Reconoció Zinedine Zidane en su carta de despedida del Real Madrid que le “dolía muchísimo” que después de cada derrota del equipo la prensa difundiera informaciones sobre su posible destitución. Sin quererlo, el entrenador señaló uno de los grandes problemas de la sociedad española, que es la forma en la que los medios definen la realidad, que es hiperbólica, dramática y absurda. Eso convierte cada error en un fracaso y cada acierto en un acontecimiento histórico. El Titanic se hunde antes de cada corte publicitario de García Ferreras y España se rompe un par de veces por semana. Nadie en su sano juicio consideraría a los frikis como una seria amenaza. Los medios lo hacen constantemente para mantener en tensión a sus espectadores.

El mundo se mueve hoy más que nunca a golpe de impulsos y de irracionalidad. La fiebre por la audiencia y la necesidad de inmediatez han moldeado el guión mediático y le han dado forma de sainete, en el que abundan los personajes grotescos y las apelaciones a las pasiones más primarias. Los ejemplos no sólo se registran en la prensa deportiva, donde cada derrota genera una crisis, sino también en la política, donde siempre hay un escándalo que provoca indignación en las mesas de tertulia.

También se glorifica y se demoniza a los protagonistas de la actualidad. No hay término medio, pues los personajes planos siempre han sido más fáciles de comprender allá donde abunda la ignorancia. El nivel es nefasto. A Fernando Simón le imprimieron camisetas y le elevaron a la categoría de héroe. Otros, le definieron poco menos que como un criminal.

La vida pública, en general, y la política, en particular, se han convertido en un espectáculo de mal gusto. Un show de mamachichos de tertulia y telediario en el que, un buen día, se llama a los ciudadanos a mirar a 2050 y soñar con los ojos abiertos sobre una vida mejor y, al siguiente, se les muestran navajas ensangrentadas para asustarles sobre el presunto fascismo.

Zidane y la prensa nociva

Quizás haya quien considere exagerada la afirmación de que los medios de comunicación se han convertido en una de las grandes lacras contemporáneas pero, en verdad, suya es la responsabilidad de que una parte de la ciudadanía viva en un constante estado de ansiedad, cuando no con la misma sensación de quienes velan armas a la espera de la batalla. Freud formuló la teoría del ‘narcisismo de las pequeñas diferencias’, es decir, el que impulsa a los semejantes a odiarse por las razones más gratuitas.

Quizás haya quien considere exagerada la afirmación de que los medios de comunicación se han convertido en una de las grandes lacras contemporáneas, pero, en verdad, suya es la responsabilidad de que una parte de la ciudadanía viva en un constante estado de ansiedad

Esa sensación se atenúa con argumentos, pero los medios de comunicación han decidido situarse en el extremo contrario. Básicamente, porque prefiere la polémica a lo mollar. Las declaraciones rimbombantes al relato de lo acontecido. Lucrarse con el escándalo no implica un gran esfuerzo: tan sólo tirar de la lengua a un bocazas. En cambio, aproximarse a lo importante es generalmente lento y costoso. Y no hace falta tanto esfuerzo en la era de la fast food informativa y la fiebre por la audiencia.

No le aguarda un gran futuro a esta tierra si la prensa sigue empeñada en potenciar las rencillas entre Villarriba y Villabajo; en lugar de en analizar el cada vez más escaso peso que tienen estos dos municipios en la ‘aldea global’. Pero la exageración es rentable y los propios responsables de la política y la empresa la potencian en la prensa, a sabiendas de que (casi) nunca van a obtener un ‘no’ por respuesta.

Zidane dio en el clavo, y diría que mitad consciente y mitad inconscientemente. Pero, en fin, no debe ser sencillo mantener la moral intacta cuando el periódico deportivo más leído de España se hace eco del like que uno de tus jugadores concedió en Instagram a un mensaje que te criticaba. O cuando se tiene por encima a un presidente que sabe tan bien cuál es la sangre que circula por las venas de los medios de comunicación, compuesta por dinero, filias, fobias y por pasiones que se hallan debajo del calzoncillo.

Y, a fin de cuentas, hay asientos reservados en los palcos del Bernabéu para quienes se encargan de redactar páginas contra el entrenador cuando así lo aconseja la situación. Es como si el conserje le abroncara a usted de parte de su jefe. Esto va más allá de la falta de apoyo, señor Zidane. Esto va de mercenarios, estómagos agradecidos y responsables editoriales que hace tiempo perdieron el norte y transformaron su relato de la actualidad en un penoso melodrama.