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Rubén Arranz

Opinión

Adiós al presidente que sólo leía el Marca

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. EFE

A Mariano Rajoy siempre le perseguirá la leyenda de que es un hombre de ideas fijas y costumbres inamovibles. Este jueves, mientras en el Congreso de los Diputados se debatía sobre su cese, buscó refugio en su restaurante favorito para meterse entre pecho y espalda un solomillo de vaca gallega rubia. Que los problemas no alteren tus costumbres ni te impidan comer a las 2 en punto, como Dios manda. Dicen que observó la sesión parlamentaria vespertina con una botella de whisky sobre la mesa, como quien recurre a las espirituosas para asimilar que su momento de mayor gloria ha terminado. La casualidad quiso que su destino político se decidiera el mismo día que Zidane abandonó el banquillo del Real Madrid. Mientras la oposición se conjuraba para apartarle del Palacio de la Moncloa, el presidente que sólo leía 'el Marca' compartía portadas junto con el entrenador de su equipo favorito, al que también se le acusó de indolente en innumerables ocasiones.

Desconozco si al pontevedrés le resbala tanto lo que diga la prensa como cuentan las malas lenguas. Pero lo cierto es que su extraña estrategia, consistente en apartarse de los focos, predicar desde el plasma y evitar las preguntas, le ha convertido en un presidente huidizo. Como situado a cinco palmos y medio sobre el suelo, en un púlpito, quizá por desinterés o quizá por miedo a ser víctima de su enésimo lapsus linguae. Puede que esa premeditada posición, alejada del suelo y de los flashes, haya causado la falsa impresión de que su Gobierno renunció a influir en los medios. Nada más lejos de la realidad.

En su discurso de despedida de este viernes, Rajoy expresaba su convicción de que deja un país mejor del que se encontró en 2011. Desde luego, no ocurre así en el panorama mediático, sumido en una dura crisis desde hace una década y atenazado por las incertidumbres tecnológicas y los vaivenes del mercado publicitario. Si la salud de este sector ha de medirse por la fortaleza de las empresas periodísticas y por su pluralidad, se puede decir que en España está muy enfermo. Actualmente hay más cabeceras que hace 7 años y las posibilidades tecnológicas permiten que las noticias se reciban a través de más medios. Pero la situación no es mejor. Por cuestiones de negocio, principalmente, pero también por alguna norma totalmente inoportuna y extemporánea, como la ley mordaza.

Amigos y enemigos

Al Ejecutivo de Mariano Rajoy se le recordará por haber apuntalado el duopolio televisivo, obra que inició el PSOE en un intento desesperado de conseguir aliados tras la explosión de la burbuja inmobiliaria. Para la historia quedará la rueda de prensa que ofreció Soraya Sáenz de Santamaría en agosto de 2012, con media España de vacaciones, en la que anunció que el Gobierno había suavizado las condiciones de fusión de Antena 3 y La Sexta en pos del “interés general” y la “pluralidad informativa”. Una decisión que se tomó contra el criterio de la autoridad de competencia -ninguneada- y que permitió que el mercado publicitario televisivo se concentrara, básicamente, en dos manos. Actualmente, estas dos empresas ingresan el 94,1% del dinero que inyectan los anunciantes en la TDT y 1 de cada 2 euros de la inversión total en medios.

Unas semanas antes de este episodio, el Ejecutivo utilizó su mayoría absoluta en el Congreso para modificar la ley de RTVE. Hasta entonces, hacía falta el voto favorable de 2/3 de la Cámara para nombrar al presidente de la televisión pública. Desde ese momento, valía con 176 diputados; y el PP tenía 186 y, por tanto, la capacidad para designar a su candidato a dedo.

Un chihuaua y un perro de presa

El primer peón que situó el Gobierno en Moncloa fue Leopoldo González-Echenique, uno de los 35 miembros de la promoción de abogados del Estado conocida como La Gloriosa. Su mandato fue gris y su forma de tutelar los telediarios, contraria a los deseos de Génova 13, donde se presionaba para situar a un verdadero perro de presa al frente de la corporación. A mediados de 2014, el Gobierno ‘mató’ a González-Echenique por el –siempre efectivo- método del ahogamiento financiero y puso al frente a José Antonio Sánchez, conocido por su gestión de la Telemadrid de Esperanza Aguirre e Ignacio González; y por ser director general de TVE en las postrimerías del ‘aznarismo’.

De su independencia habla su presencia (J.A. Sánchez) en los papeles de Bárcenas –que no ha negado- como presunto receptor de 1,1 millones de pesetas en la década de 1990, mientras ejercía de cronista parlamentario para el periódico ABC. De su ética, el hecho de que confesara en el Congreso de los Diputados que es votante del PP. Dada la escasa objetividad de la inmensa mayoría de sus predecesores, quizá eso le convierta en el menos hipócrita de todos ellos. O en el más descarado.

Mientras RTVE se hundía en la insignificancia, ahogada por sus problemas presupuestarios y la falta de voluntad de Rajoy para arreglar sus goteras, el duopolio televisivo y el Gobierno interpretaban su particular comedia de enredos. Cuando el PP se negó a blindar mediante un Real Decreto las licencias de televisión que el Tribunal Supremo amenazaba con arrebatar a las empresas que las habían recibido de forma fraudulenta, la crítica hacia el Ejecutivo se disparó en sus programas de debate, en los que comenzaron a verse caras como las de los líderes de Podemos, la monja guerrillera o los economistas apocalípticos.

