En un año en el que vuelven a peligrar los Juegos Olímpicos de Tokyo tras declararse en Japón el tercer estado de emergencia sanitaria, los aficionados al deporte merecíamos una competición como la Superliga, que en sólo dos días de vida nos ha ofrecido todo lo que buscamos en él: odio, traiciones, bochorno, amenazas y puñaladas por la espalda, es decir, todo lo que no esperaríamos encontrar en un debate electoral en la SER. La supercompetición se anunció el lunes y se dio por cancelada el miércoles, pero nos ha dejado las 48 más vibrantes de la historia del deporte moderno.

Hemos visto a Figo llamar codiciosos a los 12 equipos fundadores; a Piqué, que ha destrozado un torneo centenario como la Copa Davis para ganar dinero, tuitear que el fútbol es de los aficionados; al PSG lanzar un comunicado explicando que el dinero no mueve el fútbol y a Rufián criticando el proyecto secesionista de Florentino por no contar con la opinión de los aficionados del Betis y del Eibar. 

A estas alturas sólo quedan a bordo del proyecto de Florentino el Barcelona y el Real Madrid, en lo que es la alianza más extraña que recuerdo desde que los nazis y los soviéticos firmaron el pacto Ribbentrop-Molotov para invadir Polonia. La Superliga parece que nos deja, no sin antes habernos reconciliado con la emoción del deporte.

Esta ha sido también la semana de los debates y probablemente el más civilizado haya sido el de Supervivientes. El miércoles los candidatos a la CAM confrontaron sus proyectos de Madrid: desde el de Ayuso de convertir la comunidad en un lugar al que se quieran mudar los youtubers, al de Iglesias de todo el poder para los sóviets.

Esta mañana había segunda vuelta en la SER, que ha arrancado sin Ayuso ha terminado precipitadamente sin todos los demás tras el enfrentamiento entre Iglesias y Monasterio en torno a la amenaza de muerte recibida por el primero a través de una carta con balas. Con tanto candidato, la derecha populista tiene que colocarse muy a la derecha para caber y termina poniendo ‘peros’ a condenar una amenaza de muerte. 

Y para desengrasar, como todas las semanas, la sección miscelánea de Twitter en la que descubres por ejemplo que el actor que hacía de Steve Urkel ahora se dedica a la próspera industria del cannabis.