Mémesis

¿Por qué nos indignan las fotos de famosos con sus trofeos de caza?

Cada cierto tiempo las redes se revolucionan con la foto de algún personaje público posando orgulloso con un animal muerto. La clave de la indignación está en la mirada del cazador.

La otra faceta del exfutbolista del Barça, Hristo Stoichkov.
La otra faceta del exfutbolista del Barça, Hristo Stoichkov. Twitter

Todos tenemos un primo cazador. Un primo que pasó del tirachinas de palo a los balines para acabar con los postas y el chamberro.

A mi, mi primo cazador un día me enseñó a pensar.

Corrían los 70 en un pueblo perdido de Castilla. Abandonados todo el verano por nuestros padres a la supervivencia rústica —¡qué maravilla de vacaciones, oiga!— aprendíamos y hacíamos cosas que no soñaban ni los mayores con pasaporte.

Mi primo el cazador se desveló como tal muy pronto… y me arrastró a mi cuando todavía no cumplía las dos cifras. No lo olvidaré nunca.

—¡Coge el pegamento, el pan y el hilo de pescar!

Un Moranco posando con leopardo muerto. Él dijo que no lo mató. Vía

Pasado el río había una chopera descomunal. De esos árboles que de tan rápido crecer acaban cayendo vencidos por la brisa castellana. Uno de esos cadáveres nos servía de trampa. El árbol caído como base de operaciones militares. Olía raro.

—Unta el pegamento en el tronco y esparce las migas...

A mi primo ya le brillaban los ojos. Yo me sentía como si estuviese violando un jabalí enfermo pero me podía el orgullo de ciudad. Era el niño sabio de Madrid y no podía dejar de serlo. En realidad no tenía ni puta idea de nada.

Desde un escondite con la hierba pelada por el uso esperamos la señal. El primo dio unas palmadas y miles de pájaros abandonaron su descanso chopero para cambiar de sitio. Espectáculo grandiosamente acompasado. Yo alucinaba.

Algunos de esos inocentes pajarillos eligieron la muerte y acabaron con las patas enredadas en el ‘Supergen’ que yo mismo había preparado. En ese momento el primo sacó la escopeta de perdigones y empezó a disparar como un yihadista. Ojos brillantes y el placer de matar por engaño y trampa a una presa inferior. Hoy esto lo ahogamos con unos tirillos en la PS4. Eso que hemos ganado.

El ex-ciclista Miguel Indurain con sus cuernos. Fuente

—Mi record es tres piezas con un solo balín, si se posan en línea...— Me decía orgulloso el primo.

Terminada la matanza recogimos las presas, las limpiamos y las atamos en ristra por las patas con el hilo de pescar. Algunos chillaban y se retorcían entre vahídos y estertores. Todavía recuerdo ese olor a pluma y pegamento.

—Si se mueven apriétales el cuello. —El primo estaba tranquilo, como aburrido, y me aconsejaba ya bajito. El resto de la caza era mero trámite. Pero todavía conservaba aquella mirada.

El periodista Carles Francino y sus trofeos. Fuente

En casa del tío desplumamos los pajarillos y los dejamos reposar para luego freirlos y comerlos de aperitivo. Poca chica, mucho hueso… decía el abuelo.

Yo ese día no comí nada… todavía me duelen las arcadas.

Mi primo me enseñó a cazar pajarillos con Supergen y balines y a pensar si esto estaba bien o mal.

A los 10 me parecía una barbaridad. A los 20 recordaba que de aquel aperitivo comía una familia entera, como una tribu africana que caza para sobrevivir —pensaba ingenuamente—. No debía estar tan mal si el fin era gastronómico, pero no me terminaban de cuadrar aquellos ojos brillantes del primo, aquella mirada perdida en la matanza.

A los 30 me enteré que esa técnica estaba absolutamente prohibida. Los silvestristas de jilgueros y pajarillos están muy mal vistos en el mundo cinegético. La captura con red o Supergén —la variante pobre de captura con Liga De Ajonje— no deja de ser una chiquillada de pueblo. Pero también es el campo de entrenamiento de futuros yihadistas cinegéticos.

A los 45 escribo esto porque he vuelto a ver los ojos del primo, esa mirada del cazador soberbiamente orgulloso y embobado en el trofeo abatido.

Nocioni, Shaquille O’neal y Karl Malone. El Basket y la caza. Fuente

No existe ninguna necesidad vital de posar con un animal muerto, de la misma forma que no posaríamos con un semejante muerto. Se trata solo de respeto.

Las redes sociales vuelven a sacar el manido debate. Famosos —generalmente con mucha pela y poco pelo— que se pierden en la cacería africana. Cotos privados para ricos con excusas fabricadas a golpe de fajo verde… que si el precio pagado por pieza ayuda a proteger especies en peligro de extinción, que si son ejemplares viejos y enfermos, que si el elefante me lo voy a comer en pepitoria...

Decenas de famosos han caído en la trampa. Drogados por aquella mirada del primo se dejan fotografiar con el trofeo en una especie de ceremonia mística de la cadena trófica. Estoy seguro que si en los tiempos del primo hubiéramos tenido cámaras baratas tendría enmarcada aquella jornada en la chopera. Afortunadamente no hay pruebas.

¿Dónde está el límite? ¿Un jilguero? ¿Una perdiz? ¿Un conejo? ¿Si el trofeo es una futura gallina en pepitoria es legítima la soberbia fotográfica del cazador?

Pisar una cucaracha nos parece un acto de limpieza étnica, pero si es un pequeño invertebrado —aunque sea más peligroso o transmita más enfermedades— nos parece más bien obra de un psicópata. ¿Por qué?

El cantante de Metallica posa con un descomunal oso. Dice que se lo comió luego. Fuente

Mi primo me enseñó a encontrar este límite en los ojos del que pisa, pesca o dispara a cualquier animal. El placer de matar tiene una mirada distinta al menester de sobrevivir. 

No existe ninguna necesidad vital de posar ni compartir el orgullo del cazador con la presa abatida. Aunque esta sirva para alimentar a un regimiento. El respeto por los animales no termina con su vida. Al igual que, por respeto, no posarías con un familiar muerto tampoco hay necesidad de hacerlo con la vaca que te vas a comer. Es un acto prescindible de superioridad cavernícola.

El príncipe Enrique de Inglaterra y un búfalo abatido. Fuente

Tampoco existe la necesidad de achacar a un falso especismo cualquier sacrificio animal. Ni crucificar a todo aquel que mata una perdiz o arranca una flor.  Matar animales es estrictamente necesario para perpetuar nuestra especie, lo que es prescindible es disfrutar con ello. Convertir la matanza en ocio, el sadismo en arte, los cuernos y rabos en trofeos de pared hortera o de rancia vitrina taurina.

Mi primo me enseñó que la clave se encuentra siempre en la mirada del cazador, no en el tamaño de la presa abatida.

Bonus: Otros cazadores y sus trofeos:



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