Cuando Sáenz de Santamaría anunció el reparto de nuevos permisos de emisión, en 2015 –el proceso se retrasó para hacerlo coincidir con la precampaña-, Atresmedia y Mediaset realizaron algún guiño a Moncloa para demostrar su voluntad de diálogo. Ese verano, La Sexta sustituyó El Intermedio por un programa de refritos. Poco antes, Mediaset apartó a Jesús Cintora de Cuatro, en una especie de sacrificio de la oveja negra y deslenguada a los dioses. Dos actos simbólicos, cuanto menos, que las compañías negaron que estuvieran relacionados con la política.

Con el Gobierno del presidente que leía ‘el Marca’ y renunció a intervenir en los medios cayeron los directores de los tres principales diarios españoles.

Con el Gobierno del presidente que leía ‘el Marca’ y renunció a intervenir en los medios cayeron los directores de los tres principales diarios españoles. Antonio Caño sustituyó a Javier Moreno al frente de El País poco después de que el Grupo Prisa lograra la refinanciación de su deuda, en la que participaron varias de las grandes empresas del Ibex 35. No es ningún secreto que, desde entonces, el periódico se mostró mucho menos agresivo con Rajoy y, especialmente, con Sáenz de Santamaría.

Especialmente comentada fue también la caída de Pedro J. Ramírez, que se produjo pocos meses después de que El Mundo publicara los papeles de Bárcenas. Durante esos días, el Conde de Godó le cortó la cabeza a José Antich, entonces director de La Vanguardia y hoy al frente de un proyecto periodístico que defiende a capa y espada la independencia de Cataluña. El suyo fue otro de los asesinatos sospechosos que han tenido lugar en este período. El del Gobierno que supuestamente no intervenía en los medios de comunicación.

Torpeza con Cataluña

Dicho esto, también se puede afirmar que la acción más torpe que cometió el Ejecutivo tiene que ver con Cataluña, donde fue incapaz de forjar alianzas mediáticas que le ayudaran cuando se recrudeció el proceso soberanista. Fue un Gobierno que no pudo combatir la conspiranoia independentista con argumentos y de conseguir apoyos significativos en la prensa catalana, bien alimentada con las subvenciones otorgadas por la Generalitat durante los últimos años. Mientras los secesionistas engatusaban a los corresponsales extranjeros y utilizaban Diplocat para hacer lobby en la prensa de otros países, Rajoy confiaba su suerte al paso del tiempo. Como si esa bomba fuera a desactivarse con la mera contemplación. Actualmente, son decenas y decenas las cabeceras que apoyan las tesis de los Torra, Puigdemont y compañía; y que llegan a todo el territorio catalán. ¿Quiénes eran los aliados del Gobierno?

Actualmente, son decenas y decenas las cabeceras que apoyan las tesis de los Torra, Puigdemont y compañía; y que llegan a todo el territorio catalán. ¿Quiénes eran los aliados del Gobierno?

Mientras este cáncer se expandía, en el sector de la radio se ha asistido en los últimos años al crecimiento de la Cadena COPE, medio de línea editorial favorable y del que procedía –otra casualidad- la secretaria de Estado de Comunicación, Carmen Martínez Castro. A esta emisora llegó Carlos Herrera procedente de Onda Cero, en un momento en el que Moncloa y Atresmedia libraban una de sus guerras de corto alcance. Desde el palacio presidencial se acusaba a La Sexta de espolear a Podemos. Desde el grupo de televisión, se culpaba a Rajoy de no querer dotar de “seguridad jurídica” a la TDT. También hay que pensar que el Ejecutivo de Rajoy no interpretó el papel de celestina en este caso, dado que nunca intervino en los medios...

Nueva etapa, nuevos cortesanos

Con la caída de Rajoy y la llegada de Pedro Sánchez a Moncloa se producirá ese curioso fenómeno por el que los más críticos se convertirán en admiradores; y los periodistas de cámara ‘marianistas’ tratarán de llegar a final de mes desde la trinchera. Habrá cambio de sillas en las tertulias –incluidos en los medios públicos- y se activarán las puertas giratorias entre la política y los medios, demasiado habituales. Resultará interesante observar los movimientos que realizará el líder del PSOE para conseguir algo de lo que carece: aliados mediáticos. También habrá que ver su política con el Grupo Prisa, un fiero enemigo que le llegó a definir como “insensato sin escrúpulos”; y al que acusó de torpedear su camino hacia la presidencia.

Este jueves, sus aduladores le definían como el protagonista de una especie de 'sueño americano' a la española, en cuanto a que hace un año y medio estaba desahuciado, pero, con pericia, midiendo bien los tiempos y sin excesivos escrúpulos para seleccionar a sus aliados parlamentarios (por un día), ha sido capaz de alcanzar la Presidencia del Gobierno. No puedo ser tan optimista como estos analistas, dado que lo que ha ocurrido en este caso es que Sánchez ha aprovechado la inestabilidad política y la debilidad de un Gobierno torturado por la repugnante corrupción de su partido para alzarse con el poder, pese a sus evidentes carencias. Son estos tiempos revueltos en los que los oportunistas pueden llegar lejos si se lo proponen. Pese a que carezcan de apoyos mediáticos, como Sánchez. O como Donald Trump. Son, por tanto, tiempos peligrosos.

Por lo demás, no conviene esperar grandes cambios en prensa, radio y televisión, dado que la práctica totalidad de los medios bebe de las mismas fuentes de financiación, las que se encuentran dentro de los grandes edificios acristalados del Paseo de la Castellana y de la Avenida Diagonal. Y ahí no se esperan muchos cambios. Los grandes silencios y complicidades mediáticas se crean allí, no en el Congreso, en Moncloa, en Génova o en Ferraz.

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