Cuando el equipo de Charles Cobb, del museo de Historia Natural de Florida, llegó al yacimiento de Stark Farms en 2015 y comenzó a buscar entre los restos de este antiguo poblado de los indios Chickasaw se llevó una buena sorpresa. Sus detectores de metal empezaron a pitar aquí y allá revelando la presencia de decenas de objetos metálicos en una cultura que fabricaba sus herramientas con huesos, madera y piedra. “No podíamos creerlo”, asegura Cobb. “Nunca antes habíamos visto una cosa como aquella”. Después de meses de investigación, el equipo identificó aquellos objetos como los restos que la expedición del español Hernando de Soto había dejado allí tras batirse en retirada en 1540 y pudo reconstruir lo sucedido: los nativos habían tomado aquellas espadas, clavos y cadenas abandonados por los españoles en su huida y les habían encontrado nuevos usos.

El trabajo de Cobb y su equipo, publicado recientemente en la revista American Antiquity, concluye que la sobreabundancia de un material tan preciado llevó a estos primeros habitantes de Florida a tomar aquellos objetos y darles nuevas formas para su uso diario e incluso a fabricar alguna de sus hachas tradicionales con él. Aquellos hombres y mujeres tomaron los eslabones de las cadenas y los doblaron y afilaron para fabricar punzones, modificaron las hojas de cuchillo para fabricar nuevos instrumentos de corte y cambiaron la forma de las herraduras para utilizarlas en tareas domésticas.

Las hachas tradicionales Chicksaw elaboradas con el hierro español | Charles R. Cobb et al.

Un caso parecido al de los Chicksaw es el que sucedió en el siglo XIX, cuando los aborígenes australianos utilizaron los vidrios de los tendidos del telégrafo para fabricar sus puntas de lanza. Son ejemplos de reutilización y reinterpretación de objetos materiales por culturas diferentes que se cruzan en el tiempo, pero a menudo estos encuentros no se producen entre culturas contemporáneas, sino al hallar herramientas o utensilios del pasado e incorporarlas al acervo material de un grupo humano. Uno de los casos más claros se encuentra en el Museo del Convento de Santa Catalina en la ciudad neerlandesa de Utrecht, donde se exhibe un hacha compuesta por una cabeza de piedra pulida y engastada en un sencillo mango de plata. La conocida como “hacha de San Martín”, con la que supuestamente San Martín de Tours venció al diablo, está compuesta por una extraña mezcla: un hacha de piedra fabricada en la Edad de Bronce, alrededor del año 1000 a.C., y un mango creado entre los siglos XIII y XIV, con una diferencia de más de 2000 años entre ambos. 

Punta de lanza fabricada por aborígenes australianos en el siglo XIX a partir del vidrio de los postes telegráficos | Creative Commons BY-NC-SA

En su ensayoObjects of the Past in the Past (Objetos del pasado en el pasado), Knight, Boughton y Wilkinson señalan que el hacha de San Martín “pone de manifiesto un fenómeno que ocurría de manera habitual a lo largo de la (pre-)historia y en todo el mundo: esto es, el redescubrimiento y la retención de artefactos que ya eran antiguos en periodos posteriores”. A su juicio, el estudio de la relación entre estos objetos y sus propietarios, así como el contexto en que los interpretaron, puede ayudar a resolver una interesante cuestión: “¿Cómo percibía el pasado la gente del pasado?”. 

“Los objetos no solo cambian a lo largo de su existencia, sino que a menudo tienen la capacidad de acumular historias”

En los últimos años se han identificado numerosos ejemplos de este tipo de reutilizaciones y hasta se ha teorizado con la existencia de una especie de economía circular primitiva entre las primeras poblaciones humanas. Se han encontrado brazaletes romanos convertidos en anillos por los anglosajones y diversos objetos de la edad de bronce transformados por pueblos posteriores en navajas y otras herramientas de corte hasta llegar a nuestros días. Abundantes testimonios que apuntan a que las gentes del pasado se encontraron con materiales de un mundo anterior y los reinterpretaron. Para el arqueólogo Marcos Martinón-Torres, que trabaja en la Universidad de Cambridge, uno de los objetos que mejor representa este tipo de encuentros es un hacha bifaz encontrada en la localidad inglesa de West Tofts y que fue fabricada sobre una roca que contenía un fósil.

