Mi pequeño Salottino

El (des)gobierno representativo

Napoleón creía que las leyes de circunstancias son abolidas por nuevas circunstancias, que lo importante es intuir y advertir a tiempo el cambio de circunstancias y anticiparse. También creía que el pueblo no elige nunca, jamás, verdaderos legisladores, que la política no puede ser moral ni venderse como tal, sino que debe hacer triunfar la moral, y que todos los partidos son, sin excepción, jacobinos.

Desde el pretendido ejercicio de derechos y libertades en verdad se diseña una ruta de destrucción de los derechos y libertades, de los otros

Tomarse los derechos en serio es algo muy importante y hay mucha literatura al respecto tras los escritos de Dworkin, no obstante esto, en ocasiones nos encontramos con argumentos del tipo “no pretendíamos ofender a nadie, sólo ejercemos la libertad de expresión”. Es decir, desde el pretendido ejercicio de derechos y libertades en verdad se diseña una ruta de destrucción de los derechos y libertades, de los otros, claro. Es decir, urdir o retomar una ideología para que en el futuro la libertad de expresión u otros derechos sean lo que sus apóstoles quieren que sean dichos derechos y libertades y que una ideología sea la única ideología. Efectivamente, hay que tomarse los derechos en serio, pero no ver sólo el derecho sino también analizar a quienes ejercen el derecho. El buen médico ve la enfermedad, pero también al enfermo.

Es común no ponerse de acuerdo para formar un gobierno pero en cambio pensar en una reforma constitucional. Incluso predicar la reforma constitucional como solución a males cuyos fundamentos poco o nada tienen que ver con el texto constitucional, y también como mecanismo para conseguir formar gobierno. Esto es una absoluta perversión del sistema y no presagia nada bueno.

Dos errores muy comunes en circunstancias de acoso y derribo institucional son la creencia de que la estructura aguantará, es decir, pensar que aquí "eso" o “aquello” no puede suceder, porque entre otras cosas los empleados públicos son garantía de la institucionalidad. El segundo error consiste en considerar que lo mejor es dejarles gobernar para que la gente vea lo malos que son y en cuatro años se cambia. No siempre sucede porque el objetivo es la permanencia y disponer de toda la Res Publica para ello es una extraordinaria ventaja.

La predicada transformación social, religiosa y económica hoy ya casi que se configura como una especie de servicio público

Sobre la superioridad moral. Bien, ante el vicio de la pretendida superioridad moral, la virtud de reconocer la inferioridad moral, ética, cultural, y de todo tipo... Es decir, lo que comúnmente se puede calificar como identificar a los tiranos. Y no sólo resistirlos, sino combatirlos. Porque la predicada transformación social, religiosa y económica hoy ya casi que se configura como una especie de servicio público y tampoco presagia nada bueno. Curioso servicio público, puesto que en verdad consiste en precipitar a los ciudadanos unos contra otros alegando motivos de todo tipo que podrían cubrirse de interés general y hasta en el ideal de progreso. No se ha leído nada ni se ha estudiado nada sobre el ideal de progreso, desde los presocráticos hasta la Ilustración, pasando por la Edad Media o el Renacimiento, pero da igual, el término es seductor y sirve a la superchería. Hablemos insistentemente de progreso.

Por otro lado, es claro que hoy día el incremento del malestar entre las clases que permanecían ajenas a la política es ya bastante notable. Ahora bien, si alguien piensa que esto es ya insoportable debe tener en cuenta que todavía no ha visto nada. Sorprendámonos, sí, por la metamorfosis de algunas instituciones, que de maquinaria de prebendas, corrupciones y favores de todo tipo, pasan a convertirse en estructuras de propaganda, transformación y agitación social. El proceso es en verdad simple y las ideas y motivaciones son las referidas y ya conocidas en otros momentos históricos: precipitar a los ciudadanos unos contra otros. Es en verdad el único punto del programa.

Se dedica mucho más tiempo y dinero a pensar cómo distribuir la riqueza que a crearla. Ahí está el principio de todo mal

En este itinerario cobran especial relevancia los silencios y los “peros”. Es decir, puede que... pero a mi juicio... En esos silencios y en esos "peros" está la esencia de todo y no es nada infrecuente identificar en ellos a un tirano, un felón o un gardingo. Son los cooperadores necesarios del plan de servidumbre. Y luego está la cuestión de la redistribución, pero claro, se dedica mucho más tiempo - y dinero - a pensar cómo distribuir(se) la riqueza que a crearla. Ahí está el principio de todo mal, porque desgraciadamente hoy día el estado natural del sistema representativo es el del apoderamiento de quienes sólo aspiran al pillaje material y su conservación. La antesala de la tiranía es en cambio la irrupción de una secta religiosa o cofradía de colectivistas que se mezclan con malhechores. Con o sin título universitario, porque el mundo está lleno de bestias diplomados y gente muy civilizada sin título alguno.

En definitiva, no existe algoritmo que explique racionalmente estos procesos porque en verdad son procesos de psicología de masas, del mismo modo que tampoco existe una racional explicación a la relación de directa proporcionalidad entre el número de casos de corrupción vinculados a la política y la Administración pública y la multiplicación de votos y simpatías hacia los colectivistas.


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