sobre los mecanismos que actúan cuando se establece contacto visual se manejan dos hipótesis. Cuando miramos fugazmente a los ojos a otro o bien se produce una emoción sin pasar por el mecanismo de la atención, o bien se activa automáticamente un proceso de atención que desata una respuesta emocional. Para poner esta cuestión a prueba el equipo de Nicolas Burra, investigador de la Universidad de Ginebra, ideó una serie de experimentos cuyos resultados se publican ahora en la revista Cognition y desvelan cómo los ojos de otras personas no solo capturan nuestra atención, sino que distorsionan el tiempo.

“Desde una edad muy temprana, aprendemos a descifrar los sentimientos y las intenciones de nuestros interlocutores a través de los ojos”, explica Burra. “Así, toparse con la mirada de alguien es muy común en una situación social, pero siempre conduce a un sentimiento particular”. Para poner a prueba este mecanismo, el equipo de Burra partía de un conocimiento previo: sabemos que cuando un estímulo desata una respuesta emocional sin pasar previamente por el proceso de atención - como cuando vemos una araña y nos asustamos, por ejemplo - nos parece que que dura más de lo que en realidad ha durado, pero que si requiere nuestra atención previa sucede lo contrario: infravaloramos el tiempo que hemos estado mirando y nos parece que ha sido más corto. “Analizando cómo de largo le parece a una persona el tiempo que él o ella ha estado mirando un objeto, podemos determinar si el contacto visual entre dos personas es mas un proceso atenciones o emocional”, asegura el investigador.

Miradas en el túnel del tiempo

El experimento desarrollado para medir la repuesta atenciones o emocional de las miradas consistido en reclutar a 22 voluntarios a los que se les expuso a una serie de 300 caras en movimiento, simulando una situación de un entorno social durante 20 minutos. En algunas de las caras se establecía contacto visual y con otras no, y se pidió a los participantes que estimaran los tiempos que consideraban que duraba cada estímulo.

Para asegurarse del resultado, los investigadores reunieron a otro grupo de participantes y repitieron la prueba con los mismos movimientos de la mirada, pero esta vez con objetos inanimados. Y lo que vieron fue que en esta segunda situación no se producía ningún tipo de distorsión, pero en la primera prueba había un efecto claramente distinguible.

“Mientras que las miradas desviadas no distorsionan la percepción del tiempo”, explica Burra, “descubrimos que, al contrario, cuando las miradas se cruzaban los participantes sistemáticamente infraestimaban la duración de esos contactos visuales”. Como consecuencia, concluyen los autores, su experimento muestra que el contacto visual no impacta en el sistema emocional directamente, sino que dispara nuestro sistema de atención y eso explica la distorsión del tiempo.

“Este estudio le da significado a la sensación de que el tiempo se para cuando nos encontramos con la mirada de otro”

“Este estudio le da significado a la sensación de que el tiempo se para cuando nos encontramos con la mirada de otro”, asegura Burra, quien cree que el resultado ayudará para evaluar mejor los procesos emocionales y atenciones en personas que tienen problemas interpretando la mirada de los demás, como las personas con autismo, esquizofrenia o ansiedad social. Los autores del trabajo están repitiendo este experimento esta vez con grupos de edad: con niños y ancianos por separado, para intentar determinar si existe algún tipo de evolución de este fenómeno a lo largo de la vida de una persona.

Referencia: “Meeting another’s gaze shortens subjective time by capturing attention” (Cognition) | Vía: Universidad de Ginebra