Dos buenos ejemplos de objetos con historias cruzadas: el hacha de San Martín y el bifaz con un fósil en el centro |

“Es un ejemplo de un encuentro del pasado con un pasado anterior incluso a la humanidad”, explica a Vozpópuli. “El hacha se hizo en el Paleolítico, hace quizá 200.000 años, pero tiene en medio justo un fósil de una concha que tendrá seguramente varios millones de años. El hombre o la mujer que hizo esa hacha claramente escogió esa roca y la modeló de manera que el fósil estuviese en medio”, relata. En su opinión, esta pieza está conectando el pasado geológico con el pasado prehistórico y es uno de los primeros testimonios de cómo se enfrentaron nuestros antepasados a un tiempo aún más remoto y anterior, el del propio planeta. 

Mazas protectoras, calderos mágicos

El estudio de la biografía de los objetos está ganando terreno en los últimos años gracias a la mayor perspectiva de los investigadores y al uso de nuevas técnicas de análisis que nos proporcionan datos que antes quedaban fuera de nuestro alcance. Mediante estos nuevos medios se están pudiendo documentar estos extraños encuentros entre diferentes momentos de la historia y la asimilación entre distintos grupos culturales con visiones del mundo muy dispares. “Los objetos no solo cambian a lo largo de su existencia, sino que a menudo tienen la capacidad de acumular historias, de modo que el significado actual de un objeto deriva de las personas y los eventos con los que está conectado”, argumentan Chris Gosden e Yvonne Marshall en “The cultural biography of objets”, de 1999, una de las primeras aproximaciones con este enfoque. 

“En general, tendemos a pensar que el pasado es el pasado y que los objetos que encontramos son para exponer en una vitrina, no somos capaces de entender que tengan tantas vidas anteriores”, asegura el arqueólogo Alfredo González Ruibal, investigador del Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC (Incipit) quien lleva años trabajando en arqueología contemporánea y en diferentes lugares de África. Para él, uno de los mejores ejemplos de este tipo es de una serie de cerámicas esférico-cónicas fabricadas en el siglo XV para conservar especias y perfumes que llegaron a Sudán a través del océano Índico y aparecieron como parte de las mazas utilizadas en la Guerra de Independencia Griega cuatro siglos después

“En un momento dado, los derviches sudaneses comenzaron a usar estas cerámicas para fabricar sus mazas de combate y estandartes de guerra, y a principios del siglo XIX empiezan a aparecer en los campos de batalla con estas mazas con cerámicas decoradas que tenían ya cuatrocientos años”, explica González Ruibal. “El ejército Otomano los moviliza para ir a luchar en Grecia, hacia 1825, y algunas de las mazas acaban allí. De modo que cuando las encuentran los ingleses acaban en los museos británicos”, señala. Otro ejemplo, sin salir de África, es el hallazgo reciente de un caldero de bronce del Egipto mameluco, fabricado en el siglo XIV, que se encontró en el otro extremo del continente. Los habitantes de la localidad de Nsoko, en Ghana, lo estaban utilizando como altar para hacer ofrendas a sus ancestros y le habían asignado un significado mágico.

Las muchas vidas de un hacha

Una de las reacciones más frecuentes de las personas del pasado al encontrar objetos era atribuirles un poder sobrenatural y asignarles una nueva función acorde con su interpretación del mundo. “Las hachas pulimentadas del Neolítico europeo se reutilizaron hasta casi ahora mismo como elementos simbólicos y protectores”, asegura el director del Incipit-CSIC, Felipe Criado-Boado, a Vozpópuli. “En Galicia se llamaban “pedras do raio” y se creía que protegían de estos e incluso se incrustaban en las paredes de las casas”, apunta. Y aún hoy día es posible encontrar alguno de estos bifaces utilizado como talismán para las cosechas o con otros poderes. El arqueólogo del CSIC Xosé-Lois Armada recuerda una excavación en el Priorat, en Cataluña, en la que encontraron uno de estos bifaces prehistóricos con atribuciones aparentemente mágicas. “Excavé en un poblado de la primera Edad del Hierro y bajo una habitación en la que tenían un pavimento muy bien hecho nos encontramos que había un hacha de piedra pulimentada”, recuerda. “Lo que sería una “pedra do raio”, y estamos ante una casa del s. VI o VII a.C, o sea que ya estaban haciendo esto”. 

Para Armada, en este tipo de encuentros con el pasado es importante distinguir entre aquellos que se reutilizan con una utilidad meramente práctica y aquellos casos en los que el autor del hallazgo es consciente de que ese objeto viene de muy atrás y quizá tiene un significado más profundo. “Hay dos casuísticas: le doy uso cotidiano y funcional y uso el objeto para otra cosa, y una más ritual: le doy connotaciones sacras que hacen a su vez que yo tenga que hacer algo ritual con ese objeto, como esconderlo”. Según algunos autores, esta segunda interpretación es más frecuente en sociedades en las que no hay aún una jerarquía mediante uso de la fuerza y los jefes necesitan justificar su poder con objetos que les distinguen y remiten a un pasado divino o heroico. 

“Las hachas pulimentadas del Neolítico europeo se reutilizaron hasta casi ahora mismo como elementos simbólicos y protectores”

Un hecho muy llamativo, según Armada, es el papel que juegan las hachas de todo tipo a lo largo del tiempo. “Es un objeto recurrente dentro de este conjunto de objetos que aparecen reutilizados, no solo las de piedra, sino también las de bronce”, asegura. En particular, Armada ha centrado su interés en un tipo de arma/herramienta denominada “hachas de talón”, un pesado instrumento que presenta dos anillas laterales para facilitar su embocadura y que es los objetos metálicos más abundantes en la etapa final de la Edad de Bronce de la Península Ibérica. Estas hachas se fabricaron en una ventana histórica entre el 1250 a.C. y el 800 a.C. pero se siguieron utilizando mucho después, primero con fines prácticos y finalmente con una carga simbólica.

Reliquias de un tiempo ancestral

Los arqueólogos Miguel Ángel De Blas y Ángel Villa encontraron recientemente una de estas hachas enterrada bajo el castro de Chao Samartín, en Asturias, probablemente con fines sacros. Un hacha de bronce fabricada en torno al año 1000 a.C. que permaneció bajo un hogar hasta el siglo II de nuestra era. “El hacha llega a ser interpretada en algunas culturas como la representación del centro de mundo: el eje en torno al cual se estructura el universo”, escriben los investigadores. “Las causas de esa posición subyacente del hacha con respecto a la estructura del fuego hogareño parecen más propias de una operación de índole extramaterial”, añaden. A su juicio, “el hacha de bronce en su vertiente simbólica vendría entonces a erigirse en una reliquia tangible del tiempo ancestral, capaz de fortalecer las relaciones de continuidad y, como consecuencia deseada, en otorgadora de legitimidad a la nueva casa y a sus habitantes”.

“El hacha de bronce, en su vertiente simbólica, se convirtió una reliquia tangible del tiempo ancestral”

En la exposición “Cinco vidas, una historia”, coordinada recientemente por Xosé-Lois Armada en Santiago de Compostela, se recogía precisamente la historia de 19 de estos artefactos metálicos de la edad de Bronce (18 hachas de talón y una punta de lanza) en su recorrido a lo largo del tiempo hasta llegar al museo. Una de las hachas de talón presentaba un patrón de desgaste porque estuvo acoplada al mecanismo de la rueda de un molino, pero la mayor parte fueron enterradas directamente en escondrijos, algunas de ellas aparentemente sin usar. 

Algunas de las hachas de talón expuestas en la exposición “Cinco vidas, una historia”, coordinada recientemente por Xosé-Lois Armada | Xosé-Lois Armada, Incipit

“Tras su elaboración y uso hace unos 3.000 años, estos objetos fueron retirados de la circulación y enterrados formando acumulaciones de metal, un fenómeno que abarca amplias áreas del continente europeo y cuyo significado todavía constituye una incógnita”, asegura el arqueólogo. “Todavía hoy seguimos sin comprender cuáles fueron las motivaciones que llevaron a comunidades tan dispares y distantes a manifestarse de una forma común: ¿qué ideas o creencias hay detrás de estas deposiciones metálicas en el exterior de poblados y necrópolis?”. En la respuesta a este misterio de las hachas viajeras puede estar alguna de las claves para entender mejor quiénes fueron y cómo interpretaban el mundo quienes vivieron antes que nosotros.